Histórico
14 febrero 2010Jesús Camacho

Balones de Oro: Roberto Baggio, “Il Divino Codino”

roberto-baggioPier Paolo Pasolini fue un artista italiano al que siempre acompañó la polémica, un genio que destacó en el campo literario y en el cinematográfico. Sus aportaciones al mundo del arte, la cultura y el pensamiento fueron muy valiosas. Así, el genial artista italiano nos regaló una no menos genial mirada vital sobre el deporte del balón. Pasollini nos mostró una visión del fútbol con un lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol con un lenguaje fundamentalmente poético.

Para desarrollar su idea la ejemplificó y personalizó en legendarios futbolistas italianos de su época: “Bulgarelli juega un fútbol en prosa: él es un “prosista realista”. Riva juega un fútbol en poesía: él es un poeta “realista”. Corso juega un fútbol en poesía, pero no es un “poeta realista”: es un poeta un poco maudit, extravagante. Rivera juega un fútbol en prosa: pero la suya es una prosa poética, de “elzevir”. También Mazzola es un elzeviriano, que podría escribir en el “Corriere della Sera”: pero es más poeta que Rivera: de vez en cuando él interrumpe la prosa, e inventa en seguida dos versos fulgurantes”. Certera y magnífica expresión literaria del estilo, el rol, y la personalidad del futbolista, su desempeño en el terreno de juego, aquel medio que utiliza como expresión y en el que ‘escribe’ de una forma u otra. Allá donde comenzó a escribir en verso y declamar un sensacional trequartista, mezzala o mezzapunta italiano de los noventa, un poeta del fútbol conocido como el “Divino Codino” y llamado Roberto Baggio.

Y su historia arranca en Caldogno, un modesto pueblo cercano a Vicenza en el que comenzó a despuntar un desgarbado y delgado chaval que captó la atención de un enfermero de la citada localidad. Roby tenía solo 13 años y aquel pertinaz enfermero estaba tan convencido de que ese joven era un talento en potencia, que no descansó hasta que convenció al médico del Vicenza para que fuera a verlo. Ese suceso marcó el inicio de su carrera, pues, Baggio firmó por el Vicenza de la serie C por unos 300 euros y comenzó a sentar las bases de su fútbol a orillas del río Bacchiglione.

Un primer periodo en el que su carrera vivió un serio contratiempo que estuvo a punto de enviarle al limbo del olvido a causa de una grave lesión de rodilla, de la que afortunadamente se recuperó gracias a las prestigiosas y mágicas manos del doctor Bousquet. Para triunfar además de talento y fortuna es condición indispensable poseer la capacidad de sacrificio y fuerza suficiente como para afrontar las adversidades y saber levantarse. Roby lo hizo y pronto le llegó la recompensa, puesto que aquel chaval que se había declarado desde pequeño tifossi de la Fiore, vio cumplido su sueño cuando en el año 85 firmó por el conjunto viola.

En la Fiorentina vivió una etapa inolvidable, se convirtió en ídolo indiscutible de los tifosi de la escuadra viola. Durante cinco temporadas brilló y desplegó su poética forma de entender el fútbol aquel fino y elegante trequartista de constitución física débil, talento inagotable e inconfundible aspecto. Su cola de caballo que le caracterizaba, y la intangible magia de su juego le valió para ganarse el merecido sobrenombre de “Il Divino Codino”. Todo un recital de pases imposibles, golpes francos y goles geniales en 139 partidos con la Fiore, una brillante etapa que estuvo a punto de tener el mejor colofón en la final de la Copa UEFA de la temporada 89/90, en la que la ‘Vecchia Signora’ se cruzó en su camino para arrebatarle el título y tenderle un puente de plata hacia el conjunto de Turín.

Los doce millones de euros desembolsados por la familia Agnelli, eran el tributo de mercado pagado por hacerse con los servicios de un estilista del fútbol que había deslumbrado en Florencia, y había despuntado en el Mundial disputado en el 90 en su país. Doce millones le convirtieron en el fichaje más caro de la historia de la entidad bianconera. El fútbol de aquel estilista de Caldogno encontraba de esta forma el mejor escaparate internacional, pero también afrontaba el mayor reto de su carrera: llegar a un equipo con una presión mucho mayor y en el que tenía que partir casi de cero. A Baggio le costó arrancar, pues aún mantenía un vínculo muy fuerte con Firenze al que no estaba dispuesto a renunciar Su innegociable amor por la Fiore, le acarreó más de un problema con la afición juventina, que llegó a sacar pancartas en Delle Alpi con una clara misiva: “Torna a Firenze”.

