Histórico
7 julio 2009Jesús Camacho

Balones de Oro: El torpedo de Nördlingen (1970)

gerd-muller“Entre todos los grandes jugadores como Wolfgang Overath, Günther Netzer, Karl-Heinz Rummenigge o Paul Breitner, Gerd Müller es para mí el mejor. ¡Era imparable! El Bayern debe su grandeza a Gerd Müller. Sin los goles de Gerd aún estaríamos en el almacén de la calle Säbener”.

Esas palabras se las dedicó Franz Beckenbauer a Müller en un repaso mental a su carrera y a los compañeros con los que había compartido vestuario. Viniendo de quien vienen podríamos llegar a la conclusión de que Gerd fue un portentoso futbolista a nivel físico y técnico pero nada más lejano a la realidad.

Müller en cambio nunca fue un portento a nivel técnico, además físicamente llamaba la atención por poseer una estructura corporal un tanto peculiar. Tenía piernas cortas, un tronco rechoncho y no era lo suficientemente alto. Era en definitiva el prototipo perfecto para ser aquel chico al que todos eligen el último en aquellos callejeros e improvisados partidos que muchos hemos jugado.

Y por lo vivido por Gerd en los primeros años de su vida la situación parecía no tener solución de continuidad. Cuenta su historia personal que aquel joven natural de Nördlingen, pasaba las horas muertas en la cadena de distribución de una empresa textil en la que trabajaba pero cuenta la misma, que entre descanso y descanso, una luz se encendía en su cabeza y soñaba con emular a genios goleadores alemanes como Morlock o Rahn. Pocos sabían entonces que aquel chico llevaba en la sangre el gol, en su ADN portaba el “gen nº 9”, aquel que convierte a un futbolista en letal artillero, protagonista del gran duelo al Sol que en cada partido se vive sobre la hierba.

Precisamente en el equipo de su tierra, el TSV 1861 Nördlingen, intentó romper con su presente y mirar cara a cara a su destino pero su técnico dio el primer revés a su intensa vida onírica:

- En esto del fútbol no llegarás muy lejos. Mejor dedícate a otra cosa.

Fue el inicio de una intensa lucha personal por demostrarse a sí mismo y a los demás de que el destino le tenía reservado un lugar de privilegio en el Olimpo de los grandes goleadores.

Una lucha que continuó sin aliento puesto que tras su fracaso personal en el Nördlingen el destino le colocó en un por entonces modesto club del campeonato regional del sur de Alemania llamado Bayern de Munich.

Fue entonces cuando se produjo el primer ‘deja vu’ de su vida, fue al encontrarse cara a cara con un joven llamado Franz, aquel día tuvo la sensación de que lo conocía, de que había vivido ese momento pero solo era conexión, esa sensación que se tiene cuando el destino te coloca frente a frente a la persona con la que harás grandes cosas. Pero antes de todo ello Gerd trabajó, sufrió y pulió sus defectos en silencio, soportando la peculiar forma de motivar que tenía su técnico, Tschik Cajkovski. Que le mandaba pesadas cargas de profundidad a través de la prensa con declaraciones de este tipo:

‘No puedo colocar a un pequeño elefante entre purasangres’. ‘Este chico es un molinero gordito’.

Ese delantero ‘paticorto’ soportaba estoicamente su situación, trabajando y mejorando a la espera de una ocasión propicia en la que reivindicarse, una oportunidad que le llegó tras una plaga de lesiones, en 1965. Una ocasión en la que aquel patito feo se convirtió en cisne, cuando dio rienda suelta a su personalidad, a su propio estilo. Entonces sus cortas piernas fueron vistas de otra forma, constituían el poderoso tren inferior de un atleta con un extremadamente bajo centro de gravedad, un delantero que se descubrió a sí mismo, que saltaba mucho, que giraba como una peonza y a velocidad de vértigo y que sobretodo siempre estaba en el sitio y tenía un cañón en su pierna derecha.

Gerd era lo más alejado a nivel estético de un número nueve pero le llegaba un ladrillo y lo convertía en oro puro, en gol. En su caso no importaba la forma en que llegara el balón a la red, el caso es que siempre acababa “durmiendo” en el mismo lugar: las mallas del portero rival.

Así fue como inició una meteórica carrera en el Bayern, donde permanecería durante 15 temporadas, en las que ganó 4 Bundesligas, 4 Copas de Alemania, 1 Recopa, 3 Copas de Europa consecutivas, en 1974 ante el Atlético de Madrid, en 1975 ante el Leeds y en 1976 ante el Saint Etienne. A las que siguió la conquista de la Copa Intercontinental de 1976 ante el Cruzeiro brasileño. Títulos conquistados con la inestimable contribución de un futbolista que pasó a ser conocido “Bomber der Nation” (bombardero nacional) ó “kleines, dickes Müller” (pequeño, gordito Müller) este último apodo fruto de la inventiva de Tschik Cajkovski, que le llamaba así en tono cariñoso. Un Chajkowsky que poco antes de morir reconoció que fue el goleador más grande que conoció en su vida.

Aquí en España todos le conocemos como “Torpedo” Müller aquel futbolista que junto a Maier y Beckenbauer conformaban la conocida como “Santísima Trinidad” del conjunto de Munich.

Goleador irrepetible que con la selección alemana pudo brillar tan alto como aquellos ídolos con los que soñaba en su juventud. Y es que desde su debut ante Turquía un 12 de octubre de 1966 no hizo otra cosa que batir registros goleadores. En 1970 en su primer Mundial en México, fue máximo anotador del torneo con diez tantos y mostró su carta de presentación al Mundo, dos años más tarde siguió haciendo historia al volver a ser máximo goleador y al anotar dos de los tres goles con los que Alemania fue campeona de Europa venciendo en la final a la URSS. Y en 1974, en su país, le llegó la consagración mundial. Un 7 de julio de 1974 Gerd Müller, una vez más fue absolutamente decisivo en aquella final ante la mítica Naranja Mecánica de Cruyff, ante la que anotó el gol que le dio el título. De esta forma tan brillante se despidió de la selección nacional, sellando su legendaria trayectoria con un gol que valió por un Campeonato del Mundo.

Uno de los muchos goles de un estela incomparable, registros inalcanzables para un mortal. Solo un letal “Bombardero” como él habría podido ser en siete ocasiones máximo goleador de la Bundesliga, marcar más de 600 goles, 365 en 427 partidos en la Bundesliga, récord no igualado y anotar 68 goles en 62 partidos como internacional. Müller copó los máximos títulos individuales europeos de los años setenta, consiguiendo 2 botas de oro, 1 bota de plata, 2 botas de bronce, 2 balones de bronce y el Balón de oro concedido en 1970, tras su exhibición en México 70.

Por eso entró en el Olimpo de los grandes goleadores alemanes para cumplir su sueño y hablar de tú a tú a Rahn, a Morlock, a Seeler…

Y es que Müller siempre fue un ganador, por ello cuando comenzó a perder la batalla con el alcohol recibió la ayuda de Franz, que volvió a mirarle cara a cara y no le dio la espalda. Ese elegante defensor con alma de delantero, uno de esos amigos que se sentían en deuda con un molinero gordito que contribuyó a hacerlos más grandes aún de lo que ya fueron.

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