Histórico
12 diciembre 2009Francisco Ortí

Ruleta rusa en Mestalla

pipita

El golpe de autoridad fue del Real Madrid. Mucho se habló durante la semana del Valencia como alternativa al título, de la capacidad de dar un salto ganando al Madrid, pero todo quedó en palabras. En un encuentro de locos, el Real Madrid se apoderó de los tres puntos (2-3) y aprieta al Barcelona en la enconada pelea que mantienen por el liderato.

El Valencia recibía la visita del Real Madrid como la ocasión ideal para demostrar que la lucha por un puesto de Champions League le sabe a poco y que también aspira al título liguero. Una victoria supondría un asalto al poder ostentado por Barcelona y Real Madrid, y por ello desde el arranque del encuentro se vio al conjunto ché enardecido.

Fruto de los altos niveles de adrenalina con los que el Valencia saltó al terreno de juego, los primeros minutos fueron de su propiedad Con un juego vertical y deconstruido, los ché buscaron con ahinco las espaldas de los espaldas de los defensores blancos, confiando en sacar provecho de la velocidad de sus hombres de vanguardia como Villa, Mata o Pablo Hernández. Banega, disfrazado de Silva, desplegó un fútbol imaginativo, aunque le faltó resolución en los metros clave.

Fueron momentos de sufrimiento para el Real Madrid. Lass Diarra asumió el protagonismo en defensa. Mientras Van de Vaart estaba desaparecido, el centrocampista francés se multiplicó para mostrarse siempre en el plano. Si el peligro estaba en el centro del campo allí estaba él para abortarlo. Si, por el contrario, los ché, buscaban en largo a uno de sus delanteros, Lass aparecía para cubrir las espaldas de Albiol y Pepe. Mata fue quien más sufrió la capacidad de esfuerzo del francés. En la mejor ocasión del Valencia, el atacante burgalés encaraba con comodidad a Iker Casillas, pero Lass apareció en el momento oportuno para robarle la cartera.

El Valencia no pudo mantener la intensidad inicial durante más de veinte minutos. El Real Madrid supo aprovechar la mínima relajación local para apoderarse de la iniciativa y, sobre todo, de las ocasiones. Los blancos disfrutaron de claras ocasiones para marcharse con ventaja al descanso, especialmente un par que brotaron los pies de Gonzalo Higuaín, pero la suerte se alió con César y el marcador no se movió.

Pero la suerte no es eterna. Tarde o temprano se tiene que acabar. A César, en concreto, se le acabó a los 54 minutos. Su defensa se cegó achicando a un escorado Benzema y dejó el camino libre para que el francés le pusiera el gol en bandeja a Higuaín, quien, esta vez, no perdonó. La asistencia tiene un sabor especial para Benzema, quien durante toda la semana ha tenido que escuchar como se le comparaba con David Villa y siempre salía perdiendo.

Fue una pequeña reivindicación del internacional galo, pero Villa todavía no había dicho su última palabra y cuando el asturiano está sobre el terreno de juego uno no puede dar nada por sentado. Seis minutos después del gol de Higuaín, Villa ya había devuelto la igualdad al marcador. El asturiano voló para bajar del cielo un centro muy bombeado y lo cabeceó al fondo de la portería, ante la desesperada mirada de Iker Casillas.

El gol del empate espoleó el ánimo valencianista. Sin masticar las jugadas a causa de su impaciencia, pero imprimiendo caracter en cada acción, los ché aumentaron el ritmo del partido. El nivel e intensidad del encuentro se mutiplicó, y el Valencia se vio contagiado por el caracter de sus dos mediocentros, David Albelda y Carlos Marchena. Tal vez fue una decisión errónea y el Valencia debería de haber apostado por un fútbol más pausado.

En cualquier caso, ese fue el plan del Valencia, y el Real Madrid lo aprovechó para pillarle descoloado en la retaguardia. La intensidad valencianista trajo consigo imprecisión en los pases. Uno de ellos fue a parar a los pies de Marcelo, quien, rápidamente, trazó un pase vertical para que Higuaín encarara a César y le batiera para firmar el 1-2.

Con el nuevo cambio en el marcador se esperaba un nuevo arranque de ansiedad valencianista. Este se produjo, pero conservando los errores anteriores. Los ché abusaron del balón largo y olvidaron la creación, apagando la figura de un descolocado Éver Banega, al que Emery optó por retroceder para que apareciera más.

Aposentado en el mediocentro, el centrocampista argentino intentó dotar de sentido la posesión del Valencia, pero sus compañeros no estaban por la labor. Los jugadores valencianistas optaron a las claras por la heroica. Se volcaron contra el marco rival guiados por los latidos del corazón y no por el tempo que trataba de marcar el metronomo de Banega.

Tampoco les hizo falta. En una de las constantes y desdibujadas llegadas al área del Valencia Joaquín devolvió la igualdad al marcador. El andaluz apareció por el flanco derecho libre de marca y soltó un potente pero centrado disparo que Iker Casillas se tragó. Gesto impropio del portero blanco, quien no tuvo su mejor noche en Mestalla.

El partido entró en la llamada Zona Cesarini, bautizada así por el hombre que da nombre a la escuela futbolística de Rosario. Cesarini acostumbraba a decidir los encuentros en los últimos minutos, y, al aparecer, los rosarinos llevan ese arte en la sangre. En Mestalla, Ezequiel Garay fue quien decidió el encuentro con su cabezazo a los 83 minutos. El defensa argentino se adelantó a toda la defensa ché para firmar el gol que significaba los tres puntos para el Real Madrid.

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