Histórico
5 julio 2009Ariel Judas

Se juega como se vive (Juan Fazzini tiene razón)

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No sé si él ha sido quien acuñó la frase. Pero, sin dudas, es quien la instaló en los medios de comunicación. Yo la descubrí escuchando seguramente Competencia, el gran programa vespertino que Víctor Hugo Morales tenía cada tarde en Radio Continental de Buenos Aires. Allí, delante de los micrófonos de la que por entonces era la mejor tertulia deportiva de Argentina, el periodista Juan Fazzini siempre encontraba el momento exacto, el ejemplo perfecto para explicar que al fútbol -y tal vez a cualquier otro deporte- “se juega como se vive”. Conocedor de la idiosincracia de los pueblos a través del fútbol, el Tano es capaz de sacar a la luz los rasgos indentificatorios, distintivos -cada vez más difíciles de encontrar- que aún permiten que nos explayemos sobre, por ejemplo, las diferencias genéticas entre el balompié que se practica en Europa el sudamericano.

Se juega como se vive. La Sâo Paulo industrial, motor económico de la potencia sudamericanal, suele tener equipos de fútbol mucho más ordenados, menos líricos que los que residen en Río de Janeiro. “Si la Volkswagen cierra, se para Brasil”, se decía hasta no hace mucho tiempo en ese país, en referencia a la planta que la empresa de Wolfsburg tiene en las afueras de la megalópolis paulista. Sâo Paulo -el Estado, la ciudad- tienen por obligación producir, ese es el papel que les toca jugar dentro del engranaje social del gigante sudamericano. La Lombardía -un sitio que Fazzini conoce muy bien, ya que es su lugar de nacimiento- cumple en Italia el mismo papel que la región paulista tiene en Brasil. Milano, la capital lombarda, no puede darse el lujo de la pausa, del reposo. Sus equipos de fútbol tampoco.

Miles de ejemplos, miles de juegos mentales que el periodista de la voz ronca nos hace jugar de vez en cuando, cada vez propone dilemas como el de imaginar al Sâo Paulo FC de Muricy Ramalho defendiendo los mismos intereseses estéticos que un Internazioanle a las órdenes del comendatore José Mourinho. Espíritus e intenciones permutables y fungibles, sea que les toque jugar en San Siro o en el Morumbí.

Generoso, Juan Fazzini se prodiga en ejemplos y utilizaciones de su “se juega como se vive”, desde hace algunas temporadas ahora en la sintonía de La Red y dentro del equipo del mejor narrador del espectro argentino -Víctor Hugo está en el Olimpo, intocable… ya no compite con nadie-, Mariano Closs. Mundiales, Copas Libertadores, alguna Confederaciones, partidos amistosos de la Selección. Toda ocasión es buena para aplicar esta frase que divide aguas, que ayuda a poner las cosas en negro sobre blanco. La garra charrúa, la furia española, el fútbol champagne de los franceses, el catenaccio, y muchas otras etiquetas futboleras siempre encontraron una explicación lógica, conectada con la realidad, en boca de el Tano.

Sin embargo, no recuerdo ninguna definición memorable de Fazzini sobre el fútbol de Argentina. Ninguna aplicación del “se juega como se vive” en territorio propio. Seguramente ese análisis se ha hecho, lo he oído, y lo he olvidado. O lo he borrado de mi disco rígido probablemente. Es mi falta. Mi defecto. Argentina no es un país fácil de entender y uno -viva o no viva allí- es parte  de las contradicciones y de la tónica autodestructiva con la que, generación tras generación, se ha ido formando el caracter, la forma de ser de la gente de mi país. Una frase tan genial como “se juega como se vive”, que para mí es de alcance universal, no se puede quedar sin cobertura al llegar a Argentina.

Pero entonces, ¿Cómo se vive, y cómo se juega al fútbol en la tierra que hoy va a definir al campeón del Torneo Clausura 2009?