Afortunadamente tras estos primeros desencuentros, el fútbol poético de Baggio fue haciéndose paso entre la narrativa y la prosa de sus compañeros de equipo. La grandeza de Roby fue ganando peso en el equipo, su fútbol contrastaba y brillaba sobremanera, era como la ‘Isla de la Abundancia’ para el náufrago, un mago en medio del catenaccio. Y pronto aquellos recelosos aficionados se tuvieron que rendir a su magia, a ese despliegue de talento e inteligencia que permitió a la Juve hacerse con un Scudetto, una Copa de Italia y una Copa UEFA. Esta última una competición conquistada en 1993 gracias especialmente a la aportación de Baggio, que fue decisivo con dos goles en la ida del doble partido final ante el Borussia Dortmund de Ottmar Hitzfield. Grandísimo equipo aquel que dirigióTrapattoni, con una línea ofensiva de lujo compuesta por Gianluca Vialli, Andreas Möller y Roberto Baggio.

Magnífica temporada 92/93 la completada por “Il Divino Codino”, que tras los premios colectivos, comenzó a recibir reconocimientos individuales, el primero el Balón de oro, el que le convirtió en dignísimo sucesor de Rivera y Rossi, y el segundo, el FIFA World Player al mejor futbolista del mundo. Su sólido reinado con la camiseta de la Juve se mantuvo por espacio de cinco temporadas, hasta que Alessandro Del Piero, su delfín y sucesor en su radio de acción, comenzó a tomar protagonismo a la vez que Roby sentía que esta etapa había llegado a su fin. De esta forma en 1995 firmó por el Milan, club en el que pese a conseguir un Scudetto, no llegó a rendir a su nivel durante los dos años que permaneció como rossonero. Pero los grandes magos siempre tienen en su chistera algún conejillo más para sacar, algo que hizo en su particular redención Bolognesa. Baggio, cual ‘Ave Fénix’, firmó una gran campaña que le abrió las puertas a su tercer mundial en Francia 98 y le permitió firmar con otro de los grandes del calcio, el Inter de Milan, donde jugó dos temporadas y su fútbol tampoco cuajó.

Por aquel entonces muchos le daban ya por acabado, pero la aparición en escena del Brescia trajo nuevamente un rayo de luz a su carrera. En Brescia se sintió querido e importante, por lo que su talento y su fútbol volvieron a brillar pese a que el físico ya, a menudo le fallaba. Pese a ello dejó nuevamente para el recuerdo instantes, goles y jugadas de lujo en un equipo en el que encontró un entrenador como Carlo Mazzone, que hablaba su mismo idioma y un socio como Pep Guardiola. En 2004 y a los 37 años, puso punto y final a su carrera en Brescia, donde se le quería tanto que fue retirada la zamarra nº10 en su honor.

Muchos años antes se abrazó al budismo, cuentan que gracias a él superó el duro calvario que sufrió con su maltrecha rodilla derecha, pero posiblemente lo hiciera de forma inconsciente, con la intención de erradicar de forma definitiva el sufrimiento, insatisfacción vital, o descontento que se manifestó de manera inevitable en un momento de su vida. Ese momento, ese último instante vivido diez años antes, en el Mundial de 1994, en el estadio norteamericano de Rose Bowl. En el que vivió la otra cara del deporte, la del error humano, el fallo de un fuera de serie que había completado un grandioso mundial pero que en el último y fatídico instante, falló desde los once metros ante Taffarel.

El penalti que estigmatizó la carrera de uno de los grandes: “Aquel penalti lo he tirado de todas las formas, en sueños, en el pasillo de casa y siempre lo he marcado, fue el momento más duro de mi carrera y, si pudiera borrar un momento, seria ese”. Afortunadamente todos nosotros nos quedamos con tu fútbol…

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