Histórico
2 febrero 2010Jesús Camacho

Domingada y el arte de defender

domingada

Despreciaba la velocidad, jugaba a cámara lenta, maestro del suspense, gozador de la lentitud. Se llamó DOMINGADA al arte de salir del área a toda calma, como él hacía, desprendiéndose de la pelota sin correr y sin querer, porque le daba pena quedarse sin ella. Por esta peculiar forma de jugar se le llegó a conocer también como el Hitchcock del fútbol, por el suspense que creaban sus recortes en su propia área. Su nombre Antonio Domingos da Guia.

Considerado como el mejor defensa brasileño de la historia y el primero en tomar riesgos e innovar en su posición. Su forma de jugar supuso una revolución en el fútbol ya que a Domingos no le quemaba el balón, le gustaba llevarlo pegado al pie y jamás daba un balonazo para sacárselo de encima (conducta habitual hasta entonces en los defensas de la época), era todo un espectáculo y por si todo ello no fuera ya suficiente Domingos era un defensa sólido y consistente.

Nacido en 1912 en Río en el seno de una familia que llevaba el fútbol en la sangre, -tuvo tres hermanos que también siguieron la misma carrera en clubes de Río de Janeiro, sin lograr sobresalir- inició su carrera deportiva en el Bangu, club en el que debutó en Primera un 28 de abril de 1929 con apenas 17 años, en un encuentro ante Flamengo en el que Bangu venció 3-1. Tras esta primera etapa en el fútbol de su país se marchó a Uruguay, a las filas de Nacional de Montevideo, donde  pronto pudieron comprobar la grandeza de un futbolista que con apenas 20 años de edad se ganaba la admiración de todos, saliendo campeón con Nacional y heciéndose acreedor al apodo de “El Divino Maestro”.

En 1934 regresa a Brasil para jugar en Vasco de Gama con el que se proclama campeón carioca, y una temporada más tarde vuelve a convertirse en el mejor embajador del fútbol carioca al marcharse a Buenos Aires para portar con gran éxito y maestría la casaca azul y oro de Boca Juniors. En Boca deja una imborrable huella y se proclama campeón en 1935.

Domingos vuelve a dejar huella por su breve paso por Argentina pero acaba regresando a Brasil y en esta ocasión para aumentar su leyenda en las filas Flamengo, donde el bueno de Domingos vive los mejores momentos de su carrera jugando al lado de cracks como Leónidas Da Silva y conquistando tres campeonatos cariocas, en 1939, 42 y 43. Una última etapa de ocho temporadas en el Fla en las que se convierte en uno de los ídolos indiscutibles del conjunto carioca. Tras su triunfal paso por Flamengo, jugó cuatro años más en el Corinthians y acabó su carrera deportiva al filo de los 36 años en el Bangu, club en el que comenzó y se dio a conocer.

Con 19 años ya era el zaguero titular de la selección brasileña y en 1938 disputó el Mundial de Francia.  En dicho Mundial, Brasil cayó en la semifinal ante Italia, Pimenta el seleccionador brasileño decidió reservar hasta tres de las figuras brasileñas y acabó pagándolo caro. Cuando perdían 1-0, Domingos hizo un penalti a Piola considerado infantil, al ser provocado por el delantero adversario. Italia amplió el marcador por 2-0 y Brasil todavía trató de reaccionar con un gol de Romeu Pelliciari, pero ya era tarde. Una acción que algunos consideraron como un error infantil pero que no pudo empañar su impresionante trayectoria.

Domingos fue campeón en cuatro ciudades, Rio de Janeiro, San Pablo, Montevideo y Buenos Aires, por las cuatro adorado. Todas ellas testigo de un estilo propio de defender con el balón en los pies, de defender con suavidad, pausadamente, sin precisar de demasiada rapidez, tan solo recurriendo a la agilidad mental y a unos fundamentos tácticos realmente únicos. Esa forma de estar siempre en el lugar correcto en el que nacía el peligro para su equipo y en el que Da Guia lo desbarataba con un cruce preciso. El arte de defender con elegancia, buen manejo de la pelota y plasticidad de movimientos. Por ello cuando él jugaba siempre se llenaban las tribunas, para ver de cerca de aquel defensor que había comenzado a cambiar los conceptos defensivos tradicionales con su nuevo estilo.

Todo una leyenda que dejó otro legado al fútbol, su hijo, Ademir da Guia, un maravilloso futbolista que brilló entre los sesenta y setenta con la camiseta verde de Palmeiras.

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