Histórico
3 junio 2009Ariel Judas

Nadie atiende el celular de Dios

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El fútbol que se ha jugado en Argentina en los últimos quince años no puede explicarse sin la mención de los nombres de los entrenadores más influyentes que ha tenido la competición local recientemente: Ramón Díaz, Marcelo Bielsa y Carlos Bianchi.

El Pelado destacó (y, en menor medida, lo sigue haciendo) por su excelente gusto a la hora de elegir a los integrantes de sus equipos, por ser uno de los directores técnicos que más oportunidades ha dado a los jugadores de las divisiones inferiores (Ramón ha hecho debutar en primera división a muchas de las estrellas que River Plate ha dado al mundo del fútbol en los noventa y durante la primera década del siglo XXI), y por insuflar a sus equipos de un espíritu ganador a prueba de casi cualquier adversidad. El riojano -una especie de José Mourinho a la argentina, dueño de una de las lenguas más afiladas del Cono Sur- jamás ha dejado indiferente a nadie. Idolatrado por la casi totalidad de la masa millonaria y resistido -por ser suaves- por xeneizes y el resto de la comunidad futbolera argentina.

El Loco, primero con Newell’s y luego con Vélez, demostró que con equipos carentes de nombres rutilantes se puede llegar al máximo nivel del fútbol sudamericano, en base al trabajo metódico y al estudio y la innovación táctica, una asignatura pendiente para los entrenadores argentinos y latinoamericanos en general. Muy pocos -Manuel Pellegrini, Héctor Cúper, Luiz Felipe Scolari, Vanderlei Luxemburgo- han alcanzado recientemente cierto grado de reconocimiento internacional y han estado el frente de proyectos importantes en Europa. Bielsa -que tuvo un brevísimo paso por la liga de España antes de ser nombrado seleccionador de Argentina- es el director técnico más innovador que ha dado el balompié latinoamericano desde la irrupción en los años setenta y ochenta de nombres como los de Telé Santana, César Luis Menotti, Francisco Maturana y Carlos Salvador Bilardo. Tras una paradójica gestión de la Albiceleste -realizó una de las mejores eliminatorias de toda la historia, y pocos meses después quedó eliminada en la primera ronda de la Copa del Mundo de 2002- el corazón leproso de MB se llamó a silencio. Un ostracismo que rompió cuando fue contratado por la federación chilena antes del inicio del proceso de clasificación a Sudáfrica 2010. Al frente de una rica y muy trabajada selección, Marcelo Bielsa -hoy por hoy el seleccionador con el sueldo más alto de América del Sur- vuelve a estar en boca de todos por conseguir, de momento, el acceso directo de la Roja al próximo Mundial.

Pero, sin menospreciar la producción y la foja de servicios de Díaz, Bielsa, o cualquier otro director técnico que haya actuado en los últimos tres lustros en Argentina, la huella más profunda, el palmarés más valioso, la sombra más larga es la de Carlos Bianchi, el Virrey.

El ex delantero centro -uno de los máximos goleadores de la historia de los torneos de primera división a nivel mundial- regresó desde su exilio francés en 1993 para llevar a un equipo humilde, Vélez, a convertirse en campeón del mundo en una final inolvidable ante el AC Milan. Ese paso fulgurante por el club que vive a caballo entre los barrios de Liniers y Villa Luro -con el que obtuvo el Torneo Clausura de 1993, el Apertura de 1995 y el Clausura de 1996, además de la Copa Libertadores y la Intercontinental de 1994, y la Copa Interamericana de 1996. El Fortín de la era Bianchi era una auténtica legión romana, que arrasaba allí por donde pasaba, con una cuota de talento que jamás fue desbordante, pero que sí tenía un entusiasmo gigantesco, un grado de concentración enorme y un convencimiento rayano en lo irracional, que permitió a un colectivo de antihéroes voltear a cualquier equipo que se le pusiera por delante.

Desde aquella época nos llegan nombres como los de Roberto Pompei, José “Turu” Flores, José Basualdo, Christian Bassedas, Mauricio Pellegrino, Omar  Asad, o Roberto Trotta, que no consiguieron brillar en ningún otro equipo de la manera en la que lo hicieron en ese Vélez Sarsfield. El alfa y el omega de esa plantilla era su portero, José Luis Chilavert, el jugador más determinante que un servidor haya podido ver sobre un terreno de juego hasta el momento, con perdón del sacrilegio que para muchos pueda suponer esta afirmación. El ascendiente del entrenador sobre ese equipo siempre fue enorme, como relataron en más de una ocasión los mismos jugadores.

