Histórico
23 julio 2009Francisco Ortí

Tipos Duros: Mozer, el generoso niño de Bangu

mozerBangu, una humilde barriada situada en el extrarradio de Rio de Janeiro, es el escenario donde se desarrollaron los primeros años de vida del protagonista de la historia. Era enclenque, débil y sufría problemas para dominar un balón con los pies. En definitiva, el niño de Bangu no reunía la mejor colección de adjetivos para triunfar en el mundo del fútbol. Sin embargo, su sueño era llegar un día a vestir la camiseta de la selección brasileña y estaba decidido a pelear por ello.

Durante su adolescencia probó suerte en las categorías inferiores del Botafogo y el Flamengo, aunque en ambos casos vio como le cerraban la puerta. Las contantes negativas no lograron apagar el sueño del niño de Bangu, sino todo lo contrario. Decidió aliarse con la ciencia y gracias a unas inyecciones de hormonas desarrolló un físico impresionante y creció diecisiete centímetros. En menos de diez meses, el niño de Bangu se había transformado en un espigado joven de aspecto intimidador. Su nombre de guerra sería José Carlos Mozer.

Tras su antinatural explosión física Mozer retocó su sueño futbolístico. Ya no pensaba que marcar goles, sino en impedirlos. Gracias a su potencia esperaba convertirse en uno de los centrales más expeditivos del fútbol brasileño. No tardó en lograrlo. El Flamengo, quien años atrás le había rechazado, solicitó sus servicios y allí comenzó a escribir su leyenda como feroz central. “Prefiero dar que recibir”, explicaba. El generoso lema sería elogiable, de no ser porque hacía referencia a su facilidad para regalar patadas.

Pese a todo, Mozer nunca se consideró un jugador violento: “Yo no soy violento. Soy duro. Violencia es agredir a un rival para intentar lesionarlo. Yo utilizo mi fuerza física para recuperar el balón. Me entrego a fondo pero sin mala intención”. Basile Boli, compañero de zaga de Mozer en el Olympique de Marsella, confesó años después que el zaguero brasileño era capaz de intimidar a los rivales con el único uso de su venenosa lengua. Sus insultos y amenazas susurradas al oído lograban mermar la valentía de los delanteros rivales. Otros comentan que Mozer era aficionado a marcar el terreno desde el pitido inicial y acostumbraba a propinar un fuerte golpe al delantero que le tocaba marcar la primera vez que se cruzaban sobre el terreno de juego.

La apuesta expeditiva resultó beneficiosa tanto para Mozer como para sus clubes. Con el Flamengo logró una Copa Libertadores y una Intercontinental en 1981. Posteriormente, tras un amistoso del Flamengo en Europa, los equipos portugueses se lanzaron a por él y acabó vistiendo del Benfica, con la que alcanzó la final de la Liga de Campeones, pero la perdió en la tanda de penaltis. Sufrió la misma desgracia durante su etapa como jugador del Olympique de Marsella, la más exitosa de su carrera, al caer también en la tanda de penaltis ante el Estrella Roja.

Pese a su exitoso paso por Europa, el gran sueño de Mozer siempre fue vestir la Canarinha, y lo logró en 36 ocasiones, aunque no pudo hacerlo con continuidad. El faustico pacto con la ciencia que aceptó para ser futbolista tenía una contrapartida que no leyó. En la letra pequeña se especificaba que el rápido crecimiento tendría como consecuencia unas articulaciones frágiles. Y estas fueron las culpables de que se perdiera el Mundial de 1986, aunque sí pudo estar en el del 1990.

Actualmente Mozer desarrolla una discreta carrera en los banquillos que le han llevado hasta el fútbol marroquí. El niño de Bangu tuvo un sueño y pagó un precio muy alto para lograrlo. Pese a que el resultado fuera positivo, esperemos que no cunda el ejemplo.

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