Histórico
5 noviembre 2009Ariel Judas

Chivas: La comezón del séptimo año

2887  67360911DI CLAU SOC VERGARAHace pocos días Jorge Vergara conmemoró su séptimo aniversario como propietario del Club Deportivo Guadalajara. El 31 de Octubre de 2002, el empresario adquirió a las Chivas Rayadas -una entidad que estaba absolutamente descapitalizada y al borde del default- con la promesa de poner al equipo más popular de México en el primer plano mundial. Del programa de medidas que Vergara anunció a su llegada, pocas o ninguna se han podido llevar a cabo. Hoy, la gestión de uno de los auténticos hombres fuertes dentro del panorama de la CONCACAF parece estar muy distante de poder ser calificada como exitosa.

Jorge Vergara hizo tres promesas fundacionales al hacerse cargo del Guadalajara: estrenar un estadio propio (actualmente Chivas comparte la cancha del Jalisco con el Atlas, el rival de la ciudad), borrar cualquier publicidad de la camiseta del equipo, y poner al frente del Rebaño Sagrado al mejor entrenador del mundo. En los planes originales, el Estadio Chivas debería haberse inaugurado en la temporada 2004. Más tarde, la fecha de estreno se reprogramó para 2006 o 2007. Lo cierto es que la casa del Guadalajara aún está en el proceso de construcción (aunque bastante avanzado, eso sí).

Es muy probable que las instalaciones estén terminadas durante el año próximo, pero la mudanza de equipo y afición a esta nueva sede quedará supeditada a la finalización de una serie de obras viales que tienen que conectar la nueva cancha con la capital tapatía. Los meses finales de la construcción del que promete ser uno de los mejores escenarios para el fútbol en todo el continente van a poder ser llevados a cabo gracias al aporte en metálico de Comex, una empresa dedicada a la fabricación de pinturas. Los propietarios de esa firma -la familia Achar- han salido al rescate de un Vergara asfixiado en lo financiero, y los cincuenta millones de euros que han puesto sobre la mesa les darían el derecho de poder bautizar al nuevo coliseo como Estadio Comex, y de tener una injerencia directa en la administración del club.

El Guadalajara es -por tradición, y por el peso de su enorme masa de aficionados- uno de esos clubes obligados a ser grandes. Todo el mundo espera que Chivas tenga la mejor cantera del país, que compre a los mejores jugadores mexicanos, y que no abandone la tradición de no incorporar futbolistas extranjeros a su plantel. Y todo eso, en definitiva, cuesta dinero. Mucho dinero. Por eso no se entendió entonces -y tampoco ahora- el postulado de Jorge Vergara de querer borrar cualquier referencia publicitaria del uniforme de su club. Algunas camisetas de la máxima categoría del fútbol mexicano son una colección de marcas comerciales (y a quien no me crea, que mire el nuevo jersey del Santos Laguna, presentado hace algunas horas), y Chivas llegó a tener hasta catorce, repartidas entre la zamarra, el pantalón y las medias. El nuevo dueño “limpió” la camisa albirroja, y hasta 2006 permaneció impoluta (solo incluyendo el logotipo de la firma que la produce). Pero a partir de esa temporada la publicidad regresó a la pechera del Rebaño, para no desaparecer hasta el presente. Cualquiera de los clubes con los que el Guadalajara desea competir a nivel mundial llevan importantes patrocinios en su camiseta. Renunciar a la publicidad -aunque fuera por apenas unas temporadas- ha sido un error importante de Vergara, que tal vez ahora esté pagando y lamentando.

Desde la liga mexicana, América y Chivas se sienten -con derecho- equipos grandes a nivel global. A muchos clubes europeos de peso les encantaría contar con la multitud de seguidores que ambos gigantes tienen en su país y en los Estados Unidos. Y me parece muy encomiable esa intención de siempre querer elevar su nivel que tanto las Águilas como el Guadalajara gritan a los cuatro vientos cada vez que les es posible. Pero una cosa es aspirar a la grandeza, y otra orinar fuera del tarro, como le ha sucedido a Jorge Vergara al decir: “el equipo será dirigido por el mejor entrenador del mundo, me importa un pepino si viene de la Luna, pero que sea el mejor que pueda dirigir a Chivas”. Esto primero nos lleva al incómodo terreno de definir quién es el mejor director técnico del planeta -si es que a alguien se le puede colgar esa medalla-, y luego nos lleva a chocar con esa barrera de cristal que impondría el mejor entrenador del mundo, quien siempre (mientras Europa siga siendo Europa) se quedaría con una propuesta del Viejo Continente antes que con una suculenta oferta del pastor del Rebaño Sagrado.

De hecho, la contratación de entrenadores y la gestión de su relación con los mismos no ha sido el fuerte de Jorge Vergara a lo largo de estos siete años. El empresario -y esto es muy curioso- ha llevado las riendas del Guadalajara más con el ánimo de un hincha enojado que con el temple de un entrepeneur. Así, más de una decena de estrategas ya han pasado (algunos de ellos de manera muy veloz) por el banquillo de las Chivas Rayadas. Y muchos de ellos -como Xabier Azkargorta, Eduardo de la Torre, Daniel Guzmán, Hans Westerhof, Benjamín Galindo o José Manuel de la Torre- se han ido de la sede del club con un jugoso cheque indemnizatorio, lo que ha terminado por lastrar, más si cabe, a las arcas del equipo.

El grado de irritabilidad del propietario del club ha llegado en 2009 a su cota máxima tal vez. Actualmente, Chivas participa del Torneo Apertura, que comenzó tras las vacaciones de verano. Catorce partidos se han jugado de ese certamen, y el Guadalajara está a punto de poner en funciones a su tercer entrenador. El campeonato comenzó bajo las órdenes de Paco Ramírez -a quien el cargo le quedaba grande-, hace pocas semanas se anunció la contratación de Raúl Arias -alguien cuya filosofía de juego no respondía en absoluto a lo que se espera de Chivas, un equipo que siempre ha sido ofensivo- y, ante los malos resultados obtenidos en las últimas jornadas, anoche Arias fue reemplazado por José Luis Real, hasta hoy uno de los encargados de las fuerzas básicas de la entidad.

La contratación y casi inmediata destitución de Raúl Arias tal vez haya sido el error más grueso de Jorge Vergara. En las siete temporadas desde el inicio de su gestión Chivas solo ha ganado un título de liga. De no ocurrir un verdadero milagro, el 2009 (que ya ha visto como el club se ha fumado a cuatro entrenadores) volverá a ser un año en blanco para el Guadalajara. Endeudado y sin un proyecto deportivo claro, Vergara deberá poner en práctica su mejor jugada para seguir siendo el dueño del equipo más popular de la parte norte de América.

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