Histórico
25 septiembre 2009Francisco Ortí

Olegari no era mudo

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Durante la década de los 50 un futbolista sorprendió a toda Barcelona. No jugaba para el Espanyol ni el Barcelona, sino para un humilde equipo de Sarriá, pero su calidad y fortaleza física dejaba atónito a quien presenciara su magistral despliegue sobre el terreno de juego. Se llamaba Olegari y vivía en la calle Loreto. Así fue como lo presentaron cuando llegó a su equipo y poco más se averiguó de él. Era mudo y únicamente se comunicaba sobre el césped. Años después este silencioso futbolista se convirtió en un símbolo del fútbol catalán y español.

Pese a ello a muchos no les sonará el nombre de Olegari. Es normal. Olegari ni era mudo, ni se llamaba Olegari. Fue la identidad que adoptó el mítico Ladislao Kubala durante sus primeros meses en Barcelona. El húngaro llegó a España a escondidas y hasta que se le pudo hacer ficha Pepe Samitier decidió cederle a un equipo de Sarriá para que no perdiera la forma. “Para no levantar sospechas sobre quien era Samitier le dijo: ‘Tú eres mudo y te llamas Olegari’”, recuerda Laszlo Kubala, hijo del ex jugador.

El barcelonés de Budapest sentó cátedra durante los años 50. Lideró a uno de los mejores equipos que ha tenido el Barcelona en toda su historia, el equipo recordado como el Barcelona de las cinco copas. Logró un palmarés envidiable, aunque le quedó pendiente ganar la Copa de Europa, y mucho le señalan como el culpable de que el conjunto barcelonés tuviera que abandonar el campo de Les Corts. Según las crónicas de la época era tal la expectación que levantaba Kubala entre los aficionados culés que no había sitio suficiente espacio en las gradas para alojarles a todos y muchos se quedaban a las puertas del estadio, provocando altercados.

Hasta llegar a convertirse en un mito Kubala tuvo que recorrer un largo y complicado camino. Escapó de Hungría en condiciones infrahumanas y se escondió en Italia. Su esposa y su primer hijo, por el contrario, fueron exiliados en Austria. Kubala no se olvidó de ellos y cada día se acercaba a la frontera para verles. Así, comenzó a entablar amistad con los guardas aduaneros y a disputar improvisados partidos de fútbol con ellos. La amabilidad del húngaro tenía doble intención. Antes de uno de esos partidillos le dijo a su mujer: “Cuando veas que me toco la cabeza cruza la frontera”. Gracias a su picardía y al fútbol pudo reencontrarse con su familia.

Durante su etapa en Italia le quisieron fichar la Juventus y el Milan. Militó durante poco tiempo en el Grande Torino y se libró de milagro del trágico accidente de Superga. “Justo aquel día llegaba mi madre a Turín. Por eso no fue a Lisboa y se libró del accidente”, relata su hijo. Su equipo en Italia fue el Pro Patria. El dueño de una fábrica de Varese creó un club de fútbol para ayudar a inmigrantes. El equipo formado por médicos, abogados, panaderos y Kubala viajó hasta Barcelona para disputar un par de amistosos. En un duelo ante el Espanyol se produjo el enamoramiento. Samitier estaba en la grada y no lo dudó. “Quiero a ese jugador en el Barcelona”.

Samitier no tardó en satisfacer su deseo. Kubala viajó a la Ciudad Condal y tras su breve etapa como Olegari comenzó a escribir algunas de las mejores  páginas  de la historia del Barcelona.  Coincidiendo con el 52º aniversario del Camp Nou, ayer jueves se levantó una estatua para rendir homenaje a quien obligó a construir el estadio culé. Desde el acceso 7 Ladislao Kubala observará para siempre al equipo de su corazón. Lo hará en silencio. Mudo, como Olegari.

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