Histórico
26 octubre 2009Jose David López

Los vasallos de Benítez

SOCCER-ENGLAND/Anfield no recordaba en su triunfadora memoria una racha tan negativa como la que atravesaban los hombres de Rafa Benítez en el último mes. Cuatro derrotas consecutivas (dos en Premier y otras dos en Champions League), que preveían una cita complicadísima y de alto riesgo este domingo en el clásico ante el Manchester United. El Liverpool estuvo a punto de repetir una de las peores marcas de toda su historia, aquella que sufrió allá por 1954, cuando estuvo nada menos que cinco partidos sin conocer punto alguno y acabó descendiendo. Gracias a un golazo de Torres, los Reds levantaron la moral (2-0) en el momento clave y se agarran a un campeonato que no escribe su nombre en mayúsculas desde 1990.

Un equipo con tanto trabajo táctico (reflejado en la presión a la salida del balón rival o en la profundidad de sus contras), creyente al más no poder en sus posibilidades y experto en partidos de máxima competitividad, no debería ceder una vez tras otra en un mismo problema: la falta de concentración para mantener regularidad. Ese mal endémico ha costado puntos inútiles a Benítez desde su aterrizaje en Mersey y suele repetirse cada cierto tiempo con la facilidad suficiente como para frenar las opciones de luchar por el campeonato meses antes de su fin. Sin embargo, otros atribuyen esa falta de consistencia a la nula captación de estrellas que ha logrado fichar el equipo, quizás demasiado dependiente de Gerrard y Torres. Y es en ese capítulo donde entran dos ‘vasallos’ del técnico madrileño: Kuyt y Benayoun.

Nadie puede ignorar que las bajas de los dos cracks debilita considerablemente las opciones del equipo a la hora de afrontar cualquier partido. Steven es el corazón, el carácter y el empuje de las gradas personificado sobre el campo mientras Fernando es el gol, la velocidad y el desmarque con espacios que tantas veces ha sabido explotar desde su llegada a la Premier. Sin embargo, en el segundo escalón, dispuestos a reclamar protagonismo y con sobrada capacidad para ello están desde hace varios años el holandés y el israelí. Ambos son sacrificados una vez tras otra por su técnico, que les pide compromiso por el equipo, mucha presión, trabajo en recuperación y sacrificio cuando la pelota está en poder rival. Acciones todas ellas para jugadores aguerridos y no para soluciones ofensivas, esas que deberían ofrecer domingo a domingo y que descongestionarían la irremediable dependencia de los dos cracks Reds.

Kuyt, criado en la famosa escuela holandesa del Quick Boys, ha vivido una enorme transformación desde que fichara por el Liverpool en 2006. En Holanda llegó a ser un auténtico goleador, el salvavidas del Feyenoord con 83 goles en apenas tres años. Sus números, además de reflejar una pegada enorme y la eficacia de su definición, se adornaban con un buen número de asistencias, robos y acciones de peligro. Era el héroe, ídolo y epicentro de ataque en un equipo donde campaba a sus anchas con libertad, esa que le arrebataron cuando pisó Anfield. Benítez, que pagó por él 12 millones de euros, lo frenó en seco pegándolo en banda, colocándole como extremo bregador y retirándole del área. Pese a su evidente sufrimiento, el rendimiento del holandés es estupendo, tiene la confianza  del cuerpo técnico y refleja la profesionalidad de un jugador al que no han dejado brillar como se merece pero que no pierde ni un ápice de sus fuerzas en quejas contra su ‘señor’.

Un caso similar, incluso más doloroso y sufrido, vive Yossi Benayoun. El mediapunta israelí, cuyo físico sería un lastre insalvable para la mayoría de jugadores que intentan hacerse un hueco en la Premier, emana calidad desde que brillara en su país cuando aún no era mayor de edad. Fu elegido mejor jugador del campeonato israelí, sumó nada menos que 17 goles en su mejor campaña y hasta el Ajax le probó con éxito deportivo pero no personal (fue el máximo goleador ese año en los juveniles ajaccied pero no se acostumbró a la vida en Amsterdam). Aquella clarividencia le llevó a brillar en el Racing y a ganarse el éxito en el West Ham, trampolín para que Benítez se lo llevara a Anfield por sólo 6 millones e hiciera de él un actor secundario obligado a responder ante su señor feudal.

El diamante, como lo llaman en su país, es el jugador con más técnica del equipo, aquél que entiende el fútbol como una acumulación de acciones con inteligencia tridimensional, el que rompe con mayor facilidad la partitura esclavista que tantas veces le otorga Benítez. Este domingo su pase a Torres evidenció una vez más que con él en el banquillo (práctica habitual en los últimos años), el Liverpool pierde su perla y, sobre todo, su mejor alternativa ofensiva. Ahora ambos son claves. Ahora son imprescindibles. Piden su libertad.

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