Histórico
1 diciembre 2009José Mendoza

La ‘pulga’ toca el cielo

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Messi ha cerrado el círculo. El Balón de Oro completa un año redondo en el que ha ganado hasta ahora todos los títulos, tanto colectivos como individuales. Con sólo 22 años, un fuera de serie con cara de niño se ha hecho con el premio que le acredita como el mejor jugador del mundo. Pero el presente y el futuro es suyo. A día de hoy, sorprendente sería que se quedara sólo con uno.

La biografía de Leo Messi es propia de un cuento de hadas. Aquel niño nacido en Rosario tuvo que afrontar un camino lleno de obstáculos para convertirse en el mejor jugador del mundo. Su vida, como la de cualquier fenómeno, está llena de detalles que emocionan.

Su infancia estuvo marcada por sus ya conocidos problemas de crecimiento. Desde los cinco años ya mostraba sus virtudes con el balón y con siete había ingresado en las categorías inferiores de Newell’s. Con nueve años y 127 cm. de estatura se le detectó el problema. Durante año y medio la obra social de la empresa en la que trabajaba su padre ayudó a costear el tratamiento, que ascendía a unos mil euros mensuales. El propio Messi se ponía las inyecciones cada noche, una en cada pierna.

Sin embargo, la empresa de su padre no pudo seguir financiando las inyecciones y la familia de Messi se refugió en la capacidad futbolística de su hijo para solucionar el problema. Primero se negó su club, Newell’s, y después River Plate. El Barcelona, por medio del entonces agente FIFA Josep María Minguella, descubrió su situación e invitó a la familia a la ciudad para que Leo pasara una prueba.

Joan Gaspart era el presidente y Carles Rexach el director técnico. Pero Rexach estaba en esos momentos en los Juegos Olímpicos de Sidney, la prueba se retrasó quince días y la familia tenía decidido volver. “Estuvo quince días en Barcelona, pero sobraron catorce”, recuerda Rexach. El Barcelona le contrató y se comprometió a hacerse cargo de su tratamiento hormonal.

Leo Messi se adaptó rápidamente a la vida en la ciudad, pero no su familia, que volvió a Rosario, quedándose con Leo sólo su padre. Su familia siempre respetó su decisión, que era la de quedarse en Barcelona jugando al fútbol. Pasaban los años y la progresión de Leo no encontraba límites. Tras cuatro años en la cantera, con sólo 17 llegó su debut con el primer equipo, luego su primer gol y su primer título. Después de tanto tiempo, los que le vieron crecer recalcan que juega igual que cuando tenía cinco años, con una velocidad endiablada, el balón cosido a la pierna izquierda, gambeteando y siempre mirando fijamente la portería rival.

Su escalada como jugador no encuentra techo. En el Barcelona ha ido creciendo su importancia hasta el punto de haber alcanzado ya los 91 goles. Su lunar, hasta ahora, sus actuaciones con Argentina, que le han hecho recibir duros palos en su país y afrontar con otro semblante el tramo final de temporada. Sobre ello, Pep Guardiola es contundente: “Cuando Leo está contento, juega mejor”.

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