Histórico
4 septiembre 2009Ariel Judas

La memoria y el camino entre Torino y Rosario

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El Gigante de Arroyito, en la ciudad de Rosario, es un escenario que por siempre estará ligado a la historia grande de la Selección de Argentina. Allí, durante la Copa del Mundo de 1978, la Albiceleste de César Luis Menotti consiguió su pase a la final ante Holanda -luego de derrotar por 2-0 a Polonia, de empatar sin goles ante Brasil, y de golear en un partido que no dejará jamás de despertar suspicacias a Perú por 6-0-.

Ese mismo estadio -el que en los registros de la AFA tiene por nombre Dr. Lisandro de la Torre-, esa misma ciudad (el granero del fútbol nacional), constituyen el marco elegido por el seleccionador Diego Armando Maradona para intentar recuperar el plus que siempre se le supone a la afición argentina, que en el destronado Monumental de Buenos Aires hace tiempo que no aparece debido al mal desempeño que ha tenido el equipo argentino desde el inicio del campeonato clasificatorio sudamericano al Mundial del próximo año .

El Diez es consciente de que el partido del Sábado 5 de Septiembre ante Brasil, por la jornada 15 de las Eliminatorias Sudamericanas, puede marcar en gran medida la suerte de la bicampeona del mundo en su camino a Sudáfrica y su futuro profesional como entrenador. Una caída ante una Verdeamarela intratable desde la llegada del seleccionador gaúcho dibujaría la primera mancha deportiva en el poster eternamente victorioso del ídolo nacido en Villa Fiorito.

La convocatoria de futbolistas que actúan en Europa que ha hecho Maradona para los decisivos partidos frente a la Canarinha y Paraguay es realmente poco cuestionable. También lo es la de los efectivos que actúan en el medio local. La Albiceleste -que acaba de sufrir la baja del volante Jonás Gutiérrez- llega con casi lo mejor que tiene para el choque ante los hombres de Dunga, quien no se ha quedado corto con la lista que preparó desde las instalaciones de Granja Comary.

La Selección de Brasil llegará al Gigante de Arroyito con una delegación plagada de estrellas, de la que hay que borrar al volante Josué, quien ya ha sido sustituido por Sandro.

Si bien desde su regreso al Flamengo aún no ha demostrado haber recuperado la totalidad de su potencial futbolístico, no llama la atención la convocatoria de Adriano en el equipo brasileño. La memoria de Dunga funciona, y por eso el díscolo atacante vuelve a vestirse de amarillo. El Emperador, quien en los últimos años se ha convertido en un verdadero azote de la Selección de Argentina, “se reencontró con la alegría de jugar al fútbol” tras abandonar las filas del Internazionale, según Dunga.

Argentina y Brasil, cada vez más interdependientes y unidos desde el punto de vista geopolítico y comercial, afortunadamente mantienen a flor de piel la enorme rivalidad que existe entre los representativos futbolísticos de ambos países. En pocos días más la ciudad de Rosario (a unos 300 kilómetros al norte de Buenos Aires) será el contenedor del que probablemente sea el mayor clásico de selecciones que exista en el mundo entero. Muchos -de un lado y del otro de la frontera- ven en el enfrentamiento del próximo sábado un choque más relevante del que habitualmente protagonizan los jugadores de los dos equipos nacionales de ambas potencias sudamericanas.

Mientras el coach Carlos Caetano Bledorn Verri mantiene su compostura y evita cualquier enfrentamiento dialéctico previo con con sus próximos contrincantes, la prensa del país pentacampeón del mundo comienza a especular con la posibilidad de que el once de la nación del Orden y Progreso derrote en su casa al mayor rival regional y ponga de esa manera en jaque la clasificación directa de la Albiceleste al Mundial 2010. La eliminación en Italia 90 a manos del equipo dirigido por Carlos Bilardo -con el gol que más grité en mi vida, marcado por Claudio Paul Caniggia- aún escuece en la piel de los torcedores. Dunga y Maradona jugaron ese partido en el Delle Alpi, y hay muchos que ven en el choque de Rosario una posibilidad de revancha de ese encuentro disputado hace 19 años para la selección más exitosa del planeta.

El Diez -en parte por su personalidad incandescente, en parte también porque necesita atizar el carácter de sus jugadores, un factor que hace tiempo que no pesa en los terrenos de juego de Sudamérica- ha optado por declaraciones bastante más elocuentes que las de su contraparte en el banquillo del equipo absoluto de la CBF.

Hace unos días, el seleccionador argentino se manifestó muy confiado en la victoria de su equipo, que está compuesto -en palabras del propio Maradona- por “los mejores jugadores”. Con un criterio acertado, considera que con una victoria el fin de semana la escuadra Celeste y Blanca -que hoy ocupa la cuarta plaza en la Eliminatorias de la CONMEBOL- tendrá prácticamente asegurado su pase a la Copa del Mundo. Pero no dejó las cosas ahí: no se olvidó del referente histórico de los brasileños, Pelé, -blanco habitual de los dichos de Diego-, ni del referente actual, Kaká, -a quien le gustaría tener dentro de su equipo-.

Diego, pese a que reconoce públicamente la labor que ha llevado a cabo Dunga desde su llegada al conjunto nacional brasileño, no se olvida de ese partido en Torino, del guadañazo hecho carne en las piernas del por entonces volante central, y de su pase para que el Pájaro sellara el boleto de regreso a casa para el eterno rival. La castigada memoria de Maradona también funciona. Y creo que encuentra más de un paralelismo entre ese encuentro jugado en el norte de Italia y el del Gigante de Arroyito que aún está por disputarse.

Tal como pasó en 1990, el equipo cinco veces campeón del mundo llega al duelo de Rosario con la chapa de favorito. Elípticamente -siempre fue un gran autor de metáforas- el seleccionador argentino lo reconoce: “A Brasil le ganamos en ilusión”, dijo esta tarde, dejando tal vez para los rivales la superioridad en la parcela del funcionamiento colectivo, el orden táctico, y la mentalidad ganadora. Uno de sus principales cartas de triunfo de los locales, el delantero del Manchester City Carlos Tévez, sintoniza plenamente con el que fuera el Pibe de Oro y se apuntó de pleno a la batalla emocional, esperando que tal vez, de una manera verdadera, los de las camisetas amarillas y los pantaloncitos azules salten al terreno de juego condicionados por la caldera que será -de eso no me caben dudas- el estadio de Central.

En cuanto al talento que atesoran argentinos y brasileños, las cosas están muy equiparadas. Ambas selecciones cuentan con jugadores que por sí mismos pueden decidir el resultado del encuentro. Pero no creo que el clásico se defina en el territorio de las jugadas maestras. Pienso que -por el contrario- el partido dependerá bastante de lo que la memoria emotiva de uno y otro seleccionador puedan plasmar sobre sus respectivos planteles.

La olla a presión de la cancha rosarina -que puede terminar siendo un arma de doble filo para los locales-. La ilusión y ese sentimiento de tener que jugar este partido con el cuchillo entre los dientes que Maradona seguramente quiere contagiar a sus jugadores. El criterio analítico de Dunga -gestor de la que probablemente sea la selección de alto nivel más confiable del mundo. Y el recuerdo vivo de aquel enfrentamiento de 1990. Cuatro disparos de una bengala que estallará para iluminar la cara de todos los aficionados argentinos y brasileños cuando el balón comience a rodar en el cuidado césped en el rectángulo verde del barrio de Arroyito.

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