Histórico
8 octubre 2009Jesús Camacho

Balones de Oro: ‘Pablito’ Rossi (1982)

rossiLa Tabula Peutingenaria es una de las pruebas físicas con la que la historia nos demuestra la veracidad y el origen del conocido proverbio “Todos los caminos conducen a Roma”. Un itinerario de caminos que conducía de forma ineludible a la reina de los caminos: “La Via Appia”. En el caso concreto del fútbol italiano y para acercarme a la figura de un goleador empedernido utilizaré este legendario proverbio para mostraros a “La Via Appia hacia el gol” del fútbol italiano en la segunda mitad de los setenta e inicios de los ochenta, su nombre Paolo Rossi, más conocido como “Pablito” desde el Mundial de Argentina de 1978. Un tipo humilde de movimientos y acciones siempre muy adecuadas en el área, que cuatro años más tarde en el Campeonato del Mundo de España 1982, se convirtió en sinónimo de GOL.

En aquel Mundial de Naranjito, el seleccionador Enzo Bearzot confió contra viento y marea en el oportunismo de una eterna promesa que llegaba a la cita tras una suspensión de dos años por un problema relacionado con las apuestas deportivas. Un duro golpe que dejó en el aire su carrera deportiva y que se inició el 30 diciembre de 1978, cuando siendo delantero del Peruggia y tras un sospechoso empate a dos con el Avellino le hizo entrar en un camino aparentemente sin retorno.

Fue entonces cuando le sobrevino el escándalo por un presunto amaño del partido por el que en un principio fue suspendido por tres años pero que finalmente quedó en dos tras la apelación del jugador. Tanto él como sus compañeros, se declararon en todo momento inocentes, Rossi alegó que él solo se limitó a responder de manera inocente una pregunta de un jugador rival: “¿2-2? Si quieren…”. Paolo tenía 22 años y aquella promesa a la que la “Juve” tenía cedida para moldear a un nuevo “capo canonieri” y que estaba en la lanzadera de salida para portar el nº9 de la Vecchia Signora parecía difuminarse en el monstruo económico del fútbol. Regresó en abril de 1982, pocos confiaban entonces en el latente talento del jugador italiano pero entre esos pocos se encontraba el viejo Bearzot.

El por entonces seleccionador italiano le conocía muy bien y era consciente de que apostaba sobre seguro, a caballo ganador. Y es que el “Viejo Zorro” apostaba por un futbolista que ya en Argentina 1978, con tres goles y dos asistencias dejó patente su elevadísima cuota de oportunismo, formando además una gran dupla atacante con otro legendario delantero italiano: Roberto Bettega. En cambio cuatro años más tarde su situación había cambiado radicalmente, en aquel momento casi todo el mundo consideró que era un error apostar por un futbolista que había permanecido tanto tiempo alejado de la competición, mucho más cuando en los primeros cuatro partidos no vio portería, pero finalmente y gracias al apoyo de su técnico y la perseverancia de Rossi, su olfato acabó por resurgir de forma brillante.

Paolo volvió a ser ese delantero tan humilde como letal, que sin tener un gran físico-medía 1,74 m y pesaba 66 kilos-, ni un gran regate, ni un poderoso disparo te mataba con su milimétrico conocimiento del espacio, del área, de los movimientos necesarios para cazar balones perdidos y estar en el momento oportuno en el sitio adecuado. Así fue como mató a la maravillosa selección brasileña de Tele Santana, dando una exhibición de cómo se saca petróleo de la nada, de ese olfato que solo poseen los nº9 con denominación de origen. Una tripleta de goles que tumbó a un equipo legendario e hizo despegar a una selección que no paró hasta tocar el oro de Rimet con sus manos. Primero superando a otra gran selección como Polonia con dos goles más de “Pablito” y luego enloqueciendo a Sandro Pertini haciendo otro gol más ante Alemania en aquella final de la que todos recordamos aquel gol de Tardelli.

A la finalización del torneo Enzo Bearzot explicó los motivos que le llevaron a apostar fuerte por “Pablito”: “Sabía que si Rossi no estaba en España, no tendría a ningún jugador oportunista en el área. En esa zona era realmente bueno, rápido, siempre listo para hacer la finta adecuada”. De esta forma Rossi se convertía en uno de los jugadores del Campeonato, en máximo goleador y en héroe de la nazionale. Ese fue su momento cumbre, el mágico momento de un futbolista que desde que vino al mundo en Sta, Lucía en la ciudad toscana de Prato, traía en sus genes el perfil genético del goleador. Ese perfil que comenzó a trazar sobre los terrenos de juego en la sociedad toscaza de la Cattolica Virtus y en el Como, junto a su hermano Rossano, donde ya ejerció de nº9.

Un número, una forma de ser, de jugar, que desarrolló en el Vicenza (donde fue máximo goleador de la serie B y serie A), Perugia, Juventus, Milan, y Hellas Verona. Elásticas como la de la “Juve”, con la que brilló, compartió equipo con genios como Platini y Boniek y con la que engrosó su palmarés con el Scudetto, la Copa de Italia, la Recopa y la Copa de Europa, pero nada comparable a lo vivido en 1982. Aquel año en el que Paolo entró en la leyenda del fútbol dejando para la historia la frase con la que comenzamos este pequeño repaso a su figura: “En la carrera de Paolo Rossi todos los caminos conducen al GOL”. Ese GOL que le llevó a ser elegido en aquel año 82 Mejor jugador europeo del año y por tanto segundo Balón de oro de nacionalidad italiana de la historia tras Rivera.

Todos los Balones de Oro en su Sección Exclusiva

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