Histórico
25 mayo 2010Jesús Camacho

Mundial 1930: Uruguay, primer rey mundial

Como parte de nuestra cobertura mundialista, iniciamos una sección muy esperada que nos situará a lo largo de la historia. Analizaremos al detalle cada una de las finales, sus protagonistas y aquellos días que marcaron al fútbol tal y como hoy lo conocemos. Aquuí arrancan las Finales Mundialistas.

Hace exactamente ochenta años, -en octubre de 1929- se inició una Gran Depresión, una crisis económica mundial que sacudió al planeta con especial intensidad hasta 1934 y provocó una reacción en cadena del sistema financiero mundial. De esta forma aquel año de 1930 fue especialmente duro e intenso para todos, marcado por las dificultades económicas pero también por la intensidad de las vivencias sociales, políticas, deportivas y humanas. Y hablando de vivencias e intensidad no podemos pasar por alto una fecha histórica que marcó el inicio de una gran competición Mundial.

30 de julio de 1930. Son las tres y media de la tarde, el imponente estadio Centenario -“Coloso del cemento”- copado por 80.000 espectadores acoge la primera final del Campeonato del Mundo de fútbol. El sueño de Rimet se hace realidad y dos selecciones se juegan el honor de hacerse con el cetro futbolístico mundial. De un lado la Argentina de Stábile y del otro la Uruguay de Colombes, de Ámsterdam, de Andrade, Nasazzi, Scarone… El fútbol del río de la Plata en juego y un enfrentamiento con altas cotas de rivalidad que en dos años se habían retado en sendas finales por los JJOO y el Campeonato Sudamericano.

El aún cemento fresco del Centenario hace de amplificador de sensaciones y transmite un ambiente ensordecedor jamás antes vivido en otro escenario futbolístico de la época. El elegido para dirigir el partido un colegido belga llamado John Langenus, que se ve superado por el tenso ambiente y solicita como condición sine qua non una escolta que garantice su seguridad. Muchos hinchas argentinos que viajan en barco se quedan a medio camino a causa de la niebla y no logran llegar a tiempo para la cita. La selección argentina de Juan José Tramutola es recibida con una lluvia de piedras mientras que Uruguay dirigida por Alberto Suppicci, salta al terreno de juego entre los vítores de la gente.

En el sorteo inicial, en el que cada selección lleva su balón, se llega al acuerdo de jugar media parte con cada esférico. En la primera se juega con el balón argentino y en ella se comienza a vislumbrar, el talento, la talla y las condiciones en las que llegan las grandes estrellas al encuentro definitorio. Con ambos conjuntos dispuestos sobre el terreno en sistema piramidal (2-3-5), por parte Argentina preocupa especialmente Guillermo Stábile, un extraordinario centrodelantero o wing derecho velocísimo y eficaz. Un goleador imparable, que curiosamente inicia el Campeonato como suplente de Roberto Cherro- que en el primer encuentro ante Francia tuvo que ser sustituido por una crisis nerviosa-, pero que desde aquel encuentro no vuelve al banquillo y se convierte en la estrella del combinado albiceleste. Stábile da un curso y una lección  de su especial habilidad para el desborde en situaciones complicadas, de ahí su apodo “El Filtrador” o “Infiltrador” por su capacidad para colarse entre dos defensas adversarios. Además Uruguay conoce del peso y la importancia en el equipo de Luisito Monti “Doble Ancho”, el eje de la selección argentina, precursor de los nº5 argentinos, un mediocentro con un carácter inquebrantable, que pegaba, destruía, jugaba y construía.

Ambos fueron protagonistas en aquel encuentro pero paradójicamente por comportamientos absolutamente contrapuestos. Stábile jugó su papel e hizo su octavo gol en el Campeonato, poniendo a su equipo en ventaja de 2 a 1 en el marcador en una primera mitad que fue para Argentina, pero lo que más sorprendió a todos fue la actitud de Monti, que se mostró ausente y cabizbajo. Las sensaciones que transmite no se corresponden para nada con su estilo, su carácter y Argentina lo acusa notablemente. Por ello Monti se convierte en blanco de las críticas, pero la intrahistoria de aquel encuentro desvela una trama que justifica el citado comportamiento. Al parecer antes de aquella final Monti, recibe innumerables amenazas anónimas contra él y su familia.

Amenazas atribuidas en un principio a algunos fanáticos uruguayos, debido a cuentas pendientes con Uruguay y Lorenzo Fernández de la final del Campeonato Sudamericano de 1929 pero que acaban por coaccionarle de forma definitiva tras la aparición en escena de dos misteriosos personajes que se encargan de apretarle en el entretiempo del partido. El mensaje es diáfano: si Argentina gana, su madre amanece muerta, pero si pierde, en cambio, el futuro es suyo. Monti intenta no jugar el segundo tiempo pero sale contrariado y no toca la pelota. Cuentan que se mostró un alma en pena sobre la cancha y con el paso de los años trasciende que esos misteriosos personajes son Marco Scaglia y Luciano Benetti, dos presuntos esbirros de Mussollini que pretenden provocar la huida de Monti de su país con un destino concreto: Italia y el Mundial de 1934.

En cambio por parte uruguaya el combinado de Supicci cuenta con un equipo quizás veterano en mucho de los casos pero de enorme talento y espíritu. José Nasazzi el “Mariscal”, el “Gran Capitán”, el jefe de aquella selección, defensor de leyenda, el aire, la fuerza y la bandera de Uruguay. José Leandro Andrade la “Maravilla Negra”, el primer gran jugador de color, aquel que había deslumbrado en Colombes y en las noches parisinas con su ritmo, sus cortes y quebradas. Héctor Scarone el “Mago”, un adelantado a su época, un genio creador, no en vano afirman los historiadores del fútbol uruguayo que aquellas mágicas paredes que se atribuyen a la también mágica dupla compuesta por Coutinho y Pelé, fueron inventadas cuarenta años antes por la dupla Cea-Scarone. Un “entreala izquierdo” que la jugaba con las dos piernas, del que cuentan que entrenaba su puntería chutando contra botellas a 30 metros de distancia. Y Héctor Castro, el “Divino Manco”, delantero hábil y letal con el balón en los pies del que las crónicas de la época reflejan entre otras anécdotas que su muñón era un arma temida por sus contrarios, pues lo utilizaba hábilmente en los saltos y choques dentro del área.

Con esta constelación de grandes actores y tras una primera mitad en la que Argentina se va al descanso con ventaja de 2 a 1, la segunda y definitoria segunda parte tiene color uruguayo. Pedro Cea hace el empate en el 57, Santos Iriarte en el 68 con un chut de 25 yardas pone en ventaja a los uruguayos y hace explotar el Centenario, luego Stábile -el goleador del Campeonato- está a punto de hacer callar a la enfervorizada hinchada uruguaya pero su disparo se va al palo y finalmente en el 89, Héctor el “Divino Manco” Castro hace el definitivo 4 a 2 con el que Uruguay se proclama primer campeón del Mundo. José Nasazzi cierra el círculo recibiendo de manos de Jules Rimet la “Victoire aux Ailes d’Or” y elevándola al cielo de Montevideo, una ciudad, unos ciudadanos y un país que se echan a la calle y olvidan por un momento la crisis y penurias que viven.

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