Histórico
26 mayo 2010Jesús Camacho

Mundial 1934: Y Mussolini conoció el fútbol…

Benito Mussolini jamás fue un entusiasta del fútbol pero a través de él encontró el camino más corto para conseguir el apoyo popular que necesitaba para la consolidación de la primera dictadura fascista europea instaurada por él en su país. Así se convirtió en el primer dictador que se sirvió del fútbol con fines políticos, utilizando todo su poder para conseguir la idealización fascista del fútbol y la “squadra azzurra”. Para ello puso al frente de la selección a Vittorio Pozzo, un técnico que creó un equipo para la ocasión, que abogaba por una táctica sencilla y eminentemente ‘resultadista’, basada en la corta posesión del balón, el pase largo y el fútbol directo y poderoso. Todo ello sazonado con la psicología del también conocido como “el Sanador” figura y personaje indiscutible de la historia del fútbol.

“Il Duce” por tanto se encargó personalmente de tener todo muy atado para convertir aquel mundial en la mejor propaganda fascista. Los arbitrajes sufridos por España en cuartos y el “Wunderteam austriaco” en semifinales ante el conjunto anfitrión sembraron una seria duda sobre la limpieza del torneo. Y es cierto que Mussolini manejó los hilos en la sombra y dio algún que otro empujoncito para que Italia fuera campeona, pero sería injusto menospreciar a un gran equipo que cumplió las expectativas de la mano de Vittorio Pozzo.

Con estos antecedentes y bajo la sombra de la duda que se respiraba en los corrillos futbolísticos, el 10 de junio en el Stadio Nazionale PNF Roma se disputó la final entre Italia y Checoslovaquia ante 50.000 espectadores. El encargado de dirigir el partido fue el sueco Ivan Eklind,  una polémica designación pues en semifinales ante el “Wunderteam austriaco” este mismo colegiado ya se había encargado de pasar la mano en el gol de Italia, anotado en claro fuera de juego.

En el palco de autoridades el aparato de gobierno, encabezado por Mussolini, la amenazadora mirada de “Il Duce”, que no estaba dispuesto a aceptar una derrota y que para ello mandó un serio aviso al general Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol y a esos futbolistas a los que consideraba «soldados al servicio de la causa nacional»: “Italia debe ganar este campeonato a como dé lugar. No es una sugerencia, general, es una orden que no voy a consentir que se desobedezca”.

Con cinco incorporaciones de oriundos como Guaita, Orsi, Monti, Demaría y Guarisi,-reclutados a través del plan del Duce- Italia contaba con una gran formación dirigida por un técnico que tenía muy claro lo que se jugaba y como lo tenía que hacer para cumplir las expectativas del dictador. El mero hecho de repasar la línea ofensiva de cinco bastaba para comprobar el calado de aquella selección: Guaita, Meazza, Schiavio, Ferrari y Orsi

Enrique Guaita era un wing de velocidad inenarrable, remate potente y mucha personalidad. ‘Peppino’ Meazza díscolo por naturaleza fue el primer ídolo de la afición transalpina, uno de los ‘calciatoris’ más queridos de antes de la Segunda Guerra Mundial, habilidoso técnicamente, cerebral, generoso en el pase y un consumado goleador. Angelo Schiavio era un delantero potente, un tren de mercancías que utilizaba su fuerza para arrollar y hacer goles. Mumo Orsi, era un wing izquierdo virtuoso, de gran velocidad y potente disparo. Giovanni Ferrari era el mezzala metodista que completaba el quinteto ofensivo. Y no olvidemos a Luis Monti, el mediocentro y el histórico marcaje que le hizo a Sindelar en semifinales.

Por su parte el conjunto checoslovaco dirigido técnicamente por Karel Petru contaba entre sus filas con futbolistas de gran talla y entre ellos Oldrich Nejedly, un futbolista muy completo, con mucho olfato, sentido táctico del juego, talento y sobretodo una preparación física muy notable, algo no muy común en una época en la que quizás los grandes cracks se valían solo con la habilidad para triunfar. Otro grande de aquella selección era el guardameta Frantisek Planicka, “el Zamora del Este”, el capitán, un portero sensacional, que con sus intervenciones justificó la fama que le precedía. Svoboda era posiblemente el futbolista con más talento y experiencia de aquella selección, la inteligencia, el hilo conductor del juego ofensivo. Vladimir Puc era el puntero, el wing izquierdo, un jugador rápido, muy veloz y tremendamente intuitivo.

La Italia de Vittorio Pozo se dispuso sobre el terreno de juego en posición piramidal, el clásico 2-3-5 al que los italianos llamaban “El Método”. Con Ivan Eklind bajo seria sospecha se dio comienzo a una final que pronto generó sensaciones tremendamente emotivas en ambos equipos puesto que Planicka con grandes intervenciones se encargó de abortar una y otra vez las acometidas de Italia, insuflando así aire y confianza a Checoslovaquia, que no estaba dispuesta a ser una mera invitada en aquella idealización fascista del deporte. Así consiguieron llegar al descanso con empate a cero y el miedo instalado en el palco del Nazionale.

En el descanso del partido, un enviado de Mussolini se personó en el vestuario italiano y entregó al seleccionador azzurri, Vittorio Pozzo, una nota manuscrita en la que decía:

− Señor Pozzo, usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar.

Inmediatamente el entrenador se dirigió a los jugadores con el siguiente mensaje: “No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al adversario. Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal”.

La tensión se podía cortar con cuchillo, más aún cuando en el 70 de partido los checos se pusieron por delante en el marcador gracias a un fenomenal tanto en un ángulo muy cerrado de Vladmir Puc e incluso pudieron hacer historia llevándose el título ante las mismas narices del Duce pero aquel balón, aquella ocasión que generó el talentoso Svoboda en el 73 y que podría haber decidido el título se fue al travesaño. En cambio Pozzo tiró de manual e hizo un cambio de posición colocando a Schiavio a la derecha y a Guaita en el centro del ataque, logrando así la reacción y el empate, que llegó gracias a un potente chut de Orsi, a tan solo nueve minutos del final. Una reacción que sufrió un serio revés con la lesión de Meazza en el tiempo extra, pero que tuvo su definitiva confirmación a los cinco minutos de la prórroga, cuando Guaita desde el ala envió un gran pase a Schiavio, que batió a Planicka e hizo el gol que le dio el título a Italia y posiblemente la salvación.

Al día siguiente, los vencedores asistieron a la ceremonia de celebración que el líder fascista les había organizado, todos vestidos con el uniforme militar. “Il Duce” había logrado su propósito, pero siempre nos preguntaremos qué hubiera pasado si aquel balón al travesaño de Svoboda hubiera acabado en el fondo de la portería de Combi.

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