El Carlos Bianchi de esa época era un personaje nuevo, desconocido, distante de los medios de comunicación, que oxigenó -y de qué manera- el panorama local del fútbol argentino. El Virrey regresaba al país con un discurso completamente diferente al que estaba impuesto y aceptado en la escena nacional. Tácticamente hablando, se aferró al 4-4-2, que siempre le proporcionó excelentes resultados. Pero el aspecto revolucionario de Carlitos no estuvo dado por la manera en la que desparramaba a sus jugadores sobre el verde del Amalfitani, sino por el cambio radical que efectuó en la gestión de las plantillas que le han tocado en suerte. Bianchi -especialmente el de esa primera etapa en Vélez- fue docente, sabio consejero en asuntos personales de sus pupilos, impecable en el trato a sus rivales y exquisito en su relación con los medios de comunicación. Cosas simples, que le hicieron ser simplemente grande. Esto le situó a miles de kilómetros de distancia de quienes fueron sus colegas de profesión por aquellos años. En mi vida solo oí hablar públicamente a cuatro entrenadores argentinos (Menotti, Bilardo, Bielsa y Bianchi) sobre la importancia del grado de educación e instrucción de sus jugadores y de la población en general. Por ese entonces -hablo de los mediados de la década de los noventa- eran impagables las tertulias radiofónicas entre Victor Hugo Morales y el protagonista de esta entrada, en las que de lo que menos se hablaba era de fútbol.

Carlos Bianchi ganó todo lo que podía ganar con el equipo del que jamás fue hincha de niño (siempre fue reconocido seguidor de River Plate), pero en el que lo dio todo como jugador (es el máximo goleador histórico de Vélez) y como entrenador (no hace falta decirlo, ha sido el DT más ganador del club de la V azulada). Solo prometió volver a trabajar en el equipo del barrio de Liniers para ayudar a el Fortín a salvarse del descenso o hacerlo regresar a la primera división, una situación que desde su salida -y en gran medida, por el legado de su filosofía de trabajo él mismo impuso en su momento- jamás se ha producido hasta el momento.

Tras tres años de idilio velezano el Virrey hizo sus maletas para iniciar una breve, frustrada y frustrante aventura en la Serie A de Italia al frente de la Roma.

1998 fue el año del regreso de Bianchi al fútbol argentino, nada más y nada menos que para tomar las riendas de un gigante sudamericano como es Boca Juniors. Si lo realizado al frente de un equipo como Vélez le aseguró para siempre un lugar en los manuales de historia del balompié de su país, lo conseguido con la escuadra xeneize lo catapultó definitivamente al primer plano global. Más allá de los cuatro títulos de liga que consiguió con el equipo azul y oro (Torneo Apertura 1998, 2000 y 2003, y Torneo Clausura 1999), el equipo vivió su época más brillante a nivel internacional, con la obtención de la Copa Libertadores de los años 2000, 2001 y 2003, además de la Intercontinental de 2000 y 2003.

El predominio del Boca de esa época en Argentina y en el continente americano le convirtió en un auténtico rodillo. Con nombres como Óscar Córdoba, Jorge Bermúdez, Mauricio Serna -qué importantes fueron los colombianos en ese primer Boca de el Virrey-, Guillermo Barros Schelotto, Martín Palermo, Roberto Abbondanzieri, Juan Román Riquelme, Walter Samuel, Rodolfo Arruabarrena, José Basualdo, Diego Cagna, Sebastián Battaglia, Carlos Tévez, Marcelo Delgado o Hugo Ibarra -solo por traer a la memoria a algunos de los jugadores más representativos de la administración Bianchi del equipo de la Ribera- el entrenador nacido en 1949 consiguió su punto más alto de trascendencia a nivel mundial, que le valieron la contratación por parte del Atlético de Madrid (una nueva experiencia fallida en Europa) y ser un permanente candidato a entrenar a los equipos más poderosos de México, e incluso a la selección de ese país.

