Histórico
6 octubre 2009Ariel Judas

Ángel Cappa y su monumento

1048837“Si sigo confiando, me van a hacer el monumento al idiota”, sentenciaba Ángel Cappa antes del inicio del actual Torneo Apertura al ver que -pese a las promesas de los dirigentes de Huracán- el primer equipo del Globo iba quedando desmantelado, luego de una gran campaña durante el primer semestre de 2009 y la obtención del subcampeonato en el Clausura. Lo gestado por el cuerpo técnico del club de Parque de los Patricios en el primer semestre del año fue -sin dudas- merecedor de todos los reconocimientos posibles y del más reluciente de los monumentos en el sector más noble del Tomás Adolfo Ducó.

El domingo el bahiense regresó con su equipo al estadio José Amalfitani, donde hace poco se ahogó el grito de campeón del colectivo quemero. Los fantasmas de esa final perdida ante Vélez volvieron a sentarse en la Platea Norte de la cancha mundialista del barrio de Liniers para incendiar el ánimo del entrenador de Huracán, quien -de una manera preocupante y, lamentablemente, cada vez más frecuente- volvió a perder los papeles y a dejar en suspenso todo lo que ha volcado a lo largo de su prolongada carrera en los terrenos de juego, en las páginas de la prensa escrita, y en los micrófonos de emisoras de radio del continente americano y España.

Este Cappa reaccionario, irracional y -creo que es lo peor de todo- incapaz de reconocer sus propias carencias y errores empequeñece al fenomenal analista del que gocé a lo largo de varios años como oyente de radio. Tanto, que en algún punto de mi conciencia como consumidor de fútbol me siento profundamente estafado.

“Vélez tiene grandes jugadores, gana partidos aunque no juega al fútbol, o lo hace de otra manera al fútbol” dijo el entrenador de Huracán luego de caer el domingo por la tarde por 2-0 ante el cuadro entrenado por Ricardo Gareca. Para quien solo se quede con las palabras de Ángel Cappa y no revise periódicamente la actualidad del fútbol argentino, almacenará en su disco rígido la noción de que el Fortín está  integrado por una pandilla de mercenarios que -aún teniendo calidad- renuncian al llamado ancestral del fútbol que le gusta a la gente. Y que el cometido de un equipo como Vélez es el de privar al mundo del brillo y el talento de un quijotesco Globo que -en base a un fútbol bien jugado- se ha convertido en el custodio del ADN del toque y la gambeta.

Para quien se quede solamente con esas palabras de Cappa, Vélez es el villano de la historia romántica que el entrenador -apoyado efusivamente por establishment mediático argentino durante el pasado Torneo Clausura- pretende encarnar desde su regreso temporal al país. Primero -de acuerdo con lo expresado en su momento por el director técnico-  el equipo del barrio de Liniers poco menos que birló a Huracán, en connivencia con el colegiado de ese último encuentro, el título de campeón del primer semestre de este año. Y hace poco menos de 48 horas el cuadro de la V azulada lo ha vuelto a hacer, tirando de un juego ramplón y haciendo válido aquello del no-fútbol. “No merecimos perder en el primer tiempo. Borramos a Vélez de la cancha y ellos se dedicaron a tirar pelotazos de 50 metros”, remató Cappa.

Al denunciar aquella supuesta expoliación en el partido final del Clausura, Cappa demostró desconocer -o haber olvidado- las reglas de juego (que se aplican en casi todos los países del mundo, incluso en las ligas europeas de prestigio) de encuentros de ese calado. De tan básicas y obvias, me duele un poco el rincón donde se aloja la vergüenza ajena. Cualquier equipo que esté obteniendo una victoria que le otorgue el campeonato jugando como local demorará el trámite del encuentro, hará desaparecer el balón por unos instantes, e intentará revolear (si cabe) la pelota hacia la gradería con tal de conseguir que los segundos y los minutos corran a su favor. Actuar de esa manera no es ilegal, antirreglamentario ni -más importante, creo- contrario al espíritu de competitividad que existe en el fútbol profesional. Todo lo contrario.

