Histórico
24 marzo 2010Jesús Camacho

Balones de Oro: Stoichkov, ‘El 8cho’ (1994)

6369Las personas en función de su comportamiento y las energías que transmiten poseen la capacidad de generar amor y odio sobre sus semejantes. Todos nosotros de forma inconsciente generamos y sentimos esa afinidad y ese rechazo, aunque generalmente todos nos movemos en términos medios en los que una sensación compensa a la otra. Esto es así con la mayoría de nosotros excepción hecha de un arco estadístico de personas que por su carácter y comportamiento se mueven en los extremos y generan tanto amor como odio allá por donde pasan, utilizando esta cualidad o defecto -como se quiera ver- como modo de vida en su desarrollo profesional.

En todos los campos de la actividad humana hemos conocido casos históricos y el fútbol como tal no ha resultado ajeno a ello. Recuerdo entre otros al mítico Brian Clough, al sensacional delantero mexicano Hugo Sánchez, al genial Eric Cantona y a un chico de Plovdiv del que cuentan que vino al mundo con el 8cho a la espalda y botas de taco.

Su nombre Hristo Stoichkov y su carácter tan peculiar como para ser detestado por la mayoría y ser adorado y amado en Barcelona, pero para llegar a ese Hristo debemos antes recordar a ese joven que lustraba botas a los veteranos del modesto Maritza, de su Plovdiv natal.

El primer paso de la carrera de un deportista que mucho de lo que aprendió lo hizo en la calle y de lo que demostró, en las pistas de atletismo, donde en cuerpo y alma se entregaba a la velocidad, y donde cuentan sus profesores que podría haber llegado muy lejos.

Hristo era un chico tremendamente inquieto que por su demoledor e impenitente carácter ganador encajaba las derrotas bastante mal. Cuenta Hristo en su controvertida autobiografía –“el 8cho”-, que una tarde tras concluir el entreno en las pistas de atletismo, se acercó junto a sus amigos al gimnasio en el que evolucionaban sobre el cuadrilátero un grupo de boxeadores. Inquieto por naturaleza se quiso probar ante un chico mayor que él y practicante habitual de esta disciplina deportiva. Soltó un primer derechazo y en la respuesta dos certeros ganchos de su oponente bastaron para hacerle besar la lona, percatándose en ese momento que el boxeo no era lo suyo, aunque en alguna ocasión tuviera que recurrir a ello.

Y digo esto porque tras su paso por el Maritza, Hristo dio su siguiente paso al firmar por el Zhevros Jarmanli, club que en los dos años que permaneció logró captar la atención de  uno de los grandes del fútbol búlgaro, el CSKA de Sofía, que le contrató por petición expresa de Manol Manolov. Tenía 19 años cuando debutó con el conjunto rojo del ejército y aunque comenzó siendo un desconocido, en su primera temporada logró el título de Liga. Una temporada en la que vivió uno de los momentos más difíciles de su vida deportiva puesto que en aquel verano del 85 su carrera quedó en punto muerto por una sanción ejemplar sobre la que hay mucho que contar.

Todo sobrevino a consecuencia del encuentro de la final de Copa de Bulgaria, el CSKA -equipo del ejército- se enfrentaba al eterno rival, el PFC Levski Sofía -equipo de la Policía del Estado-. Un duelo de alta tensión que acabó con una trifulca de dimensiones bíblicas generada -solo en parte- por la desafortunada actuación del colegiado Assen Yacharov, que concedió un gol ilegal al CSKA.

Ahí se encendieron los ánimos y la final se convirtió en una batalla campal ganada por CSKA pero perdida por todos, puesto que el gobierno de Todor Giukov decidió resolver el tema imponiendo sanciones ejemplares. Lo que había ocurrido atentaba contra la ética comunista, y Stoichkov uno de los futbolistas sancionados, fue castigado de por vida. De esta forma y pese a que no fue el único implicado en la trifulca, con solo 19 años se vio solo en Sofía viviendo un incierto futuro y con la ilusión partida por decreto y su naturaleza explosiva.

