Histórico
12 mayo 2010Jose David López

El amor-odio de Bobby Zamora

El fútbol inglés tiene incontables batallitas e historias para el romanticismo. Rincones donde esa sensación encuentra su mayor arraigo y su sentido más casto emana de los adoquines que aún planean en algunas de sus gradas. El epicentro de todas estas épicas de antaño lo constituye Craven Cottage, el estadio más arcaico, el que respira la verdadera esencia del fútbol como espectáculo de masas y, desde luego, el escenario ideal para restaurar aquellos mitos a nuestros días. El Fulham no sólo fue el primer equipo londinense, sino el único de todos ellos que no tiene palmarés, pues sus mayores logros hablan de gestas menores, de tardes de sufrimiento y de amores humildes. No hay copas, sino recuerdos.

Dentro de ese cuento de hadas con banquillos de madera, no hay hueco ni tan siquiera para jugadores de alta enjundia. Sus mayores mitos ensalzaban las virtudes del trabajo, el sacrificio y el cariño a un club, pero llevan nombres semi-desconocidos como Ray Houghton, Paul Parker Tony Gale o Mullerey. En la mejor temporada del Fulham, la que va a cerrar con la primera finalísima europea de su historia este jueves, esa dinámica cubre el momento cumbre en toda esta mística que rodea a los cottagers. Un técnico errante, una afición singular pero, sobre todo, un nuevo líder anónimo que busca un gol, el que cambie la historia de los que le rodean y la suya propia: Bobby Zamora.

Vincular su nombre al de John Terry, Sol Campbell o Jermain Defoe, parecería la mejor vía para alcanzar el éxito, máxime si compartes alojamiento diario en una escuela de desarrollo en edad adolescente. Sin embargo, mientras unos recalaron en aventuras de mayor calibre, al ‘gigantón’ Zamora le tocó asumir retos menores para ganarse a pulso sus opciones si es que el destino se las tenía deparadas. Los Piratas del Bristol Rovers sólo le dieron tregua en cuatro partidos donde no consiguió anotar, una tónica que mejoró a nivel aficionado cedido en el Bath City (siete goles en cinco partidos) y que le bastó para ganarse la confianza en las Gaviotas del Brighton & Hove Albion (seis goles en otros tantos partidos). Esos tres meses del año 2000 le colocaron en una senda más positiva pues el B&HA le compró por unas 100.000 libras mientras él se coronaba como el killer del club, la estrella en dos ascensos consecutivos y rumbo a la selección Sub 21 inglesa. “Cuando la pelota golpea la red, no es Shearer o Cole, es Zamora”, cantaban sus fieles hinchas.

Abandonó el equipo que ahora dirige el uruguayo Poyet, como uno de los jugadores más venerados de toda su historia pero el atrevimiento del Tottenham en su fichaje (por algo más de 1,5 millones de libras), pronto levantó críticas en White Hart Lane. Un solo gol en dieciséis encuentros, le condenó al ostracismo y a pesar de que el West Ham le solicitó cuando Defoe (ex compañero suyo) fue vendido a los Spurs, los Hammers lo tuvieron marginado durante cuatro largos años. Críticas, fallos terribles en definición, un físico sin provecho y la sensación de goleador de categoría novel, le etiquetaron de jugador sin grandes metas. Y eso que él, sólo por dejarse notar muy de vez en cuando, era capaz de forzar al máximo situaciones esperpénticas. Una de ellas fue no aceptar el ofrecimiento de Trinidad y Tobago (por raíces familiares) para disputar con la selección caribeña el Mundial de Alemania 2006 porque su ambición (nada acorde con su talento), le pedía seguir luchando para ser internacional inglés un buen día.

En el verano de 2008 cambió de barrio en su Londres natal y se mudó al Fulham. Un primer curso con apenas cinco goles pese a ser titular indiscutido toda la campaña, le valió para poner en su contra a toda la hinchada. Se le intentó vender para sacarle rentabilidad ante lo perdido de la causa e incluso el Hull le tuvo semi-atado pero Bobby se levantó, pidió palabra y recalcó que quería triunfar en Cottage y que no se marcharía. Aguantó cuando se le comparaba con mitos del error, con personajes de circo y rodeado de desastrosas vertientes del amarillismo. Ahora, apenas unos meses más tarde, no sólo ha roto con 21 goles todas las estadísticas anteriores, sino que el país entero ha olvidado su pasado grotesco en el terreno goleador, para colocarlo a la altura de la selección inglesa (Capello no se lo llevará  finalmente a Sudáfrica 2010).

Con la potencia necesaria para sobreponerse al físico de las defensas inglesas, con la altura perfecta para que Hodgson vea en él al complemento ideal de ataque en su equipo y, sobre todo, con mayor capacidad de definición que nunca, Zamora está en su momento cumbre. Este miércoles, sobre Hamburgo y de blanco impoluto, Bobby buscará su particular meta, la de seguir convenciendo a propios y extraños mientras corona el gol más bonito de la historia del club. El que le alzaría a los altares. El tanto del romanticismo, el de Bobby.

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