Disputar el último tramo de un partido final con los dientes apretados y tratando de sacar el mayor rédito posible de lo que pase dentro y fuera del terreno de juego es absolutamente la escencia del fútbol profesional. Los jugadores y los entrenadores son -antes que nada- profesionales que tienen el deber de conseguir el mayor rédito posible para los clubes que les pagan. En castellano, eso significa intentar sumar la mayor cantidad de puntos a lo largo de una temporada. Y si estás jugando una final, eso significa intentar ganarla con todos los medios de los que puedas disponer en ese momento. Con sus declaraciones y lamentos de ese momento Ángel Cappa -a quien considero un profesional de primera línea- hizo gala de un desconocimiento (u olvido) de ese principio irrenunciable para alguien que vive del fútbol en Argentina, una liga que si aún mantiene su lugar en el mundo es por el nivel de competitividad (ojo, no hablo de calidad) que ha sido marca de la casa a lo largo de los años.

Sugerir -como se hizo en ese momento- que los de Gareca terminaron alzando el título de campeón debido a que la AFA prefería por alguna oscura razón a los fortineros por sobre los quemeros también es deconocer -o errar- sobre la realidad geopolítica del fútbol argentino. Desde los tiempos de la presidencia de Raúl Gámez si hay un club cuya presencia ha resultado molesta para el entorno de Julio Grondona ese ha sido Vélez Sarsfield.

Pasado el mal trago del título perdido en la última curva del Clausura, el entrenador de Huracán ha vuelto a las andadas en las últimas horas. Cappa ha crucificado a un equipo como Vélez nuevamente al decir que ese equipo no juega al fútbol. Considero al ex ayudante de Jorge Valdano como una persona intelectualmente honesta. Por eso en lugar de pensar que tiene algún tipo de resentimiento en contra del club del barrio de Liniers, simplemente concluiré en que está equivocado con respecto a su visión de lo que está pasando hoy en día en el Torneo Apertura.

En la primera jornada, Huracán perdió por 1-2 ante Lanús. En la segunda fecha, el Globo fue derrotado por Newell’s por 1-0. Atlético Tucumán le ganó por 0-2 en el tercer capítulo. El primer punto para los de Parque Patricios llegó en la cuarta, con el empate 1-1 ante Godoy Cruz. En el inicio de la quinta jornada, Huracán fue goleado por 1-4 por Estudiantes de La Plata. Y en la sexta, Vélez le superó en Liniers por 2-0. En suma, apenas un punto cosechado tras seis jornadas disputadas. Solo tres goles anotados en contra de los doce que ha recibido en contra. Esta paupérrima performance mantiene al equipo de Ángel Cappa en la última posición del campeonato.

Vélez, por su parte, es de momento el segundo clasificado, con catorce unidades -un par menos que Estudiantes, el puntero del certamen-. De los seis partidos que ha disputado, el conjunto entrenado por Ricardo Gareca ha ganado cuatro (frente a Colón, Arsenal, Gimnasia y Huracán), y ha igualado los dos restantes (ante San Lorenzo e Independiente). En estos seis partidos el Fortín ha anotado nueve goles y ha recibido tres.

La biblioteca del fútbol argentino es amplísima. Pero, puestos a reducir el tema a dos opciones, siempre encontraremos una mitad que adhiera al llamado bilardismo, mientras que el cincuenta por ciento restante responderá a la doctrina menottista, una visión del balompié a la que abiertamente suscribe Ángel Cappa. Teniendo en cuenta los resultados de Huracán y Vélez que acabo de exponer, creo que resultaría muy difícil para cualquiera de estas dos maneras de entender el juego defender el hecho de que el campeón del pasado Clausura “no juega al fútbol”.