Tras un periodo de un año de sanción y gracias a los contactos de sus compañeros de selección, Hristo consiguió una amnistía que le abrió nuevos horizontes y le permitió volver a jugar al fútbol. En las filas de un CSKA, que por un tiempo desde aquella desafortunada tarde, fue obligado a llamarse Sredets en honor a la antigua capital de Bulgaria.
Afortunadamente para Bulgaria y el fútbol aquel talento de carácter incontrolable volvió a jugar para demostrar su incuestionable calidad y acabar sumando 61 goles en sus 56 últimos partidos con la camiseta del conjunto rojo. Unas cifras que le valieron para lograr la Bota de Oro en 1990 y hacerse con un nombre en el fútbol europeo.

Su talento, su habilidad y su velocidad le abrieron camino fuera de Bulgaria, sus cifras eran de crack, aunque eso sí en una liga menor, por lo que su actuación en el Camp Nou en un partido de la Recopa de Europa, cambió de forma crucial el curso de su carrera. Las evoluciones de aquel  nº8 sobre el césped del Estadi y un golazo anotado con una preciosa vaselina convencieron a Johann Cruyff -que estaba en pleno proceso de creación de algo grande- para apostar por aquel descarado, habilidoso y veloz zurdo.

Cruyff sopesó los pros y los contras, la calidad, el futuro y la personalidad de Hristo y puso en marcha una operación intermediada por J.Mª.Minguella y cerrada en 400 millones de las antiguas pesetas por Gaspart y Núñez, que dialogaron en el vestuario con Stoichkov, que tenía una oferta superior del PSG. De esta forma el 8cho llegaba a Barcelona, donde se significó por su explosividad, su habilidad, su velocidad y su carácter. En cuanto a las primeras cualidades basta decir que era un auténtico puñal entrando por ambas bandas, devastadora su magnífica conexión al espacio con los balones largos de Koeman, los pases imposibles de Laudrup y las paredes eléctricas de Beguiristain.

Y en cuanto a su carácter basta recordar otra sanción más en su carrera por su incidente con Urizar Azpitarte -colegiado al que pisó-, o en su caso su relación amor/odio con Cruyff, que nada más llegar le mandó a la banda diestra y le dijo que nunca sería nadie manejando solamente una sola pierna. De esta forma le motivó y rentabilizó al 100% sus cualidades.

Así Hristo mostró su mejor versión, la del jugador explosivo, veloz, certero y milimétrico, con el remate de zurda. Un futbolista que aportaba un salto de calidad a un equipo que hizo soñar a los culés y con el que el búlgaro conquistó 5 Ligas, 2 Copas, 4 Supercopas de España, 2 de Europa, 1 Recopa y, la Copa de Europa de 1992. Paralelamente y en el ámbito internacional su carrera también creció de forma exponencial, especialmente por su actuación en el mundial celebrado en EE.UU. en 1994 en el que Stoichkov, fue líder de aquella buena selección, hizo seis goles y llevó a Bulgaria a las semifinales del campeonato.

Luego llegaría su paso por el Parma, su regreso a Barcelona donde en su primer año bajo la dirección técnica del recordado Bobby Robson hizo dupla con un Ronaldo espectacular y donde en su segundo año vivió un encontronazo serio con Louis Van Gaal -al que sigue atizando cada vez que se le presenta la oportunidad-. Y por último sus exóticas aventuras esféricas en Arabia, Japón y EE.UU, donde terminaría su carrera en las filas del DC United.

Así se disipaba la estela azulgrana del 8cho, un tipo que vivió de su velocidad, sus goles, su ‘mala leche’ y la calidad de su zurda. Aquel cóctel explosivo que conformó el perfil futbolístico y personal de un delantero o extremo legendario que en aquel año de 1994 recibió el Balón de oro al mejor futbolista europeo del año.

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