Histórico
9 marzo 2010Francisco Ortí

Tipos Duros: Arte y furia de Effe

effenberg

Con sólo nombrar Florencia la mente comienza a trabajar evocando imágenes de los rincones más conocidos de la ciudad y su esencia artística. El David de Miguel Ángel, la Cúpula de Brunelleschi, el juicio final de Giorgio Vasari, la galeria de los Uffizi, la Divina Comedia de Dante Alighieri o el Ponte Vecchio. Florencia es sinónimo de arte desde que en la segunda mitad del siglo XIV se convirtió en el epicentro del movimiento renacentista. La ciudad se ha caracterizó desde la llegada de los Médici por ser un remanso de paz perfecto para inspirar a los artísticas, aunque no siempre fue así. En varias épocas Florencia estuvo en manos de los beligerantes germáncias. Primero el pueblo ostrogodo se apoderó la ciudad para utilizarla como escenario de sus batallas contra los bizantinos. Poco después de Carlomagno provocó una guerra civil entre Gibelinos y Güelfos.

En la historia más cercana hubo otro momento en que Florencia estuvo dirigida por un cerebro alemán, aunque éste es menos recordada. Esta época está enmarcada entre 1992 y 1994 cuando el tan genial como polémico Steffan Effenberg se convirtió en el jugador referencia de la Fiorentina. Uno de los estandartes del Bayern de Munich -figura en el mejor once de la historia del club junto a otras leyendas- se mudó a Florencia a cambio de la nada desdeñable cifra de 7’5 millones de euros en 1992. No acabó de adaptarse al fútbol y dos años después regresó a Alemania, pero su paso por la capital del Renacimiento le convierte en el nexo entre la Fiorentina y el Bayern de Munich en el momento en que ambos equipos se juegan el pase a cuartos de final de la Champions League frente a frente.

Nacido en el coqueto y hamburgués barrio de Niendorf, Effenberg creció acostumbrado a llamar la atención. Su frondoso tupé rubio platino, su tez rosada y su explosivo le convertían en una persona a la que le costaba pasar inadvertido. Así lo fue durante su infancia y también cuando se convirtió en futbolista. Una cita, nacida de sus propios labios, ejemplifica perfectamente el comportamiento de Effe como profesional: “La mayoría de los futbolistas ven su trabajo de la siguiente manera: 90 minutos de fútbol y me voy a casa. Y ya no se preocupan más por el tema. Para mí este oficio significa algo más. Tiene que haber más espectáculo, hay que echarle más vida al asunto. Los seguidores quieren ver personajes interesantes y pasárselo bien“.

Obedeciéndose a sí mismo -se ve que hasta el propio Effe se teme- Effenberg se convirtió en un auténtico personaje sobre los terrenos de juego y fuera de ellos. Potente, genial, calmado para gestionar a su equipo desde la medular, nervioso para acaparar el mayor historial de sanciones de un jugador en la Bundesliga. El intimidante Effe reunió una serie de características que le convirtieron en un jugador referencia durante la década de los noventa y en un grande  de la historia del Bayern de Munich, algo reservado para unos pocos privilegiados. Fiel a su idiosincrasia fue capaz de divertir y entretener a los aficionados de medio mundo. Unas veces con su juego, otras con su ira y en ocasiones con su palabra.

Sus mejores dardos apuntaban a su compatriota y sempiterno enemigo Lothar Matthäus. Effenberg nunca soportó que el Balón de Oro le robara elogios tanto en la Mannschaft como en el Bayern de Munich, por lo que afiló su lengua contra él. Especialmente después de retirarse. En su autobiografía, Effe calificó de cobarte a Matthäus, aunque tuvo el detalle de dedicarle todo un capítulo a su persona. Se títulaba ‘Todo lo que sabe Matthäus de fútbol’ y consistía en una página en blanco. Effenberg tampoco se olvidó de su archirrival cuando éste anuncio que se retirada a los 39 años: “No sé si volverá. Pero aún se le podría ofrecer un contrato de cuatro años”. Pero Lothar no fue la única víctima del veneno de su lengua. Una de sus frases más recordadas fue la que le dedicó a Dave Barry, de quien dijo que tenía la misma forma física que su abuelo, horas antes de un duelo de Copa de la UEFA. Se desconoce en que forma se encontraba el abuel Effenberg, pero Barry fue el mejor de la semifinal, marcando incluso un gol, aunque no pudo evitar la eliminación de su Cork City.

Effenberg no sólo provocaba con su lengua. Hasta un dedo le bastó para sorprender, aunque en esta ocasión no le hizo demasiada gracia a la afición germana. Durante el Mundial de 1994, la grada alemana, enfadada con su equipo, silbó a su equipo al considerar que no estaban defendiendo como tocaba el trono de campeones del mundo. A Effenberg no le sentó nada bien el comportamiento de sus compatriotas y se lo ‘agredeció’ regalándoles un corte de mangas. Ese gesto borró para siempre al centrocampista de las convocatoria de la Mannschaft y también le sirvió para cambiar el nombre de una parte del cuerpo humano. Durante varios años, en Alemania se puso de moda llamar ‘Effe’ al dedo corazón en recuerdo de la rabieta del jugador alemán.

Esta larga lista de graciosas travesuras -otras no lo son tanto- no exime de recordar a Effenberg como un sensacional centrocampista. Deslumbró durante sus dos etapas en el Borussia Moenchengladbach y el Bayer de Munich, con quien ganó una Copa de Europa en el 2001, aunque no tanto en el Wolfsburgo, donde ya estaba demasiado mayor para explotar sus todas facultades. Dijo adiós al fútbol llenándose los bolsillos en el Al-Arabi Sports Clubs de Qatar y actualmente se dedica a comentar partidos para la televisión germana mientras convive con Claudia, a quien se la robó de manos de su ex compañero Thomas Strunz. Effenberg siempre fue fiel a sus principios y divirtió al mundo del fútbol, aunque no es consciente de que le hubiera bastado con su rendimiento con el balón para lograrlo.

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