Histórico
28 enero 2010Ariel Judas

Argentina o el fútbol endeudado

pasarella

La palabra deuda es una de las más usadas por el argentino medio. Todo comenzó unas tres décadas atrás, cuando desde los medios de comunicación se nos comenzó a hablar de la deuda externa. Un cúmulo de compromisos que quienes gobernaron el país desde mediados del Siglo XX en adelante fueron contrayendo, y que -en líneas generales- en lugar de servir para apuntalar el crecimiento no hicieron más que asfixiar económicamente a una nación que alguna vez soñó con ser potencia.

La deuda externa generó un indeseable compañero de viaje, la deuda interna (excelentemente bien reflejada en una película de Miguel Pereira). El dinero que se necesita adentro para cubrir necesidades apremiantes (desde infraestructuras básicas, como la construcción de carreteras y aeropuertos, hasta necesidades de calado más profundo, como son la alimentación y la sanidad de la niñez postergada) se va hacia afuera para pagar la deuda. Pero si a esta situación le sumas un alto grado de corrupción en la administración nacional y local, el término deuda duele más aún. Al fútbol -un juego, una gran mentira en el fondo- también le gusta beber de los pozos de la deuda en Argentina. En mi país -el Reino del Revés, como alguna vez lo definiera María Elena Walsh- los grandes son quienes más dinero deben, y los chicos quienes más ahorros tienen en sus cuentas bancarias.

La deuda -omnipresente en la órbita privada y a nivel social- no deja tranquilo al argentino de a pie ni cuando va a la cancha. Los primeros días del año han traído la amarga noticia de un infausto ranking al verano austral. Cuando el cuerpo pedía tregua por el habitual atracón de fin de año, y la cabeza comenzaba a recobrar la paz tras la maratón de reuniones familiares, el hincha un buen día se desayunó con la noticia que indica que la mayoría de los clubes de la primera división adeudan un total de dinero cercano a los 180 millones de euros.

Lo que más puede sorprender -o no- es el hecho de que los equipos grandes del fútbol argentino son los dueños delos pasivos más grandes. Boca Juniors (que desde la salida de Mauricio Macri de la presidencia del club ha entrado en una progresiva descomposición institucional) es el que lidera esta estadística, con 35,5 millones de dólares (unos 24,5 millones de euros).  La segunda posición es para Independiente, con 34,9 millones de dólares (24 millones de euros). La medalla de bronce en negativo queda en manos de River Plate (33,4 millones de dólares / 23 millones de euros). Newell’s está en el cuarto escalón, con 22,6 millones de dólares (15,6 millones de euros). Y San Lorenzo tiene la quinta deuda más grande del fútbol de Argentina, con 18,6 millones de dólares (12,8 millones de euros). Racing -otro de los considerados como grande- es el séptimo clasificado, con un pasivo de 18,5 millones de dólares (12,7 millones de euros).

Pero -en favor de la Academia- hay que decir que el club está dentro de los únicos cinco equipos de la primera división argentina que han finalizado el 2009 con ganacias, junto con Colón, Chacarita, Godoy Cruz y Lanús. Este último club, ganador del Torneo Apertura 2007, es de hecho el ganador del campeonato económico en su país. Durante el 2009 el Granate ganó 3,4 millones de dólares (2,3 millones de euros), y su presidente -Alejandro Marón- asegura que el club tiene ahorrados 15 millones de dólares (algo más de 10 millones de euros) en los bancos. Ahora, con la transferencia de Eduardo Salvio al Atlético de Madrid, hay que agregar otra decena de millones a las arcas del equipo del suburbio sur de Buenos Aires.

El 2010 se propone como un año complicado para Boca y River en el terreno de las finanzas. El flamante presidente del equipo millonario asegura que las arcas del club están “en coma cuatro”. Más que ningún otro grande argentino el club del barrio porteño de Núñez necesita reforzar una plantilla que no da más de sí. Y le cuesta una enormidad cerrar incorporaciones de renombre, más allá de las de Juan Manuel Díaz y Rodrigo Rojas. Que un talento con proyección del fútbol colombiano como Jackson Martínez haya preferido fichar por el Jaguares de Chiapas (que, con todo el respeto por los de la Selva, no son el América, el Cruz Azul, el Pumas o uno de los equipos de Monterrey) y haya desestimado la hasta no hace demasiado irrechazable oportunidad de jugar en River Plate habla a las claras de cómo está el club de la banda roja, y de cómo es percibido en el resto del continente.