El Virrey -irremediablemente- cambió con su llegada a Boca Juniors. El acoso que la prensa ejerce sobre un equipo de alcance mundial como es el xeneize han la repercusión de todo lo que envuelve a lo que el ex presidente Mauricio Macri bautizó alguna vez como el Mundo Boca han modificado -en parte- la forma en la que el entrenador es percibido por la opinión pública en Argentina. Al mando de un gigante como el primer equipo azul y oro, Carlos Arcecio Bianchi cobró noción de su poder en el medio local, lo que le llevó a aventurarse en enfrentamientos públicos con Macri, con el presidente de la federación argentina -Julio Grondona-, y con la máxima deidad del fútbol vernáculo, Diego Armando Maradona. La falta de entendimiento con estas dos últimas personalidades le ha valido el veto -que parece eterno- para poder asumir en algún momento de su carrera como entrenador de la Albiceleste.

Más allá de los incuestionables méritos que Carlitos ha tenido a lo largo de su carrera como entrenador en Argentina, una frase ha estado siempre asociada a su persona desde que en 1993 se hizo cargo de Vélez. A un estratega de los quilates de Bianchi, para alcanzar el grado de grandeza que el ex goleador ha conseguido, siempre debe acompañarle cierto de grado de fortuna, siempre es preciso que en momentos puntuales de su carrera la fortuna le sonría. Toda aquella teoría de que la suerte hay que buscarla y no esperar sentado a que esta se digne a aparecer. Y el Virrey ha tenido muchísimos momentos de gracia… tantos, que entre la afición y los medios de comunicación se comenzó a acuñar la frase que aseguraba que Bianchi tiene el celular (el teléfono móvil) de Dios. Un celular que desde la década de los noventa y hasta ahora sonó muchas veces en las canchas argentinas. Tal vez la llamada más afortunada, o la que llegó en el mejor momento fue esa que -en una histórica eliminatoria por la Copa Libertadores del año 2000- le sugirió el ingreso por unos minutos de un lesionado Martín Palermo que -en una pierna- marcó el gol que dejó al eterno rival fuera de combate.

Carlos Bianchi regresó a Boca a principios de 2009. No como entrenador, sino como manager, o secretario técnico. Ya no con Mauricio Macri como presidente del club, sino con Jorge Amor Ameal como máximo mandatario xeneize. Con Carlos Ischia -su ayudante durante muchos años- como director técnico del primer equipo, y con una plantilla que en los últimos días de Diciembre de 2008 se coronó como campeona del Torneo Apertura.

Un panorama apacible, que hacía presuponer una garantía de varios meses de tranquilidad en Casa Amarilla y en las entrañas de la Bombonera. Sin embargo, el Boca de este primer semestre de 2009 ha mostrado la peor cara posible de los última década. Una eliminación temprana en la Copa Libertadores -el reconocido máximo objetivo del club en esta primera parte de la temporada- y una lamentable campaña en el Clausura ha desgastado hasta lo indecible la relación de la afición y la dirigencia con Ischia. Los pesos pesados de la plantilla -Riquelme, Palermo- han vuelto a sacar a la luz sus antiguas diferencias. Y existe la sensación en el aire del barrio de La Boca de que si no se toman medidas de fondo rápidamente, la sucesión de éxitos que se han encadenado desde el desembarco de Bianchi podrían licuarse, esfumarse en medio de la constante vorágine que envuelve a la liga argentina.

El pasado domingo Boca cayó ante Vélez por 2-0, y el reloj de la impaciencia boquense comenzó a acelerase. Bajo el eufemismo de una  renuncia pactada, el club decidió despedir a Carlos Ischia, quien tiene contrato con el club hasta el 31 de Diciembre. Anunciada esa medida, todas las miradas voltearon hacia Bianchi.

¿Qué solución podría ser mejor que la de entregar el mando del plantel a quien inició once años atrás el ciclo más exitoso del club? ¿Quién podría gestionar mejor que Bianchi la salida o finalización de carrera de algunos nombres históricos del primer equipo y dar mayor protagonismo al cúmulo de buenos jugadores que vienen empujando desde los subsuelos de Boca?

