Histórico
15 marzo 2010Francisco Ortí

Cuatro días, cuatro ciudades: Budapest

Labdarúgás - A Budapest Honvéd nyerte a Magyar Kupát

Continuamos con el especial ‘Cuatro días, cuatro ciudades’. Tras pasar por Bolonia y Bratislava, Francisco Ortí viaja a Budapest, capital de Hungría.

Desde la ventanilla del tren se divisaba un paisaje superpuesto. La ciudad dejaba paso a unas afueras en ruinas y kilómetros después emergian de nuevo las construcciones verticales propias de la ciudad. Todo ello cubierto por la nieve, mi omnipresente compañera de viaje. Dentro de mi compartimento de tren, además de los últimos capítulos de Brooklyn Follies, me acompañaba un gigantesco desconocido.  Pasó dormido todo el trayecto, así que no pude verle en pie, pero calculo que superaría los dos metros. Lo que sí pude observar desde cerca, y reconozco que con cierta admiración, fue el tamaño de sus zapatillas, que había depositado en el asiento contiguo al mío. Eran tan grandes que  un poco de esfuerzo creo que hasta yo hubiera cabido dentro.

Mientras fantaseaba con las civilaciones que podrían esconderse en esas zapatillas o si podrían ser utilizadas como un caballo de Troya moderno, una voz anunció por megafonía que habíamos llegado a Budapest. Recogí mi maleta y me dispuse a bajar del tren, pero pronto me di cuenta de que no resultaría tan sencillo. El gigantesco desconocido continuaba dormido y sus piernas cerraban la salida a la altura de mis rodillas. Dudé si despertarle para pedir que me dejara pasar, pero suponiendo que no hablaría mi idioma ni tendría un fluido manejo del inglés nada más despertar decidí esquivarle. Por un momento valoré la posibilidad de pasar bajo sus piernas, pero pronto la descarté. Si se hubiera despertado mientras yo pasaba por debajo la situación se hubiera tornado un tanto embarazosa. Así que no me quedó otra alternativa. Lancé mi equipaje por encima de sus piernas y  mi cuerpo fue detrás. Mi carrera juvenil como portero hizo más fácil la ‘estirada’.

Ya me encontraba en Budapest y casi sin tiempo para echar la primera ojeada a la ciudad comenzaron a sobrevolar a mi alrededor una bandada de húngaros que me ofrecían cambiar mis euros por la moneda local. Curiosamente se dirigían a mí en italiano, algo que se repitió durante toda mi estancia en Budapest, mientras que a mis dos amigos les hablaban en un arcaico español. Hicimos caso omiso a los ‘canjeadores humanos’ -si alguna vez visitáis Budapest  os aconsejo que esperéis hasta llegar al centro para cambiar vuestro dinero- y nos centramos en descubrir la capital de Hungría. Por primera vez durante todo el viaje podía pasear sin que me cayera una nevada encima. El suelo todavía estaba cubierto de blanco, pero el cielo era azul y hasta me permití el lujo de quitarme el gorro de lana.

Budapest me causó mejor impresión que Bratislava. La ciudad está partida en dos por el río Danubio. Por un lado Pest conserva las elegantes reminiscencias del Imperio austrohúngaro, y por otro Buda y Obuda albergaban una agitada vida nocturna -por algo la llaman la capital del porno- y tiendas sin hora de cierre. Aproveché esta agilidad horaria para buscar un libro que cubriera el papel de Brooklyn Follies para lo que restaba de viaje y visité un par de librerías de envergadura que prometían literatura en idiomas extranjeras. Cómo me suele suceder cada vez que me sumerjo en un mar de libros acabó olvidando mi objetivo inicial para ojear todo lo que puedo, especialmente los ejemplares dedicados al fútbol, aunque estén escritos en un idioma que no domine.

Budapest no fue una excepción para mi espontánea afición y por mis manos pasaron varios tomos que hablaban del fútbol en blanco y negro. No es casual. El fútbol en Hungría tiene sabor a cenizas. El presente es desolador, mientras que en el pasado aparecen figuras legendarias. Los Mágicos Magyares, Ferenc Puskas o Floriant Albert eclipsan un presente en el que Hungría no alcanza la fase final de un Mundial o Eurocopa desde su última participación en México 1986, torneo en el que quedaron eliminados en la fase de grupos. El fútbol no es sinónimo de melancolía para los hungaros y también para los habitantes de Budapest, que recuerdan cuando la capital poseía la hegemonía del fútbol patrio.

Desde sus inicios la Nemzeti Bajnokság 1 (primera división húngara), actualmente llamada Soproni Liga por motivos de patrocinio, había estado dominada por los equipos de la capital. De 1901 a 1999 sólo hubo tres equipos que lograron contrarrestar el dominio de los equipos de Budapest, pero en la última década los equipos de la capital han sufrido una profunda decadencia. El Ferencvaros, el equipo más laureado del país y que ha contado en sus filas con jugadores como Albert, Kubala o Lajos Szucs incluso se ha visto abocado a vivir en segunda división recientemente. Tampoco es mejor el presente para el Honved de Puskas, Kocsis y Czibor. Sólo el Ujpest y el MTK maquillan minimanente el presente. El dominador indiscutible del fútbol hungaro en la actualidad es el Debrecen, campeón en cuatro de las últimas cinco temporadas, aunque el líder de la clasificación en estos momentos es el Videoton.

Finalmente no conseguí mi objetivo de encontrar alguna novela en español -que estaba perdido desde un primer momento- pero me marché contento por haber podido cotillear en decenas de libros que recordaban los tiempos de gloria del fútbol húngaro y homenajeaban la simpática figura de cañoncito Puskas. Todavía quedaba mucho día por delante para disfrutar de Budapest, aunque estaba claro que el fútbol no era el mejor tema de conversación con los habitantes de la zona y me dediqué a disfrutar de la ciudad. Pronto tocaría abordar el cuarto y último destino. Da pena que la aventura esté llegando a su fin, y justo cuando el tiempo empieza a mejorar.

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