El fútbol de Argentina vive -en gran parte- de cara al mercado de Buenos Aires y sus alrededores. De los veinte equipos que militan en la primera división (al menos hasta hoy), seis tienen sus estadios dentro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (River, Boca, San Lorenzo, Huracán, Argentinos Juniors y Vélez). Hay uno (Tigre) que está en la zona norte del Gran Buenos Aires, a poco más de media hora del centro de la capital. Otros cinco que están al sur de la ciudad, aunque muy cerca de Buenos Aires (Racing, Independiente, Arsenal, Lanús y Banfield). Y los de La Plata (Gimnasia y Esgrima, y Estudiantes), una ciudad que está a 50 km. de Buenos Aires. Es decir, si tomamos el eje Buenos Aires-La Plata encontramos al 75% de los equipos que juegan en la primera división de Argentina. Si a estos 14 equipos le sumáramos algunos históricos como Chacarita (que en la próxima temporada vuelve a la primera división), Nueva Chicago, el Deportivo Morón, Platense o Ferro Carril Oeste (todos equipos que están dentro del mismo eje geográfico, y que han tenido a lo largo de su historia una presencia sólida en la máxima categoría), podríamos tener perfectamente una primera división de espaldas al interior del país.

Pese a esta concentración de poder que suma la capital argentina en lo futbolístico (y en lo que es ajeno al balompié también, por supuesto), existen excepciones a esta regla, y en la temporada que hoy termina tenemos a tres equipos de la provincia de Santa Fe (Colón, Rosario Central y Newell’s), uno de la provincia de Mendoza (Godoy Cruz), uno de Jujuy (Gimnasia y Esgrima de esa provincia), y un equipo que ha representado este año a Tucumán (San Martín).

En tiempos de una economía tan ajustada (para entidades grandes y chicas) pensar en la subsistencia de equipos del interior argentino en el futuro se me ocurre cada vez más difícil. Solo Central y Newell’s (dueñas de las mejores canteras del país, eternas productoras de talento de exportación) y tal vez Talleres de Córdoba (si logra superar la enorme crisis institucional por la que atraviesa) tendrían capacidad de coexistir en un campeonato cada vez más porteño.

En la década de los setenta existía el llamado Campeonato Metropolitano (con clubes de Buenos Aires y alrededores, más los rosarinos y alguno de la provincia de Córdoba), que coexistía a lo largo de la temporada con el Campeonato Nacional, del que también participaban clubes del interior del país, con nombres míticos como los de Altos Hornos Zapla, Loma Negra, Chaco For Ever, Instituto, y tantos otros que están allí, abandonados en los rincones de la memoria. En los hechos, la primera división argentina ha vuelto a ser un Campeonato Metropolitano, mientras que el Nacional B -la durísima segunda división argentina- es el auténtico torneo federal del país, donde los clubes del interior encuentran “su” competición. Y aquí encuentro una aplicación útil al “se juega como se vive”. Argentina, que declama ser un país federal, pero en los hechos tiene una administración  y una articulación absolutamente unitaria, tiene una liga de primera división acorde con esa situación.

En Argentina se vive -especialmente en las grandes ciudades- un clima palpable de inseguridad. Una inseguridad de diversas escalas, con varios matices. Desde actos de raterismo, o actitudes vandálicas “menores”, hasta el horror de los secuestros extorsivos. El fútbol podría ser una vía de escape, un sitio donde sentirse seguro durante un par de horas. Pero no lo es. Son pocos los estadios del país en donde uno puede sentirse medianamente seguro. Y esto no es por la infraestructura de los escenarios deportivos, por sus vías de escape, por los sistemas anti-disturbios que allí puedan haber sido instalados. Lo único que te da un mínimo de tranquilidad, de seguridad, es el grado de irascibilidad de los ultras de la cancha que decidas visitar. Competitivos como pocos en el mundo, los argentinos también tenemos un ranking, un campeonato de violencia, en el que algunos clubes ostentan el horrendo título de albergar en sus graderías a las hinchadas más agresivas y hostiles del país. Para muestra bien vale un botón. En el partido en el que esta tarde se definirá el campeonato -protagonizado por dos aficiones que decididamente no están entre las más radicales de la primera división- la Policía Federal argentina ha destacado un batallón de casi mil efectivos uniformados, y otros tantos “de civil”, que se mezclarán con el público.

