Histórico
18 marzo 2010Jose David López

Matías Fernández, el genio camuflado

matias-fernandezLa evolución imparable del fútbol ha obligado a los grandes jugadores a multiplicar sus cualidades para tener éxito y poder competir al máximo nivel. Una vez escuché que Maradona hoy en día no tendría sitio en equipos de primer nivel porque su estatura y su facilidad al sobrepeso, le habrían enterrado antes siquiera de llegar a ser alguien importante. Son como siempre comparaciones, odiosas por su carácter atemporal pero fiel reflejo de la reinvención de un deporte rey que hoy calibra el status basándose en un centenar de aptitudes y facultades.

Se necesita velocidad, carácter de liderazgo, pegada y talento. Sin embargo, a todo esto hay que añadir un matiz fundamental, el de la diversificación de estilos. Pese a que el fútbol equitativo sigue haciendo mella en diversos rincones, hay una tendencia a ampliar el margen entre equipos grandes y pequeños, lo que finalmente origina diferencias abismales. No es igual el fútbol de España que el que se practica en Argentina, se disfruta en Nigeria o malvive en China. Un crack de allá puede no demostrarlo jamás acá y en esas, liderando una larga lista de decepciones, está el chileno Matías Fernández. Un genio camuflado. Un talento disfrazado de timidez.

Matigol, un apodo elogiable ganado a base de grandes tardes en el ‘otro’ fútbol de Sudamerica, se crió en uno de los epicentros del mundo futbolístico, el Barrio del Caballito de Buenos Aires. Su padre, chileno. Su madre, argentina. A los cuatro años tocó emigrar a La Calera chilena y en plena adolescencia, ya cuando sus malabares con la pelota habían llamado la atención en el poderoso fútbol europeo, todo se pudo ir al traste por un problema en su columna que casi lo retira antes de ponerlo a prueba. Como no podía ser de otra manera, en cuanto sus pies tocaron césped y las maravillas técnicas que ilustraban su figura aparecieron en el modesto Unión La Calera, el gigante Colo Colo se asomó a su ventana, le ofreció a los 12 años una beca deportiva que no rechazó pese a tener que mudarse prácticamente solo y sin su familia a Santiago.

Siempre contuvo a los rivales a su espalda mientras su maestría como gobernante de la pelota desesperaba al personal. Jamás liberó tensiones con un golpeo sin sentido, fabricaba milagros pisando la pelota con la dulzura de los grandes y dejó incontables detalles de su increíble calidad técnica cada vez que el zapping lo requería. Debutó a los 17 años, lo hizo con gol y su país, Chile, empezó a ver en su atrevimiento y perspicacia al icono que revolucionaría a la Roja y que colocaría de nuevo a los chilenos en los altares del fútbol mundial (algo que se ha cumplido a media).

Una crisis económica del otrora dominador Colo Colo estuvo a punto de enviarle al Cádiz, primer equipo en preguntar por él en España. Los albos aguantaron las ofertas y le dieron galones en un equipo que movía a su gusto y que encontró perfectas asociaciones en Valdivia o Suazo (el hoy maño). Aquello le hizo crecer, tomar fe en su calidad y romper todas las previsiones con goles maradonianos, golpeos increíbles a balón parado y llegadas desde segunda línea con la fiereza de quien se sabe superior. Colo Colo arrasó, Europa le abrió la puerta y los siempre ávidos ojeadores del Villarreal se adelantaron al resto, siendo presentado tres días antes de que se le nombrara futbolista del año en Sudamerica. Una prueba del crack que el Submarino acababa de llevarse al Madrigal por 9 millones de euros.

Sin embargo, esa diferencia de estilos y ritmos de juego de la que hablábamos, le frenó en seco casi desde su aterrizaje. Matías nunca encontró su nivel, su tranquilidad y su confianza, perdiendo batallas ante Pellegrini (compatriota y personaje ideal para la primera aventura europea), ante los medios (que pronto criticaron su frialdad) y ante una afición que, incrédula, no podría entender el decaimiento de El Pelusa chileno. Buscando su segunda oportunidad y rebajando sus aspiraciones iniciales, recaló este verano en Lisboa, donde aún no ha logrado responder al caché engendrado en Sudamérica y donde no es fijo en los planes de Carlos Calvahal.

Deja gotas de caviar cada cierto tiempo y destellos que plasman la lucidez creativa de todo un ‘mago’ del balón. Desgraciadamente, hace tiempo que dejaron de resplandecer entre la oscuridad de un proyecto de crack que, aún a tiempo de mostrarnos el camino correcto, anda perdido en un mar de sensaciones contradictorias. Lisboa espera paciente, el resto, con dudas, quiere seguir pensando que Mati emergerá…

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