Histórico
22 febrero 2010Francisco Ortí

Tipos Duros: Gazza, el genio autodestructivo

gascoigne Las brillantes aguas del río Tyne riegan en el norte de Inglaterra el condado de Tyne y Wear, del que forman parte las ciudades South Tyneside, North Tyneside, Gateshead, Sunderland y Newcastle. La fría y gris Newcastle fue el escenario que el destino escogio para ver crecer a un genio bautizado cómo Paul Gascoigne. Ella, lluviosa, añil y sobria. Él, alegre, sonriente e indecoroso. Newcastle y ‘Gazza’ son antónimos, y, sin embargo, conectaron desde un primer momento.

Tras perder su trabajo, John Gascoigne depositó sus esperanzas de una vida mejor en la redonda figura de su hijo, al que llamaba ‘Gazza‘. Y cómo los estudios no parecían el mejor camino hacia la riqueza, John apostó por que su hijo probara suerte en el mundo del fútbol. A los 13 años le acompañó a probar suerte en las pruebas de selección en todos los clubes de la región, y fue su querido Newcastle quien le abrió las puertas de su escuela. Tres años después, las Urracas le firmaron su primer contrato con el primer equipo. En un anticipo de lo que sería su vida, Gazza celebró la noticia junto a su padre en un pub acompañados de abundante cerveza y whisky.

Al igual que en su versión adulta, el Gascoigne adolescente no respondía al perfíl que se espera de un futbolista.  Con una incipiente barriga, escasa agilidad y apariencia fatigada, Gazza se presentó en su primer entrenamiento con el primer equipo del Newcastle. “Creí que era una broma. Era un chico gordo, pesado y agarrotado, pero cuando tuvo el balón en los pies, supe por qué le habían fichado“, afirma el ex jugador Chris Waddle.

Red Legs‘, como fue rebautizado en un principio por Kevin Keegan, no tardó en ganarse el respeto de St James Park. Durante sus tres años con los Magpies se convirtió en la gran esperanza del fútbol inglés y se mudó a Londres. En 1988 el Tottenham pagó tres millones de euros (una cifra muy alta para la época) por éste chico de 21 años que tenía una prometedora carrera por delante. Con la camiseta de los Spurs cumplió las expectativas y se convirtió en un fijo de la selección inglesa. Pasó de promesa a realidad, y después se convirtió para el país cuando se marchó inundado entre incontrolables lágrimas tras ser expulsado en la semifinal del Mundial 1990 ante Alemania.

Necesitaba rubricar su carrera con un título y su ascensión parecía imparable. En la semifinal de la FA Cup ante el Arsenal anotó un gol memorable que condujo al Tottenham a la final del torneo. Era el momento más importante de su carrera, y, sin embargo, se convirtió en el inicio del declive. En la final ante el Nottingham Forest sufrió una rotura de los ligamentos de la rodilla y se vio obligado a mantenerse alejado de los terrenos de juego. Este fue el principio del fin de Gazza. Sin un balón cerca, el niño mimado se escondió tras unas adicciones de las que todavía hoy es preso.

Su multimillonario traspaso a la Lazio no hizo más que acentuar sus problemas y aunque después en el Glasgow Rangers dio muestra de mejorar la nave de Gazza viajaba a la deriba. Middlesbrough, Everton y Burnley fueron las estaciones que visitó antes de la retirada, con escalas rápidas en ligas menores como la estadounidense y la china, donde no fue bien acogido. Finalmente, aceptó que no estaba en condiciones de continuar sobre un terreno de juego y decidió retirarse. Probó suerte como entrenador, pero su amor por el fútbol se vio eclipsado por su otra gran pasión: los excesos. Alcohol, sexo y drogas se convirtieron en el pan habitual en la vida habitual que dilapidó toda su fortuna hasta convertirse en lo que es hoy en día: un sin techo.

El niño mimado de Inglaterra es ahora un despojo al que ni su propia familia apoya. “Probablemente va a morir pronto. No creo que sirva de nada ayudarle. Es una pérdida de tiempo. Si pudiera pedir un deseo, desearía que nos dejara“, declaró su hijo Regan con tan solo doce años. Cómo le sucedió a otros genios, Gascoigne parece decidido a autodestruirse y morir joven. Kafka se suicidió a los 34 años. Rimbaud aguantó hasta los 37. Shelley no cumplió los 30. Gascoigne va camino de unirse al desgraciado club de poetas malditos. Ojalá pueda evitarlo.

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