Histórico
30 mayo 2010Ariel Judas

Argentina: Zona de promesas ‘maradonianas’

No ha pasado tanto tiempo desde la catarsis de Diego Maradona en la sala de prensa del Centenario de Montevideo. Pero el Pelusa -que gasta sus primeros días junto a su selección en Sudáfrica- es casi otro. Afable, distendido, bromista. Como en sus momentos más felices. Lo ha hecho centenares de veces. Es que el fútbol es el arte del engaño. Y el Diez es un gran prestidigitador. Amaga por izquierda con el “Que la sigan chupando”, y enmienda el error con la derecha al admitir que se ha equivocado mucho como entrenador de la Albiceleste. Cree en la idea de reflotar al equipo más odiado del mundo -seguramente ese será su leitmotiv durante el torneo que comenzará en apenas dos semanas- pero, al mismo tiempo, se atreve a hacer algunas promesas esperanzadoras para más de uno, pero que parecen romper de alguna manera con la idea-motor expuesta en el amistoso jugado ante Alemania.

La más rimbombante de todas las que ha hecho el seleccionador argentino es la de desnudarse en pleno centro de Buenos Aires en caso de que sus jugadores consigan levantar la copa en la final del 11 de Julio. Creo que muchos factores atentan contra la posibilidad de que el equipo de la AFA gane su tercer Mundial. Cuestiones estrictamente deportivas, y otras que no lo son. Pero, fútbol es fútbol. Y tras una clasificación agónica, luego de las decenas de partidos amistosos ante equipos de cuarto nivel, una vez que la camiseta celeste y blanca sirvió de banco de pruebas para más de una centena de futbolistas de dispar calidad, el viaje de regreso con el trofeo bajo el brazo bien valdría un despelotamiento no solo del Diez, sino de la delegación al completo.

El 0-1 del Allianz Arena dejó sentenciado el karma de Argentina, especialmente en materia defensiva. El plan es que cuatro centrales (Otamendi, Demichelis, Samuel y Heinze), sin permiso para subir demasiado, custodien el arco defendido por Sergio Romero. La idea funcionó bastante bien ante el cuadro dirigido por Joachim Löw, y desde el cuerpo técnico argentino se espera que el artilugio sea también eficaz en los partidos ante Nigeria, Corea del Sur y Grecia. Esa promesa, que parecía ser férrea y duradera, en los últimos días ha comenzado a ser relativizada por el propio Maradona. “El equipo jugará como quiera Messi”, lanza Diego. ¿Otra promesa? El Diez, mucho menos dogmático que Carlos Bilardo o César Luis Menotti -dos de los entrenadores que, por paradójico que parezca, más lo han marcado como jugador- cuenta con un puñado de delanteros que podrían ser quienes marquen la diferencia en la lucha por el título. ¿Tres atacantes? Tal vez. Todo dependerá del rival. ¿Cuatro defensas estáticos? Vale la misma respuesta, me parece.

El 1982, obró algunos pequeños milagros. Cuatro años más tarde, Diego Armando Maradona comenzó a ser llamado D10s. En 1990, con un tobillo destrozado, resucitó a un equipo que había quedado medio muerto en el partido inaugural, y lo condujo hasta la final. La Copa del Mundo de Estados Unidos parecía ser la de su redención -en el ocaso de su carrera-, y terminó siendo el evento en donde se le cortaron las piernas. Hoy todo eso parece demasiado lejano para cualquier persona que no alcance los 25 años. Para toda esa generación de argentinos, el Pibe de Oro no es más que un personaje excéntrico, respetado, denostado, amado u odiado. La dimensión del que fuera el mejor futbolista del planeta queda reducida a la estatura de un par de anécdotas graciosas y un puñado de sucesos policiales. ¿Tiene alguna promesa el Diez para ellos?

Tal vez el juramento no sea expreso, y se aloje en el cúmulo de intangibles de los que está hecho el imaginario de la Albiceleste. Quienes hemos tenido la suerte de verlo en una cancha no lo necesitamos. Pero para quienes solo tienen acceso a lo que Maradona ha sido como futbolista -muy especialmente, como jugador y capitán de la selección argentina- a través del DVD, tal vez sea bueno que Diego se conjure para demostrarles que el representativo de su país puede recuperar el orgullo perdido. Los equipos que jugaron los últimos tres Mundiales jamás consiguieron replicar la mística que entre 1978 y 1990 tuvieron los planteles comandados por figuras consulares como Mario Kempes, Daniel Passarella, Oscar Ruggeri y el propio Pelusa.

Desde aquella final en el Olímpico el seguidor ha tenido que tragar -salvo contadísimas excepciones- con la desidia de jugadores que triunfaron (más en lo económico que en lo deportivo) demasiado pronto. Independientemente de la clasificación final en Sudáfrica, el hincha sentirá que se habrá dado un paso adelante si la selección de Maradona recupera el orgullo y la actitud que se extraviaron en Roma, y que los Pekerman Boys y entrenadores de prestigio no se molestaron demasiado por rastrear. Así de mal han estado las cosas hasta ahora.

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