Histórico
13 marzo 2010Francisco Ortí

Cuatro días, cuatro ciudades: Bratislava

Continuamos con el especial ‘Cuatro días, cuatro ciudades’. Tras abandonar Bolonia, Francisco Ortí viaja a Bratislava, capital de Eslovaquia.

Había escarmentado durante mi paso por Bolonia y antes de partir hacia Bratislava me armé con unos guantes y un gorro de lana. La bufanda la llevo de serie y no era necesario invertir en otra. Abrigado de arriba a abajo -en los pies portaba una ración triple de calcetines- me atreví a desafiar el clima de la capital eslovaca, de la que me separaban dos horas de viaje en avión. Anestesiado por la compañía de Paul Auster y sus Brooklyn Follies perdí la noción del tiempo y antes de que Lucy boicoteara el coche de Nathan Glass ya me encontraba en el aeropuerto de Bratislava.

Cómo ya os he comentado vestía una gruesa armadura de lana y tela para combatir el frío eslovaco. De poco me sirvió. La primera exhalación de aire dejó claro que había infravalorado a Bratislava. Mi aliento se tornó en una espesa cortina de vaho a causa de los doce grados negativos que me dieron la bienvenida. El frio estaba aderezado por una intensa nevada y un malintencionado viento que buscada el minímo resquicio de piel que había dejado al descubierto para retregar la nieve contra él. No me hacía gracia pasar frío, pero tampoco fui tan extremista como para taparme incluso los ojos. Sólo me tapé uno.

Reconozco que mi estampa, especialmente comparada con la tranquilidad con la que paseaban los eslovacos, era bastante cómica. Sólo tenía un ojo al descubierto y cojeaba ligeramente de la pierna izquierda a causa de un golpe, por lo que no sería extraño contemplar que al cruzarse conmigo los eslovacos pensaran que era un pirata perdido entre la nieve, visitando la ciudad a golpe de catalejo. Pese a la inquietante imagen que debía de ofrecer, cada vez que me acerqué a algún eslovaco para recopilar información sobre su universo futbolístico fue atendido con una extrema habilidad.

Puede que ese sea el talante habitual de los eslovacos, pero me inclino a pensar que el motivo de su simpatía era otro. Y es que en lo que a fútbol se refiere Eslovaquia es, actualmente, uno de los países más felices sobre la faz de la tierra. No es de extrañar que cualquier en Bratislava cualquier aficionado al fútbol esté dispuesto a contarle a un extranjero las delicias y gestas de su selección, quien ha conseguido clasificarse para un Mundial por primera vez en la historia desde la escisión de Checoslovaquia en 1993.

Según me comentó un joven eslovaco, la clasificación para el Mundial 2010 tenía un sabor especialmente dulce gracias a haber dejado en la cuneta a los vecinos checos durante la fase de clasificación. El hecho de estar en Sudáfrica mientras que la República Checa tendría que ver el torneo por la televisión tenía un morbo especial para él, según pude escuchar entre el rechinar de mis dientes y su escaso inglés. La barrera idiomática, en cambio, desapareció a la hora de hablar de nombres. Marek Hamsik es el niño mimado del país. El jugador del Nápoles es la gran esperanza de Eslovaquía, pero también vi como se hablaba con orgullo de Miroslav Karhan y Robert Vittek.

El sentimiento optimista de este aficionado no fue la única corriente de opinión que encontré bajo la nieve. Hubo otras más pesimistas que no llegué a comprender. Muchos me dijeron que la clasificación para el Mundial era una mala noticia porque Eslovaquía mostraría sus debilidades frente a todo el mundo. “La mitad del país se pregunta qué se nos ha perdido allí, porque tiene miedo de que Eslovaquia fracase en el Mundial“, le leí a Karhan en una entrevista para la FIFA que confirma que no todo es felicidad en Eslovaquia.

Todavía extrañado por esa corriente de pesimismo mi cojera tomó rumbo hacia la estación de trenes. Era el momento de embarcarme hacia mi tercer destino en busca de más aventuras con tintes futbolísticos. Desde el tren escribo estas palabras, justo antes de sumergirme de nuevo en Brooklyn Follies.

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