Histórico
9 diciembre 2009Jose David López

El código perdido de la Juventus

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Para que todo entendimiento o intercambio de información transcurra por el camino satisfactorio se necesita un código. Puede ser un código comunicativo si debe ser entendido por un emisor y un receptor, informativo si la base es un intercambio entre fuente-destino o binario si se toma la informática como método de codificación de datos. En fútbol no existe un apartado específico, nadie ha inventado una etimología exacta que explique los valores históricos de un equipo, simplemente toca analizar detalles a lo largo de años de batalla. Pero cuando el procedimiento encalla, la personalidad sufre y aquella base e imagen del club queda mermada. Ese código que bien podríamos denominar como genético (por partir de su ADN histórico), es lo que ha ido perdiendo paulatinamente la Juventus en los últimos años y el germen que explotó este martes con la decepcionante eliminación en la Champions League.

El problema viene de lejos. Tocaría recordar el fatídico Moggigate, la pérdida de jugadores legendarios y, sobre todo, la obligación de empezar de cero para una entidad obligada y, lo que es peor, acostumbrada a los éxitos. La plantilla vio como, excepto en casos muy puntuales, las estrellas dejaban hueco a jugadores de segundo o tercer nivel. Suficiente para ascender, para no perder el tren europeo y para volver a la Champions en el mínimo margen posible, aunque todo ello fruto de un inestimable ente llamado carácter, ambición y poder defensivo. Esas tres cuestiones, sobre todo la última, forman ese código juventino que ha quedado en el olvido durante los últimos años y que ahora se ha perdido definitivamente. El Bayern, que tampoco andaba para muchos elogios, sacó los colores a un equipo sin identidad propia, sin su código genético.

Deschamps fue el elegido para el ascenso, para superar el ‘marrón’ de la Serie B y para cumplir sin que nadie le diera las gracias efusivamente. Ranieri era el encargado de adaptar a los nuevos tiempos una plantilla limitada y muy débil comparándola con la de los favoritos y ahora Ferrara, candidato ideal por su reciente pasado bianconeri, quien debería renovar el proyecto para asentarse en los primeros puestos de la Serie A y devolver la gracia continental de la entidad. No es tarea fácil pero su inicio no augura grandes sensaciones y él mismo lo admite.

El ex central contó con fichajes de relumbrón como Diego o Melo (muy diferentes a los de meses atrás) pero su adaptación está siendo difícil y se han convertido en el centro de las críticas hasta el punto de que Buffon ha tenido que salir en su defensa asegurando que “no pueden ser malos si hace unos meses toda Europa se pegaba por ellos”. Además, Ciro Ferrara necesitaba mejorar las relaciones del vestuario, donde los veteranos (Del Piero, Trezeguet, Camoranesi o Chiellini), se niegan a dejar su lugar a aquellos que deberían dar un paso adelante. Poulsen no es el destructor que disfrutamos en Sevilla, Cannavaro ha perdido velocidad y confianza, Amauri no logra enterrar a los veteranos delanteros pese a su buena prensa (excesiva para algunos) y las ‘perlas’ Marchisio y Giovinco crecen muy lentamente o, al menos, más de lo que se preveía. A un lado dejamos casos deteriorados como el de Tiago o Sissoko. Un sinfín de motivos por los que las cosas no arrancan en Turín.

Sin embargo, lo que evita que esa mezcla no tome impulso es la pérdida de sus valores, de su base histórica, de entramado legendario que hacía inexpugnable a la Juventus hace tan sólo unos años. Es decir, la desorientación y abandono de su mecánica defensiva. Y es que siendo sinceros, el verdadero poder de la Juventus siempre estuvo en la perfecta maquinaria que formaba desde su medio campo hacia atrás. Una línea de dos potentes destructores, siempre con un hombre enganche cercano para poder conectar con el ataque y una línea de cuatro defensores donde los carrileros abandonaban su vocación ofensiva para centrarse en ajustar bien sus marcas y salir con la defensa muy adelantada. Así llegaron los éxitos, presionando desde muy arriba la salida de balón rival (el gol de Trezeguet al Bayern viene de un robo y una rápida búsqueda del hueco libre), aprovechando los errores contrarios, evitando la construcción del enemigo reconociendo la falta de calidad en su esquema pero reflejando un trabajo puntilloso y espléndido en cuanto a los valores defensivos.

Un espectáculo que ofrecía grandes partidos años atrás y que se fue perdiendo semana tras semana hasta la ausencia total de estabilidad con Ferrara. Curioso que haya tenido que ser uno de los mejores centrales de la historia de la Vecchia el que haya terminado con esta raíz. Es tan palpable como que en etapas anteriores sería imposible que a la Juventus le levanten descaradamente un resultado a favor como el de este martes ante el Bayern (más en su estadio). Un dato que rompe lo que algunos llamaron juventinización de los partidos. Ciro, que ha sido confirmado por el presidente Blanc, intentó dar un aire nuevo con la llegada de jugadores que permitían ese riesgo, esa nueva apuesta por un mayor control y por la llegada desde segunda línea con creatividad y potencia. Sin embargo, el canon genético, el ADN juventino, jamás debía ser alterado. El código de la Vecchia debe ser instaurado.

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