Histórico
25 mayo 2010Jesús Camacho

Berraondo, pionero del football y seleccionador

El breve pero intenso y exitoso periodo de Paco Brú al frente de la selección española dio paso a una fórmula que se convirtió en habitual en lo referente a la dirección técnica de la selección española en aquella época, el triunvirato técnico. Una fórmula con la que se pretendía llevar la responsabilidad de forma compartida. Manuel de Castro, José A. Berraondo y Julián Ruete -los dos últimos ya movían los hilos federativos y técnicos de la selección con anterioridad a la Olimpiada de Amberes y apoyaron a Brú en aquellos JJOO- se hicieron cargo de la selección.

Tres personajes de referencia en el fútbol español, de una época en la que se sucedieron los equipos técnicos de una embrionaria selección española. Equipos técnicos que desde aquel año de 1920 y de forma habitual los compusieron más de una persona, siendo constante la presencia de directivos federativos con una base de experiencia acumulada en aquel football de antaño.

Manuel de Castro fue uno de los primeros periodistas deportivos españoles de la historia, que firmaba sus crónicas con el seudónimo “Handicap”, Julián Ruete, por su parte era el que presidía el grupo, fue futbolista, directivo y compañero de Berraondo en el Madrid y la Federación, y por último José Ángel Berraondo Inchausti, fue uno de los grandes pioneros del football madrileño y español, -jugador, entrenador, árbitro, seleccionador y directivo- al que dedicamos este recuerdo por ser, como ya dije, personaje de referencia en el football de la época, con aportaciones cruciales para la consolidación del mismo y fundación de entidades y federaciones deportivas. Un hombre de gran personalidad que dejó huella en su trabajo al frente de los designios técnicos de la roja y que como veremos más adelante le tocó vivir la primera gran decepción de la historia del fútbol español.

Y es que acercarnos a la figura de José Berraondo supone recordar a un donostiarra nacido un 4 de noviembre de 1878 que descubrió el football y comenzó a adquirir sus conocimientos en la tierra madre de este deporte, Inglaterra. Concretamente en Brentford, donde cursó sus estudios e inició la practica del football, a la que dio continuidad a su regreso a España. Tenía 26 años cuando se instaló en Madrid y se inscribió en el club blanco, donde jugó como defensa entre 1904 y 1909, periodo en el que conquistó cuatro Copas de España. En el Madrid Berraondo pudo transmitir sus conocimientos adquiridos en Inglaterra sobre football y dio un paso más cuando accedió a los puestos directivos del club, ejerciendo la vicepresidencia entre 1908 y 1910. Luego regresó a San Sebastián para jugar en las filas del Club Ciclista de San Sebastián, tomar parte de forma crucial en la fundación de la Federación Española, de la Unión Española de Clubs y convertirse en uno de los fundadores de la Real Sociedad, donde puso fin a su carrera como defensa y fue también vicepresidente (1910-15) y destacado entrenador.

El siguiente eslabón de la cadena futbolística que constituyó su vida lo puso en 1916, cuando comenzó su experiencia como árbitro, labor en la que llegó a adquirir categoría internacional. Posteriormente, ocupó diversos cargos de relieve en la Real Federación Española de Fútbol, y como cité al inicio, entre ellas la de seleccionador, el cargo que nos ocupa y motivo fundamental para este recuerdo.

Recuerdo que continúa -tras aquel apoyo a Paco Brú en Amberes-, con la citada etapa junto a Castro y Ruete, una etapa en la que se trabaja sobre la base de aquella “Furia de Amberes”, pero en la que se comienzan a vislumbrar aportes técnicos en el combinado español, con la inclusión de futbolistas de un perfil técnico más elevado, como Meana, Peña y Patxi Gamborena, medios de mucho talento.

En líneas generales un periodo corto pero muy positivo para la selección, que de no ser por su dimisión irrevocable en 1921, se habría dilatado más en el tiempo. Una dimisión provocada por la negativa de Berraondo a ceder a las presiones a las que fue sometido para la alineación impuesta de determinados futbolistas. Berraondo que se había destacado durante su vida deportiva por su caballerosidad y su personalidad,  no cedió y dimitió del tercio que le correspondía en el cargo, desoyendo de forma firme los intentos de la Federación para evitar su marcha.

Su marcha dio paso a un periodo técnico incierto, en el que se sucedieron dos triunviratos técnicos compuestos primero por Cernuda, Colina y Pajares y luego por Mateos, Cabot y Castro, pero Berraondo que a su marcha había dejado la puerta entreabierta, la volvió a abrir a la selección en 1927.

Con la idea de afrontar el reto de recobrar el prestigio internacional perdido en los JJOO de 1924 de París, asumió el cargo de forma individual con una nueva e inminente participación del combinado español en unos JJOO.

En esta ocasión en la Olimpiada de Ámsterdam, donde previo juramento solo participan jugadores amateurs pero donde se vislumbra lo que se conoció como el “amateurismo marrón”, la difusa frontera en la que se saltó la legalidad. Una cita que comenzó de forma muy positiva con una contundente victoria 7 a 1 sobre México.

El combinado español dirigido por Berraondo contaba en sus filas con futbolistas de la talla de Quincoces, Patxi Gamborena, Bienzobas y Regueiro y en su siguiente paso hacia el metal en tierras holandesas se encontró con Italia, que acabó por convertirse de forma definitiva en la primera ‘bestia negra’ de la selección. Y es que pese a que en un primer partido disputado el 1 de junio de 1928, la igualdad marcó el devenir de un choque que concluyó en tablas (1-1) gracias al gol de Zaldúa, en el partido de desempate la debacle se cernió sobre el futuro de Berraondo como seleccionador.

El partido disputado tres días después, supuso la primera gran decepción de la historia de la selección, el combinado español cayó de forma estrepitosa por 7 goles a 1 ante el combinado italiano de los legendarios Combi, Rossetta y Caligaris.

Berraondo vivió  el primer cisma, la primera gran polémica alrededor de la selección, se quiso buscar una explicación plausible en la pasividad del árbitro ante el juego duro italiano, se culpó a la inexperiencia del guardameta Jaúregui -amateur del Arenas de Getxo- y la sensible ausencia de Ricardo Zamora, pero lo cierto es que Italia se impuso también por calidad y por categoría, por lo que el camino hacia el metal se cortó con una tarde aciaga y una dolorosa e histórica derrota. Una derrota que como dije señaló de forma injusta a un elegante y buen portero que pagó los platos rotos junto al seleccionador, José Berraondo, que quizás salió tristemente de un cargo en el que trabajó e hizo mucho para que España gozara de prestigio internacional.

Por ello y aunque siempre se le recordará por esta histórica derrota, sería injusto no hacer hincapié en su trabajo técnico y federativo y en aquel apoyo a Paco Brú en la Olimpiada de Amberes, un triunfo que también debe ser considerado como suyo.

Triunfo y derrota, dos caras de la moneda que vivió este pionero del football, aquel que pasó por todos los estamentos del football de la época y que sobretodo transmitió su espíritu caballeroso y noble, contribuyendo de forma decisiva en la evolución y consolidación del juego en el territorio español.

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