No han clasificado para la Copa Libertadores que comenzará en apenas unos días. Puede que tampoco lo hagan para la Copa Sudamericana (hasta el año pasado ambos equipos argentinos jugaban la Segunda Mitad de la Gloria por invitación). Un 2010 sin participación en los torneos continentales no hará más que agravar el grave panorama económico de xeneizes y riverplatenses.

El panorama de River es grave, queda claro. El de Boca es diferente -tiene una plantilla bastante más completa y armada que la de su eterno rival- pero no por ello es menos preocupante. Alfio Basile, cuya imagen de gran conductor de grupos ha quedado muy dañada a lo largo del Apertura 2009, cuenta con un grupo de jugadores que -si bien mantiene un nivel de calidad interesante- debería haber comenzado su plan renove tiempo atrás. En otras palabras, los xeneizes tienen un equipo maduro (tal vez demasiado) y caro.

Los sueldos de nombres como los de Martín Palermo (que acaba de renovar), Juan Román Riquelme (que debería renovar en Junio, pero… ¿De veras el Corinthians ha lanzado la toalla y se ha olvidado de el Torero como refuerzo para esta temporada del centenario?), Roberto Abbondanzieri (quien está molesto porque el club le está buscando un reemplazante, pese a que acaba de anunciar que a fin de año colgará los guantes), o Hugo Ibarra (toda una garantía en su posición hasta hace poco más de un año, pero demasiado poco fiable recientemente) no hacen más que lastrar le economía del club al que -lógicamente- le cuesta mucho encontrar sustitutos para este tipo de jugadores, que han sido gestores de los momentos más felices de la última década de los seguidores de la camiseta azul y oro. También pesan los honorarios del manager del club, Carlos Bianchi -que percibe más dinero que algunas de las figuras del primer equipo-, que no ha destacado por el éxito en el terreno de las contrataciones recientemente, y que podría regresar próximamente a trabajar como entrenador.

Como ha ocurrido y aún ocurre a nivel macro en Argentina, los clubes grandes no ven una salida a su actual endeudamiento que no pase por contraer aún más deudas. Soy consciente que a veces eso funciona con algunos esquemas empresariales, pero estos clubes ya han experimentado -y fallado muchas veces- con esta fórmula, que no ha hecho más que hacerlos retroceder. Iniciativas como la del fútbol para todos -por la que el actual gobierno nacional subsidia los excesos del balompié profesional al pagar valores muy superiores a los del mercado por los derechos televisivos- no hacen más que dar luz verde a principios de delirio (o delirios en versión completa) como los de repatriar a futbolistas que están en mercados como el mexicano o el europeo, donde ganan mucho más de lo que razonablemente se les puede pagar en su país natal.

Lanús, Colón, Banfield, y en menor medida Estudiantes de La Plata o Vélez, basan su gestión económico-deportiva (bastante exitosa, en vista de la clasificación y las conquistas recientes de estos clubes) en el sencillo principio de no gastar más de lo que ingresa. Y no ninguna de las partes de este quinteto no tenga deudas, o no las haya tenido en algún momento de su historia. Pero los reclamos de la AFA, el fisco y los futbolistas o simples empleados de estos clubes parecen ser más efectivos con este tipo de clubes -los chicos- que cuando deben plantearlos ante un grande. Un Colón de Santa Fe no puede darse el lujo de endeudarse y no sanear rápidamente esa situación; Racing, en cambio, se ha pasado tres décadas viviendo dentro de la ilegalidad fiscal, y lo encontramos en 2010 haciendo la que -de momento- es la operación más cara del verano austral. ¿Grandes, o impunes? ¿Chicos, o instrumentales a un sistema que debe cambiar radicalmente para no desaparecer?

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