“Se juega como se vive” también en lo económico. Argentina, otrora una nación rica y sin urgencias, es hoy un país endeudado y permanentemente angustiado por su futuro financiero. Los argentinos -y esto es algo que ni siquiera se te quita de encima tras vivir durante más de seis años fuera del país- tenemos una obsesión casi innata por asegurarnos un ingreso de dinero estable, lejos de los vaivenes de la política y de los gobiernos de turno. Por eso muchos hemos optado (no solo por esta cuestión, pero sí considerandola como un factor importante) por salir, buscar sitios donde la economía no sea un elemento de angustia e incertidumbre. Los futbolistas argentinos no son ajenos a esa situación. Los atrasos en el pago de sus sueldos. Las componendas extrañas a las que deben someterse cada vez que renuevan o firman con otro equipo con respecto a la percepción de primas. La virtualidad que tienen muchas de las cláusulas firmadas en sus contratos (y si no, que le pregunten a Martín Palermo o a Radamel Falcao García). Todos estos son factores que hacen que cuando el club o el representante se acercan para comentarles que hay una oferta del Aris Salónica, del Al-Sadd o del Indios de Ciudad Juárez  los jugadores tengan por respuesta casi inmediata un “sí, quiero”. Postergan el hecho de brillar en una liga que siempre ha sido una referencia en el mundo en pos de asegurar su presente y futuro económico. Una actitud absolutamente entendible.

“Se juega como se vive” en Argentina. En un marco de creciente inestabilidad y combustión social. Con violencia, y sin demasiado dinero. Con prisas. Y sin demasiada visión de futuro. Con las maletas listas para huir en cualquier momento. Nuevamente, Juan Fazzini tiene razón.

En apenas unas horas, Huracán y Vélez jugarán una final no planificada en el Amalfitani por la última fecha del Clausura 2009. Primero y segundo definirán al campeón del primer semestre en Argentina. Muchos quieren ver en el partido de hoy un enfrentamiento de escuelas, de maneras de entender el fútbol.

La de Ángel Cappa -un exégeta del menottismo-, que con un Huracán en el que brillan talentos como el de Mario Bolatti, Matías Defederico, Javier Pastore y César “el Maestrico” González, se ha convertido en el adalid de lo que los medios y buena parte de la afición han dado en llamar “el fútbol que le gusta a la gente”. Todo el mérito es de Cappa y sus jugadores, que se hicieron cargo de un Huracán que olía a descenso, y que le han puesto en seis meses puntero y a solo un partido de ser nuevamente campeón, algo que en Parque Patricios no se ve desde 1973. Ángel Cappa -dentro de la fauna de entrenadores de la liga argentina- me recuerda al personaje de Roberto Benigni en La vita è bella. En medio de tanto picapedrero, con pocos medios, con la prensa que en un principio le ha ignorado y en algún momento ninguneado, Cappa ha demostrado que aún en medio de un bombardeo se puede jugar un fútbol de toque, buscando la excelencia, sin temor al ensayo y error (que por cierto, ha tenido muy pocos en este certamen).

Y la visión, el trabajo de Ricardo Gareca. Un entrenador al que los intelectuales del fútbol argentino han tildado de pragmático, un rótulo que sin lugar a dudas encorseta todo el trabajo del ex delantero centro. El Tigre, un director técnico fogueado tras entrenar a varios equipos de Argentina y de algunos otros países en Sudamérica, se encontró con una plantilla casi de lujo para el medio local. Una pequeña obra maestra de Christian Bassedas, hoy secretario técnico del club del barrio de Liniers, quien aprovechando los dólares, euros y libras que habían quedado en el club por las transferencias de jugadores como Mauro Zárate o Jonás Gutiérrez, fichó con muchísimo criterio, y repatrió a algunos jugadores nacidos en la cantera de Vélez que -tras foguearse durante algunas temporadas en Europa y México- regresaron al país. Nombres como los de Maxi Moralez, Hernán Rodrigo López, Fabián Cubero, Emiliano Papa o Víctor Zapata -solo por citar a un puñado- han hecho de este Fortín un equipo contundente, directo, con mucha personalidad, y que de ninguna manera renuncia al toque.

Una final sin grandes. Una final de dos clubes de barrio. Una final humilde desde el punto de vista mercantilista y mediático. Una final que tal vez pueda servir como argumento para la reconstrucción y para volver a vertebrar a la liga argentina. Un histórico que vuelve por sus fueros a base de buen fútbol, y un chico que a fuerza de logros y solidez institucional no ha dejado de estar en los primeros planos de la competición local. De ambos todo el resto de la liga argentina tiene cosas para aprender, conclusiones positivas para poder aplicar en su propia casa.

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