Jugar al fútbol no es jugar a la pelota, como cuando éramos chicos. Jugar al fútbol de manera profesional, donde los puntos y el dinero están de por medio es algo casi completamente opuesto a eso de jugar a la pelota. Jugar el fútbol de manera profesional implica lanzar el pelotazo hacia tus delanteros en algún momento del partido. Ejecutar la cantidad de faltas tácticas que sean necesarias. Tirar la pelota afuera. Demorar el juego. Controlar el clima del partido. Y también jugar bien, y tocar, por supuesto. Mientras Huracán pellizca y soba el balón durante todo el partido, con escaso o nulo efecto en la portería rival, Vélez es un equipo contundente y que en varios momentos de los partidos que ha jugado en la competición local de Argentina y la Copa Sudamericana ha conseguido registrar momentos de muy buen nivel.

La culpa del mal momento de Huracán no es enteramente de Ángel Cappa. En este Apertura ya no están los dos enormes talentos que han llevado al club hasta los umbrales de la gloria, Javier Pastore y Matías Defederico (hoy en el Palermo y en el Corinthians, respectivamente). El Globo está en bancarrota y no ha podido retener o renovar a la mayoría del plantel subcampeón del Clausura. Por eso el cuerpo técnico se las ha tenido que arreglar con lo que quedó en el club y lo poco que le pudieron traer para paliar las bajas que han dejado herido de muerte al histórico club de Parque Patricios.

Vélez, en cambio, cuenta con una serie de jugadores de gran calidad, como el delantero Jonathan Cristaldo, autor de los dos goles del pasado domingo ante Huracán: el primero con un caño al arquero del Globo, y el segundo de chilena. Lo dicho, un equipo -como Estudiantes, y por momentos como Banfield- que juega de manera seria, contundente, sin renunciar al lujo cuando las circunstancias lo permiten.

Viendo lo visto, me sigo preguntando qué significa para Ángel Cappa el concepto de jugar al fútbol en el contexto de la competición local argentina.

Me sigo preguntando por qué el entrenador de Huracán hizo ostensibles gestos de cara a la afición de Vélez dando a entender que el partido estaba comprado y que se les estaba robando (nuevamente, según lo que dio a entender). Me sigo preguntando si Cappa pensó que nadie le veía (no lo creo, porque -además de ser un profesional del fútbol también es un acreditado protagonista de los medios de comunicación), y me pregunto con mayor insistencia por qué el director técnico negó cualquier tipo de intencionalidad en esos gestos que -reitero- cualquiera que haya seguido el partido pudo apreciar.

Exijo honestidad intelectual de alguien como Cappa, y también debo aplicar esa medida a mi ámbito. Soy hincha de Vélez, y he escrito estas líneas tratando de ser lo más ascéptico posible en el análisis de esta cuestión, aplicando al mismo datos y hechos contrastables e intentando contrarrestar al máximo los pulsos y las emociones.

Agradezco a Cappa su intención (puesta a la práctica en más de una oportunidad) de dar a sus jugadores algo más que nociones tácticas y de preocuparse por la formación humana de su plantel. También la bocanada de aire fresco que representó en su momento la llegada de un entrenador con el cual -mientras las cosas marchaban bien en lo deportivo- se podía profundizar en cuestiones que en lo general están fuera del alcance de la prensa y de los hinchas. También le reconozco la actitud pionera de abrir un blog, a través del cual cualquiera puede enterarse de primera mano de cuestiones como la renovación de su vínculo contractual con Huracán y la polémica salida de algún jugador del seno del Globo.

Echo de menos al Ángel Cappa que analizaba de una manera docente, con sagacidad y picardía, el fútbol en las tertulias y transmisiones de Radio Marca, a través de las cuales aprendí a admirarlo y respetarlo. Ese Cappa se parece muy poco al entrenador de Huracán que visitó el Amalfitani, que da la sensación de regodearse con su rol de víctima, que desconoce los visibles méritos de sus rivales, y que -con sus gestos y dichos durante y después del encuentro- termina por borrar con el codo lo que paciente y prolijamente escribió con letra de molde a lo largo de su paso brillante por los medios de comunicación.

El Cappa de Radio Marca seguramente sigue siendo merecedor de reconocimientos de diferente índole y -por qué no- hasta de un monumento. El Cappa que se ha hecho oir por estos días en Argentina no me resulta digno ni siquiera de la sombra que podría generar esa imaginaria estatua en su homenaje.

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