Histórico
17 diciembre 2009Ariel Judas

River recupera a su ‘Gran Capitán': Passarella

passarella

Pese a ser uno de las personalidades más trascendentes de su historia, el fútbol argentino ha sido bastante injusto con él. Excluyendo a Mario Kempes y Diego Maradona, no existe ningún jugador que haya aportado tanto a la selección argentina como Daniel Alberto Passarella, el hombre que alzó la primera Copa del Mundo para la Albiceleste. Sin embargo, la medular figura del Gran Capitán suele estar ausente cuando el hincha medio realiza un once ideal histórico del equipo nacional.

Algo parecido sucede con el seguidor de River Plate. Ariel Ortega, Norberto Alonso, Enzo Francescoli, Marcelo Gallardo o Ramón Díaz no han ganado -en términos generales- más cosas que las que Passarella ha obtenido defendiendo la camiseta del club millonario. El histórico dorsal 6 del equipo del porteño barrio de Núñez no ha sido menos tampoco en eso de saber ser símbolo y jefe de las alineaciones en las que le ha tocado estar. Él es y ha sido -como jugador y entrenador- una de las caras más representativas del equipo de la Banda Roja.

El Kaiser es un activo mucho más potente para el universo riverplatense que lo que representan figuras como las de Pablo Aimar, Hernán Crespo, Marcelo Salas, Javier Saviola, Andrés D’Alessandro o Juan Pablo Ángel. Y es dueño de una personalidad de un calado mucho más profundo que el de Eduardo Coudet, Hernán Díaz, Juan Gilberto Funes, Ángel David Comizzo o Javier Mascherano. Por motivos que muchas veces resultan difíciles de justificar Daniel Passarella está por detrás de todos estos nombres en el ranking emotivo de uno de los dos equipos más populares de Argentina.

Pese a este panorama a priori desalentador, el ex internacional se decidió meses atrás a asumir una cuota mayor de gloria en su foja de servicios. Y en el peor momento deportivo, económico e institucional del Club Atlético River Plate, el histórico número 6 ganó las elecciones a la presidencia del club realizadas el pasado fin de semana por apenas media docena de votos. Al Gran Capitán le toca ahora la complicadísima tarea de reconstruir -casi partiendo desde la nada- a uno de los equipos de fútbol más grandes del mundo.

River ha sido el equipo argentino que más dinero ha recaudado por la venta de futbolistas en las últimas dos décadas. Muchas de las operaciones concretadas por las diferentes directivas millonarias han hecho auténtico honor al apodo del club de Buenos Aires. Sin embargo, el club está técnicamente fundido. Incapacitado de competir económicamente no ya con las entidades de Europa, México o Brasil, sino con la mayoría de sus pares en la primera división de su país.

Si bien ninguno de los presidentes que ha regenteado el club en los últimos veinte años ha brillado por su eficacia, las últimas ocho temporadas bajo la gestión de José María Aguilar han sido absolutamente nefastas para las arcas y la vida social en la institución de la Banda. El presidente saliente, que llegó al poder como la gran esperanza blanca de los sectores más correctamente políticos del club, deja una auténtica caja de Pandora, que Passarella y sus colaboradores tendrán que saber controlar. Aguilar ha hecho buenos a algunos de sus predecesores (que en muchos casos han rayado lo impresentable) al entregar el control doméstico del club a los barras bravas, al enfrentarse con Ramón Díaz (el mejor entrenador que el equipo ha tenido en toda su historia), al vender demasiado pronto a las mejores figuras surgidas de la cantera en la última década, al ser el responsable último de algunos de las incorporaciones más cuestionables de la escuadra millonaria (el ejemplo más reciente y notorio es el de Cristian el Ogro Fabbiani), y -seguramente esto es lo más grave de todo- al subastar de la manera más rastrera posible el prestigio deportivo de una auténtica potencia latinoamericana a lo largo de estos años.

Passarella llega a la presidencia de River porque los socios se han hartado del business as usual de los políticos que han secado de dinero y talento del club. El Kaiser no contará con el apoyo económico y empresarial que acompañaba a la candidatura de Rodolfo D’Onofrio (su máximo rival en las elecciones, que en principio se adjudicó el triunfo), quien prometía instalar como manager o director deportivo a Enzo Francescoli. Y tal vez sea lo mejor para el futuro de la institución. Los millonarios necesitan dejar de deber favores. Volver a generar recursos propios, a través de una cantera que no hace demasiado era la mejor de Argentina. Y refundarse a partir de la austeridad.

El nuevo presidente no llegará con una fortuna bajo el brazo. Tampoco con fichajes apetecibles -pero imposibles para el fútbol argentino de hoy en día- como los de Julio Baptista y Diego Lugano, tal como dejó entrever un trasnochado candidato, quien también aseguró haber cerrado preacuerdos con Mario Bolatti, Darío Cvitanich, Diego Placente, Fernando Cavenaghi, Mariano Pavone y Adailton. De momento, Passarella llegará a la presidencia acompañado por un cuerpo de ex compañeros (ex glorias del club también) que serán su núcleo duro y ad honorem en materia de fichajes y ventas.

“Ganar esta elección fue como ganar un Mundial”, acaba de decir el ex central acostumbrado -como pocas personas en el planeta- a jugar finales. Su falta de antigüedad como socio de River, la muerte de uno de sus hijos -el momento más doloroso de su vida-, su simpatía por Boca cuando de niño vivía en la ciudad de Chacabuco. Todo ha sido utilizado para mellar el poder de su candidatura que, en una elección con una nutrida e inesperada afluencia de votantes, ha conseguido imponerse con lo justo.

Antes de ganar la elecciones, Daniel Passarella ya tenía merecidamente ganado un sitial de honor en la historia riverplatense. Lo único que no ha conseguido ganar como jugador y entrenador ha sido la Copa Libertadores. Sin renunciar al objetivo de llevar al club a conseguir su segunda corona en América, la tarea principal y más urgente del Gran Capitán será la de sacar al equipo del pozo en el que se encuentra actualmente. De su éxito no solo dependen los seguidores de la Banda Roja, sino todo el fútbol argentino, que no puede permitirse el lujo de contar con un River Plate irreconocible, mutilado y expoliado como el de los últimos años.

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