Una vez dictada la sentencia de muerte futbolística en contra de Ischia el club tuvo que salir a explicar los motivos por los cuales Carlos Bianchi está en su derecho a negarse a hacerse cargo del equipo. Al asumir su función como manager del club, el Virrey impuso en su contrato una cláusula por la cual él no podría asumir directamente la posición de entrenador inmediatamente después de que Ischia finalizara su ciclo. Los dos Carlos son amigos desde la década de los ochenta, cuando ambos jugaron juntos durante algunas temporadas en Vélez. De esta manera Bianchi quiso asegurarse evitar quedar salpicado por una eventual salida conflictica de su colega, que es justamente lo que está sucediendo ahora.

Ischia seguirá al mando del equipo de Boca hasta la finalización del Clausura. En estas pocas semanas que restan para que culmine el campeonato el club de la Ribera debe encontrar un sustituto de fuste, que devuelva a Boca al primer plano de la competición local y que le permita realizar una buena Copa Sudamericana.

Pese a lo firmado en el contrato, los dirigentes del club intentan convencer a Bianchi para que revea su negativa a entrenar al primer equipo. El pasado viernes Ischia dio su visto bueno al hecho de que su amigo sea quien le suceda en el cargo, restando carga moral a un hipotético cambio de parecer de el Virrey. El secretario técnico -pese al clamor popular que existe entre la afición boquense para que cambie de actitud- se mantiene en sus trece, y amenaza con renunciar si sigue siendo presionado por los directivos del club para que acepte ser -nuevamente- el entrenador xeneize.

Bianchi -ajeno a las súplicas- estaría dispuesto a involucrarse un poco más en el día a día del primer equipo de Boca siempre y cuando el mismo esté a cargo de un entrenador. La idea original del club había sido la de nombrar en esa posición (¿Un DT títere?) a algún histórico de la primera plantilla que manejó Carlitos a partir de 1998. Inmediatamente surgieron dos nombres: el del ex defensa central Jorge “El Patrón” Bermúdez (con alguna experiencia como entrenador en la primera división colombiana, pero resistido por un sector de la Comisión Directiva del club), y el del otrora polivalente José Basualdo (hoy director técnico del Santiago Morning, una de las sorpresas del actual Torneo Apertura de Chile, clasificado para jugar los playoffs de esa liga. Pocos creen que Pepe podría estar dispuesto a sacrificar un presente como protagonista en Chile y cambiarlo por un papel como actor de reparto en Argentina).

También se barajó el nombre de Abel Alves -entrenador del equipo de reserva- y el de Gustavo Alfaro, un entrenador que es del gusto de Bianchi, pero que no ha cuajado dentro del club debido a sus recientes malas campañas al frente de San Lorenzo y Rosario Central. La opción de Edgardo Bauza de momento está en la nevera, debido a la alta ficha que pediría el Patón, campeón de la Copa Libertadores del año pasado al mando del Liga de Quito.

Pero el preferido por Bianchi para suceder a Ischia es un nombre que a muchos ha sorprendido: Alfio Basile. Un binomio que, pese a que parecen estar en las antípodas, han descubierto que tienen más de una coincidencia en el plano futbolístico, luego de haberse acercado en los últimos tiempos gracias a un amigo en común, Guillermo Coppola, ex representante de Diego Maradona y hoy profundamente distanciado de el Diez.

El Coco -ante la postura irreductible del manager- sería el único candidato de consenso para la directiva del club. Basile dejó un excelente recuerdo en Boca, donde ganó cinco títulos antes de hacerse cargo de la selección argentina. El presidente Ameal y su corte ven en el ronco y veterano entrenador al único capaz de reconducir la situación que vive actualmente la plantilla. Y si es en el marco de un trabajo consensuado con Carlos Bianchi, aún mejor.

La sombra que el Virrey ha proyectado desde su irrupción como entrenador en el fútbol de Argentina es larguísima, enorme. Tanto, que se ha convertido en el paradigma de éxito para sus rivales nacionales y continentales, que toman desde hace años a Bianchi como ejemplo de gestión. Incluso esta novedosa incursión del ¿ex? entrenador como secretario técnico ha animado al máximo rival del xeneize -River Plate- a buscar que uno de sus máximos ídolos se atreva a incursionar en el área y estrenar la función de manager en el club del barrio de Núñez.

El celular de Dios no para de sonar, pero el Virrey no lo atiende. ¿Será el ex seleccionador la estación intermedia por la que el tren de Boca Juniors debe pasar antes de llegar al destino final que parece representar Carlos Bianchi?

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