Histórico
11 noviembre 2009Jose David López

El espectáculo (dantesco) de ser colegiado

luingeMuchos pensarán que estos días la tengo tomada con los árbitros de nuestro querido deporte rey pero lo que uno arrastra es decepción. El mundo del fútbol necesita tomar cartas en el asunto por la cantidad de males endémicos que han instaurado a su antojo en los últimos tiempos y que ponen en peligro el espectáculo para convertirlo en algo grotesco. Los colegiados decidieron hace tiempo y sin que nadie les frenara, cruzarse de brazos a la hora de tomar decisiones que puedan poner en peligro la tranquilidad de un choque o el calentamiento del público.

Siempre defienden esa postura que les prive de problemas, lo que refleja una temeridad catastrófica para el deporte pues no se juzga la realidad sino aquello que menos complique el argumento de noventa minutos interpretados según el rigor de un hombre literalmente acobardado. Balón al área en saques de esquina siempre es ‘peligro’ (un nuevo vocablo que define el pánico ante una acción polémica que exalte a las masas), pelea entre un defensor y un atacante siempre será falta del que busca el gol, una jugada a balón parado cercana al área jamás se lanzará con la correspondiente medida reglamentaria de la barrera (la de golazos que nos habremos perdido por este sin sentido) y, por supuesto, cada vez que un penalti asoma, toca pararse a pensar en milésimas de segundo el grado de agravamiento que su señalización puede generar en el partido. De tal manera, salvo jugadas realmente claras, el delantero siempre saldrá perdiendo y el defensa podrá seguir repartiendo golpes sin problemas. Todo cambiará si esa táctica tiene continuidad lejos del área. Allí el colegiado es otro (video abajo)

Y algunos ya estamos hartos de que manipulen a su antojo un espectáculo. Los colegiados de Europa cobran una media de 10.000 euros por partido (depende del país, competición e importancia del mismo), con lo que lo mínimo que se les puede pedir por semejantes emolumentos es, desde luego, que realicen bien su trabajo o que al menos lo intenten con parcialidad y profesionalidad. No deben temer sino ejecutar el reglamento con autoridad y respeto hacia los jugadores. Ese es su trabajo, su única misión y aquella por las que se les paga.

Dentro de un fin de semana dantesco en cuanto a errores arbitrales que vuelven a manipular a su gusto las competiciones, he querido destacar la actuación de Roelof Luinge en el ADO-PSV de este fin de semana. El cuadro de Eindhoven dominó con total claridad el partido pero el colegiado (sin que hiciera falta), decidió convertirse en el protagonista del partido. Con 0-2 en el marcador, expulsó exageradamente al local Ricky van den Bergh por una patada como mucho de tarjeta amarilla. No contento con ello y cuando la ventaja de los visitantes ya era de cuatro goles, volvió a capitalizar la atención con una nueva expulsión a Lex Immers que se hubiera solventado con un castigo inferior. Nada más expulsar al segundo jugador local la afición, cansada de su actuación, la tomó con Roelof Luinge que, ni corto ni perezoso, decidió parar el partido, llevarse la pelota y descansar veinte minutos.

La excusa era que las gradas estaban insultándole e increpando su persona, algo que él mismo había decidido con su actuación (ver video a partir del minuto 6). Si bien es cierto que no tacharé de aplauso la reacción de los graderíos (que ni mucho menos sería digna de una queja en cualquiera de nuestros estadios por la poca agresividad mostrada y el mínimo peligro que generaba para la salud de cualquier persona), sigo sin entender porqué el colegiado puede decidir parar un espectáculo por unos insultos cuando él mismo escucha día sí y día también otros improperios contra jugadores y no se actúa con la misma lógica. Para mayor calamidad, el ADO será sancionado por la actuación de sus hinchas mientras el bueno de Luinge seguirá campando a sus anchas.

Un punto negro más en la larga lista de desgracias que arrastra nuestro querido deporte. Soluciones YA.

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