Histórico
25 junio 2009Jose David López

Rey de Río, Dios en Soweto

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Exteriorizar alegría y optimismo es el mejor bálsamo para afrontar problemas. Lo recomiendan expertos en psicología pero, evidentemente, en tiempos de recesión económica mantenerse fresco y emocionalmente activo es una tarea al alcance de unos pocos dadivosos. Pese al mal momento financiero que atraviesa el planeta, jamás faltarán rincones para regocijarse. Uno de ellos está enclavado históricamente en Río de Janeiro. Enormes montañas de granito emergen de doradas playas, impecables edificios coloniales conviven con los modernos rascacielos de cristales, así como bosques esparcidos en medio de grandes zonas residenciales. Una ciudad de contrastes.

Tierra de diversión y frivolidad, calles peligrosas e imprevisibles bajo la protección del impotente Cristo Redentor, un símbolo del amor y una llamada a la fraternidad de un pueblo enloquecido y pasional con todo lo que le identifica. La capital mundial del calor es una ciudad llena de vida, que adora la playa, la samba, el carnaval y, por supuesto el fútbol, que desde hace años tiene un lugar reservado a su propio Rey en la misma cúspide del Cerro de Corcovado. Allí, junto al Cristo, defensor de la ciudad, aparece Joel Santana, el guardián del fútbol carioca. El Rey de Río.

Desencantado por su escasa aportación como jugador a un deporte que tanto amaba desde su infancia (fue un central que en nueve años profesional sólo dejó detalles en el Vasco de Gama), no tardó en encontrar su suntuosidad aventurera y marcharse al otro lado del mundo para aprender en silencio. En Arabia, en los Emiratos, sin la obligación resultadista, se instruyó durante cinco largos años en la penumbra del modestísimo y desconocido Al Wasl, que como él mismo ha reconocido posteriormente, fue clave para organizar sus ideas, completar una formación futbolística demasiado inocente y ampliar sus miras de futuro pues jamás encontraría obstáculo si meditaba cada paso con lógica y serenidad. Y así, con una gratificante paz interior pero sin ningún título en media década, su querido Vasco de Gama le dio la oportunidad de redimirse en su país, ante los que habían sido sus hinchas y en su ciudad. Fue el principio de una historia de amor. El inicio de la leyenda ‘santanista’.

Con el equipo Bacalhau, al que ha dirigido hasta en cuatro ocasiones, se estrenó como técnico en su país en 1986 y aunque apenas fueron unos meses (lo breve de sus proyectos ha sido algo constante a lo largo de su carrera), sembró la primera semilla que florecería años más tarde. Tras cuatro años más por el fútbol árabe, regresó al Vasco de Gama para triunfar e iniciar una década irrepetible de títulos, resultados históricos, noches épicas y gloria ininterrumpida en todos y cada uno de los banquillos que ocupó. En 1992 logró su primer campeonato carioca con Vasco, que repetiría un año más tarde. A partir de entonces su nombre logró una trascendencia enorme en el país y sumó éxitos incesantes allá por donde pasó. El Campeonato Bahiano en 1994 con el Bahía, el Carioca en 1995 con Fluminense, el del 96 con Flamengo y en 1997 con Botafogo, con lo que cumplía algo irrepetible y al alcance de los más grandes. En apenas cinco años había dirigido y llevado al título a los cuatro gigantes de Río de Janeiro, una heroicidad que le sirvió para que todos le traten como el Rey de Río.

Incesantes cambios de banquillo dentro del fútbol brasileño le llevaron a su primer título continental con la Copa Mercosur del año 2000 (Vasco de Gama) y en 2002 volvió a Bahía para dirigir al Vitoria y colocarlo de nuevo en lo más alto. Con nada menos que ocho títulos nacionales en una década, Santana se especializó en el arte de lo opuesto, en la epopeya de quien se ve al borde del caos y necesita un icono referencial para olvidar la pesadilla. Así, fue contratado sucesivamente como ‘salvador’ de equipos que luchaban por el descenso y logró la hazaña en todas ellas. La última fue llevar a la Libertadores a un Flamengo que había cogido en penúltima posición (lo dejó tercero). Un profesor adelantado, un catedrático del juego defensivo con laterales muy profundos y velocidad en tres cuartos de campo para jugar a la contra pero, sobre todo, un amante de los retos que quiso aventurarse al más atractivo de toda su vida en Sudáfrica.

Este chófer de ilusiones y sonrisas llegó al país más meridional (y alegre) de África en abril del pasado 2008 y en apenas un año ha sacado a relucir todo el carácter ganador de un país avocado a la catástrofe con su antecesor, un Parreira al que le quedó grande semejante reto. Ser el anfitrión del primer mundial en suelo africano no es nada fácil y estar a la altura de las esperanzas que el pasional pueblo de Soweto ha puesto en sus chicos, se convirtió hace tiempo en la tarea más laboriosa y sacrificada de Joel.

Para ello administró profesionalidad (motivo por el que McCarthy o Morris no están en sus planes), decidió confiar en las nuevas generaciones (su equipo tiene una media de edad muy baja) y dio paso a aquellos jugadores desconocidos que triunfan en el campeonato nacional (Modise, Gaxa o Khune son claves en el equipo). Los inicios fueron terribles, las críticas también y aunque la clasificación para la próxima Copa África ya es historia, su única meta está fijada en el verano del 2010. Esta Confederaciones, al menos, mantendrá la esperanza pues estar en semifinales ya es una buena noticia que habla de progresión, por más que ‘su’ Brasil, cuna y trampolín de Santana, acabe echándole del torneo. El Rey de Río quiere ser Dios en Soweto a costa de sus raíces.

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