Histórico
9 enero 2010Jesús Camacho

Matthäus, de gregario a Balón de oro (1990)

matthausEl paso de los años va borrando paulatinamente de nuestro físico las cualidades y excelencias físicas que nos adornaron en la juventud, el vigor se va convirtiendo en dolor, la curva de la felicidad crece de forma acuciante en nuestro abdomen y la belleza va dejando paso a las arrugas que no son otra cosa que los surcos de la vida y nuestras experiencias. De esta forma cuando los años caen sobre las recias espaldas de los deportistas retirados es complicado encontrar pistas sobre su pasado. Es así con la mayoría de ellos excepción hecha de los boxeadores, a los que su nariz quebrada y las cicatrices que surcan su rostro les deja un rastro físico delatador.

Rastros evidentes que acompañan a un rasgo quizás más sutil pero mucho más poderoso y perdurable, esa mirada desafiante y quizás perdida que acaba por transportarte a ese instante previo al combate en el que ambos contendientes se desafían cara a cara. Una mirada que permanece inalterable en el tiempo y que fue arma intimidatoria de un sensacional futbolista de la ciudad franca de Herzogenaurach llamado Lothar Herbert Mattthaus.

Un alemán más bien bajito, moreno y de ojos oscuros, con unas características fisonómicas bastante alejadas a las del ciudadano medio de su país pero dotado en su material genético de esas condiciones físicas y esa fuerza de superación que les define. Y en su caso poseedor de esa mirada de boxeador con la que hizo temblar a la gran mayoría de los rivales a los que se enfrentó.

Nacido para ser gregario pero destinado a ser crack, para crecer con la camiseta del Borussia Mönchengladbach, club que le vio nacer como futbolista profesional en 1979 y que fabricó a un medio incansable en el trabajo, el gregario perfecto, capaz de hacerse dueño de su zona, darle circulación al balón e incorporarse al juego ofensivo para soltar uno de sus temidos zapatazos. Una conducción notable y un disparo temible con ambas piernas aunque más certero con la diestra. Inteligente tácticamente, con mucha clase, capacidad de liderazgo y un poderoso e incansable motor en el tren inferior. Unas cualidades que unidas a su carácter ganador tornearon al crack.

Loddar-como se pronuncia su nombre- un chico que sorprendió en el Borussia MG y que en las filas del Bayern Munich, maduró de forma exponencial al ritmo que acumulaba Bundesligas. Un nº8 que subió un escalón más cuando Trapattoni le dio el nº10 en su aventura italiana con la camiseta del Inter de Milan. Allí encontró su consagración definitiva como crack, justo premio a su tenacidad, su carácter y su talento. Uno de los tres obreros alemanes que conformaron la conexión germana que le dio al Inter un histórico Scudetto en 1989, una Supercopa de Italia y una Copa de la UEFA en 1991.

Recordar al poderoso medio del norte de Baviera es hacer un repaso histórico de la Nationalmannschaft de dos décadas de duración. En la Eurocopa de Italia de 1980 vivió su primer gran competición con la selección, por aquel entonces era un joven inexperto de gran futuro que saboreaba las mieles del triunfo e iniciaba una carrera que le encumbraría como uno de los grandes de la historia del fútbol de su país.

Una figura legendaria, grande y eterna que estuvo presente en cinco mundiales, -1982, 1986, 1990, 1994 y 1998- que el 23 de febrero del año 2000 en un enfrentamiento ante Holanda (1-2) se convirtió en el récordman mundial con 146 apariciones –llegó a las 150- con la Nationalmannschaft. Un jugador que llegó también a la cifra de 25 partidos jugados en la fase final de una Copa del Mundo, competición en la que vivió tres finales, perdiendo en España ’82 y México ’86 –en la que fue el perro guardián de Maradona- y saliendo vencedor en Italia ’90. Este último un mundial en el que se convirtió en el icono y patrón de juego y eficacia de la selección dirigida por Franz Beckenbauer. Sin duda los instantes más intensos que vivió como jugador, aquellos segundos en los que Loddar alzó la Copa Jules Rimet al cielo romano como capitán de la Nationalmannschaft.

Su encumbramiento a nivel internacional, tras el que le llovieron los reconocimientos individuales: Balón de oro de 1990, jugador alemán del año, primer ganador del FIFA World Player en 1991 y el último empujón a una carrera brillante e inagotable que continuó en las filas del Bayern. Una segunda etapa en la que pudieron ver a un Matthaus en una posición más retrasada, viendo el fútbol desde la experiencia, la calidad y el posicionamiento táctico. Con un nuevo rol de defensa libre con el que sumó tres Bundesligas más -1994, 1996 y 1999- una Copa de la UEFA en 1996 y una Copa de la Federación alemana DFB a su palmarés.

Un palmarés impresionante pero con una clara cuenta pendiente que le convierte en uno de aquellos reyes sin corona que no poseen en su sala de trofeos de la Copa de Europa de clubes, la Champions. Y en su caso habiendo vivido situaciones especialmente dolorosas en la citada competición, pues si en 1986 fue testigo de cómo el Oporto de Futre y Madjer le remontaba la final en cuatro minutos, en 1999 y en una final histórica disputada ante el Manchester United en el Nou Camp, se le escapaba la gloria en dos minutos de locura en el suspiro final.

En cualquier caso la única cuenta pendiente de ese futbolista al que un 8 de abril de 1987 vimos protagonizar un choque de trenes con el genial Juan Gómez –que lo pisó y como muestra de arrepentimiento le envió un capote y un estoque de torero-, el mismo que paseó su talento, aquella mirada desafiante y ese carácter ganador durante los 20 años de su carrera profesional, hasta que en el año 2000 colgó las botas en las filas del Metrostars.

Contacta con El Enganche




Nuestras redes sociales

 

Contacta con nosotros

Puedes ponerte en contacto con El Enganche a través de este formulario.

Envíanos tus consejos, dudas, quejas o sugerencias para ayudarnos a mejorar. Rellena el formulario y haznos llegar tu mensaje. #yosoyenganche