Histórico
14 diciembre 2009Ariel Judas

Banfield ‘taladra’ la historia

banfield

El fútbol no era la prioridad. Cuando hace más de 113 años Daniel Kingsland y George Burton fundaron el club, el primer objetivo era crear un lugar donde los centenares de trabajadores británicos del Gran Ferrocarril Sur pudieran reunirse, socializar, y compartir las añoranzas por la tierra que les había visto nacer. Como en muchos otros sitios Argentina, el pueblo de Banfield creció alrededor de la estación de tren como si se tratara de una auténtica Little Britain en plena pampa húmeda.

Banfield -el club- creció a la par de Banfield -la ciudad, ubicada 15 kilómetros al sur de Buenos Aires-. Y ambos fueron todo lo británicos que pudieron ser durante largos años, en los que el cricket fue el deporte rey. Ese home away from home solo comenzó a acriollarse con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Nacidas o no en el Reino Unido, muchas de las familias que habían impulsado la llegada del ferrocarril y el crecimiento de la pujante villa sintieron el llamado de la lejana Madre Patria y se embarcaron con rumbo a Londres.

En ese momento, la entidad verdiblanca comenzó a abrirse al universo no británico que le rodeaba. El fútbol -hasta ese instante relegado a un segundo plano- comenzó a ganarse su sitio, sin perder del todo el estilo anglosajón que originariamente le imprimieron nombres míticos, perdidos entre las nubes de vapor que escupían las locomotoras que llegaban a esa posta del sur, como los de James Doods Watson, Edward Potter o Charles Douglas Moffatt.

Jamás Kingsland y Burton pudieron imaginar aquel 21 de Enero de 1896 que el 13 de Diciembre de 2009 el flemático Banfield llegaría al momento más glorioso de su historia, conocido por el mote de el Taladro, ganando un título de la primera división del fútbol argentino, y -tal vez esto sería lo más sorprendente para los fundadores- sin ningún súbdito británico en sus filas.

Pocos equipos tan antiguos como Banfield en Argentina. Pero el haberse iniciado en los albores de un historial colectivo riquísimo no le ha dado ningún tipo de beneficio al club. Grandes alineaciones han pisado el césped del Florencio Sola, pero -más allá de un título en la era amateur, y un par de subcampeonatos en el profesionalismo- la longeva entidad ha sumado más amarguras que alegrías en lo deportivo.

Después dealgunas décadas de estabilidad en la primera parte del Siglo XX, durante muchos años Banfield se convirtió en uno de los ejemplos más perfectos de equipo ascensor. Los títulos de campeón de la segunda división en las temporadas 1939, 1946, 1962, 1973, 1992/92 y 2000/01 dan testimonio de esa condición. Desde su último regreso a la máxima categoría, el Taladro ha crecido de la única manera en la que cualquiera que no sea River o Boca puede hacerlo en Argentina: gastando poco, vendiendo bien (Daniel Bilos, Rodrigo Palacio y Darío Cvitanich -entre otros- saltaron al primer plano del fútbol argentino vistiendo la camiseta blanca y verde), capitalizando el club (en ese sentido, la renovación del estadio en los últimos años ha sido notable), y -como han aprendido otros clubes chicos que le están marcando el camino a los grandes- apostando por la seriedad, la lógica y el concepto en los procesos deportivos.

El Taladro sumó la primera estrella de su más que centenaria historia jugando mal el último partido del Apertura, en el cayó por 2-0 en un escenario casi inexpugnable para los equipos visitantes que buscan ganar un campeonato, como lo es la Bombonera de Boca Juniors. También fue fundamental -claro- la sorprendente caída de Newell’s (el único equipo que podía amargarle la fiesta a Banfield) en Rosario ante el San Lorenzo de Diego Simeone. Pero la imagen brindada hoy por el flamante campeón no debe tapar la gran campaña realizada en estas 19 jornadas por el equipo entrenado por el difícil de conmover Julio César Falcioni.

Pelusa (y él es dueño de este apodo desde mucho antes que Diego Maradona, cuando de muy chico soñaba con ser el arquero de Vélez, el equipo de su barrio) no es el mejor entrenador de Argentina. Pero sí es uno de los más honestos. Para Falcioni lo que hay es lo que ves. Así, si los elementos que le brinda el club no invitan a la lírica, es capaz de armar y poner sobre el terreno de juego a un once rocoso, difícil de ganar, al que no le costará demasiado obtener la permanencia. Si -como ha ocurrido este semestre- te encuentras con algunos elementos que están en un alto estado de forma -como el gran y jovencísimo enganche colombiano James Rodríguez, y los dos puntas uruguayos Santiago Silva y Sebastián Fernández- la cosa puede lucir mucho mejor, sin renunciar jamás a la cuota de caracter de la que que todos los equipos del ex portero han hecho gala.

Banfield ha sabido hacer lo que todo campeón de un torneo corto como el Apertura argentino necesita. Ha sido letal en los partidos ante sus rivales más peligrosos (River, Lanús, Newell’s, Estudiantes, San Lorenzo, Vélez, Independiente y Huracán), se ha sabido recuperar de golpes duros pero fugaces (como la caída ante Racing), y ha contado con uno de los grandes protagonistas del certamen: el Tanque Silva, quien tras recorrer medio mundo futbolero -siendo protagonista de descartes en más de una ocasión- parece haber encontrado la luz como operario mayor de este Taladro.

Salvo la estación de trenes y su geografía edilicia más inmediata, la ciudad de Banfield ha perdido su cool anglosajón. Hoy no es un enclave del Brit-Pop, sino que -como en una gran parte del suburbio porteño- es un territorio donde la cumbia impone su ley. Es -al fin de cuentas- un eslabón más de la gran cadena de mestizaje y mezcla de orígenes que existe en Argentina. El aficionado -ese que fríe sus asentaderas sobre el hormigón de las gradas en verano, y que se congela en medio de la humedad austral en invierno- hace casi un siglo que se ha ido alejando del estereotipo del señorito inglés es hoy un hincha curtido y sufrido como pocos en Argentina. Fiel en los momentos más difíciles, con una valija llena de veces en las que se maldijo sufrir por esos colores, el fanático de Banfield -como Silva, como Rodríguez, como Fernández o como Falcioni- ha conseguido taladrar la historia y gritar -y tal vez aún le cueste reconocerse en ese aullido primitivo y emocionante- “¡Campeón!”

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