Histórico
5 agosto 2009Jesús Camacho

Balones de Oro: Simonsen, la estela roja (1977)

allan-simonsenDinamarca para muchos en lo referente al fútbol fue descubierta en los años ochenta, pero fue a finales de los setenta con Sepp Piontek como seleccionador, cuando comenzó la evolución de la ‘dinamita roja’ hacia el éxito. Un éxito que tuvo como punto de partida una histórica victoria sobre Inglaterra en el mítico Wembley, un momento histórico para el fútbol danés que de esta forma coronaba su primera clasificación de la historia para una fase final del Campeonato Europeo de selecciones. Un histórico encuentro en el que la frase «We are red, we are white, we are Danish dynamite» se convirtió en el mejor himno y mayor exponente del fútbol danés, el santo y seña de la Dinamita Roja. Ese fútbol fresco, veloz y de mucho talento que tuvo en Michael Laudrup a su mayor icono y a la selección de 1992 al equipo que hizo cumplir los sueños de los ‘roligans’. Un movimiento surgido del término danés ‘rolig’ que define a la persona tranquila y apacible, absolutamente contrapuesto a los ‘hooligans’. Una nueva forma de animar, de aportar color y ambiente festivo a los estadios europeos con la camiseta de su selección.

Hablamos de un fútbol al que la profesionalización llegó de forma tardía pero que gozó  de categoría de deporte nacional desde mucho antes, un país que cuenta con el primer club de fútbol no británico más antiguo de Europa. El Club de Pelota de Copenhague (Kjøbenhavns Boldklub, KB) creado en 1876. Tradicionalmente exportador de futbolistas desde que Carl «Skoma’r» (Zapatero) Hansen, adquirido por el Glasgow Rangers escocés en 1921, iniciara una larga lista de jugadores que dieron el salto del amateurismo al fútbol profesional. Y es que Dinamarca pese a que obtuvo la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 y la medalla de plata en los de Roma en 1960, mantuvo su condición de amateur hasta finales de los sesenta, por ello sus más destacadas figuras tuvieron que emigrar para hacer carrera profesional. Esa circunstancia privó a la selección de tener un mayor protagonismo a nivel internacional puesto que hasta 1971 los jugadores que jugaban fuera de su país no podían jugar con Dinamarca.

El fútbol danés exportaba sus futbolistas a Bélgica, Holanda, Suiza, Escocia, Estados Unidos y especialmente a Italia y Alemania (donde jugaban las estrellas). Y de entre esas estrellas destaca de forma y manera muy especial Allan Rodenkam Simonsen, un menudo futbolista que apenas levantaba un palmo del suelo. De 1,65 m. de estatura de puro talento y velocidad, sin dudarlo el primer exponente de ese fútbol alegre, fresco y talentoso que nos cautivaría con aquella generación de los ochenta y noventa. La primera bala roja danesa que pegada a la cal comenzó a romper cinturas en el Vejle, club de una localidad situada al sur de Dinamarca. Un encantador enclave de larga tradición pesquera en el que de entre esas colinas boscosas que lo rodean surgió este futbolista tan pequeño físicamente como grande técnicamente.

Un futbolista que en dos años en el Vejle BK dejó su veloz estela de talento y calidad, el tiempo suficiente como para lograr dos campeonatos de Liga y uno de Copa y como para captar la atención del Borussia Mönchengladbach, club al que llegó gracia a la mediación de Henning Jensen. Y allí en la Bundesliga desplegó su fútbol eléctrico, el talento de un jugador que parecía no tener cuello, al que todos los uniformes le venían grandes pero al que el campo le venía pequeño. Una pesadilla constante para sus marcadores, que en el Borussia MG formó parte de un sensacional equipo junto a jugadores de la talla de Berti Vögts (capitán), Rainer Bonhof, Uli Stielike, y Jupp Heynckes. Un equipo que logró hacerse un hueco entre los grandes del fútbol alemán de esa década, que conquistó dos Copas de la UEFA, tres Bundesligas y una Copa de la Liga alemana. Una formación de lujo que logró el primer trofeo de Copa UEFA para Alemania con Hennes Weisweiler como técnico y una tripleta atacante formada por Allan Simonsen, Henning Jensen y Jupp Heynckes. Un equipo y un futbolista que a caballo entre el Rheinstadion de Dusseldorf, feudo de los grandes partidos europeos del Borussia y su coqueto estadio de Bökelberg dejó su impronta de gran extremo zurdo. Esa impronta que le llevó a ser considerado uno de los mejores extremos de su época. Cualidades diametralmente opuestas y que le convirtieron en el candidato idóneo para hacer olvidar a todo un histórico azulgrana como Johann Neeskens.

Y a fe que lo hizo, en Can Barça pronto cautivó el corazón de los aficionados, que le colocaron el apodo de ‘Simonet’. Allan con su físico menudo, desgarbado y su melena rizada convirtió la banda izquierda del Camp Nou en un territorio minado para los rivales. Como azulgrana compartió equipo con históricos como  el “Brujo” Quini, “Tarzán” Migueli, Bernd Schuster, el “Lobo” Carrasco, Hansi Krankl…

Un futbolista más veloz que su propia sombra, de un fútbol desafiante a las fuerzas gravitatorias, reliquia del fútbol por fuera que pegado a la cal encandiló al Camp Nou. Un extremo de enjundia que con la zamarra azulgrana logró la Copa del Rey del 81 y la Recopa del 82 disputada en el Camp Nou, ante el Standard de Lieja, al que derrotó por 2 a 1, con un gol suyo, y otro de Quini a pase de ‘Simonet’. Una camiseta con la que no pudo lograr el título de liga porque se topó por dos años consecutivos con la mejor Real Sociedad de la historia, el secuestro de Quini y la inoportuna lesión de Schuster. Circunstancias que no impidieron que Allan dejara su impronta de genial jugador pero que no bastaron para frenar la imparable llegada al Barça de un chico llamado Diego Armando Maradona.

La incorporación estrella que junto a la normativa vigente que solo permitía dos jugadores foráneos por club precipitó su salida e inició su última etapa futbolística. Una etapa en la que vivió un efímero paso por el Charlton, que no le pagaba lo estipulado en el contrato y un regreso al hogar con el Vejle, en el que una brutal entrada del jugador francés Ivon Le Roux, defensor central, acabó con su carrera. Sus últimos años en activo, en los que fue testigo del nacimiento de una generación afín a su talento y a su talante. Ese que en 1977 le llevó a ser elegido Balón de Oro por delante de dos mitos como Kevin Keegan y Michel Platini.

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