Histórico
26 marzo 2010Francisco Ortí

Cuatro días, cuatro ciudades: Viena

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Cerramos el especial ‘Cuatro días, cuatro ciudades’ con su cuarto y último capítulo. Tras pasar por Bolonia, Bratislava y Budapest, Francisco Ortí termina su viaje en Viena.

La versatilidad en la elección de transporte había marcado los anteriores desplazamientos. En Bratislava aterricé en avión. A Budapest llegué en tren. Así que para viajar hasta Viena tocaba utilizar otro medio de transporte. Tras bromear con la posibilidad de surcar el Danubio a lomos de algún tipo de vehículo acuático la elección más asumible fue la de subir a un autobús. Cierto es que tratándose de un trayecto tan largo hubiera sido mejor recurrir al tren, pero durante todo nuestro periplo por Europa no nos estábamos destacando por actuar bajo una aplastante lógica.

La opción del autobús implicaba estar más de tres horas encerrados, pero, aunque parezca mentira, fue el viaje fue el más cómodo de los tres. Y eso que ya no tenía conmigo ni a Paul Auster ni a sus Brooklyn Follies. Durante el trayecto nos invitaron a chocolate caliente, que no probé porque estaba dormido en ese momento. Nos entretuvieron con una película, creo que de Jason Stathman. No tengo claro de que trataba porque estaba dormido cuando la proyectaron. Y la azafata, me contaron que muy guapa, regaló caramelos al final del trayecto. Cómo ya sospecharéis, no pobré ninguno porque estaba dormido cuando los repartió.

No confieso el nombre de la compañía de transportes para no hacer publicidad – que para eso ya tenemos a Betfair- pero fue un desplazamiento de lo más ameno, que, en efecto, yo me perdí porque estaba durmiendo en ese momento. Los primeros pasos en Viena, sin embargo, no fueron tan amables. No teníamos ni idea de donde nos había dejado el autobús. Habíamos decidido a última hora usar el bus, y la preparación previa del traslado se había realizado pensando que viajaríamos en tren, por lo que teníamos controlado como llegar al hotel desde la estación de trenes, pero no desde la de autobuses. Cotilleando entre los mapas de una librería -eso sí, sin pagar ninguno- y con la ayuda de una anciana sorprendentemente políglota logramos arreglar el entuerto y encontrar el nuevo camino hacia nuestro hotel.

Me ahorraré narrar los escatológicos sonidos que emanaban de nuestro compañero de habitación en Viena, pero con decíos que no me dejó dormir durante gran parte de la noche creo que os hacéis a una idea. De la ciudad, en cambio, sólo puedo contar maravillas. Su imperiosa belleza me fascinó. Sin duda fue la que más me ha gustado durante esta  aventura aunque también hay que reconocer que Viena jugaba con ventaja. Austria y, en concreto, Innsbruck, Neustift, y Viena, tienen un hueco especial en mi corazón gracias a mi estancia allí mientras cubría la Eurocopa 2008 junto a mi compañero y ‘enganchado’ José David López. Durante ese verano, de Viena sólo conocimos el trayecto en metro que separaba nuestro hotel del estadio Ernst Happel. Así que en mi regreso a la capital austriaca no pude evitar revivir aquellas sensaciones.

No me costó demasiado convencer a mis dos compañeros de viaje para visitar el Ernst Happel y tras degustar las tradicionales würstels tomamos rumbo hacia el estadio en el que España se convirtió en campeona de Europa. Desde el momento en el que puse el pie en el metro los recuerdos comenzaban a cobrar vida a mi alrededor con timidez, pero ya no hubo quien los parara en cuanto llegué a mi destino. Los aledaños del Ernst Happel estaban desiertos, cubiertos de nieve, y el silencio era inquebrantable. Mis ojos, en cambio, podían ver como brotaban ante mis imágenes pasadas. Mis oídos captaban de nuevo aquellos cánticos de victoria. Podía ver de nuevo a aquella chica que se pintaba los colores de España en el rostro antes de un partido, o aquel cartel de Buffon parando a un toro. Escuchaba otra vez a los italianos entonando “Siamo campioni del mondo” y a los aficionados españoles celebrando el triunfo tras la final.

Mientras miraba atontado las afueras del estadio me percaté de que una puerta estaba abierta. Casualmente la misma por la que José David y yo accedíamos para cubrir los partidos que España jugaba en Viena. No dudé en entrar y cuando terminé de subir por las escaleras apareció de nuevo ante mi el Ernst Happel en todo su esplendor. Mario Benedetti describió una vez un estadio vacío como “el esqueleto de la pasión”. Para mí no fue un esqueleto, si no un lienzo sobre el que dibujé de nuevo las hazañas de los de Luis Aragonés. Sobre el nevado césped del Ernst Happel mi mente pintó de nuevo a Cesc marcando el penalti decisivo ante Italia, a Xavi abriendo la lata ante Rusia, y a Fernando Torres picando el balón por encima de Lehmann. Recuerdos que nunca olvidaré.

Viena y el Ernst Happel suponían el broche de oro para una aventura que me había llevado a conocer cuatro ciudades de cuatro países diferentes, y sus respectivas particularidades futboleras, pero ya es hora de volver a casa. Tal vez algún día vuelva a Bolonia, Bratislava o Budapest para revivir viejos recuerdos como he podido hacer con Viena. Ahora toca preparar la siguiente aventura. ¿Tenéis alguna propuesta?

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