Histórico
5 junio 2009Jose David López

Los fulminantes tentáculos del descenso

descenso-torinoHay quien en su instinto futbolístico, el que no duerme pensando en las metas de su equipo y en aquellos objetivos que toca cumplir temporada tras temporada, se antoja en comparaciones difícilmente equitativas. Luchar por la Champions, lograr puestos europeos, competir por la Copa o ser capaz de alcanzar posiciones que alerten al mundo de tu presencia, es el propósito de todos y cada uno de los clubes del mundo. No obstante, no hay mejor manera de lograr la felicidad a final de curso que ser consciente de las limitaciones propias y saber valorar los pequeños premios. Quizás no haya opciones de meter la cabeza donde sólo llegan los más grandes pero siempre quedará la Champions de los equipos menores, esa tarde de gloria donde se asaltaran plazas, los coches serán carros musicales con improvisadas partituras al son del claxon y los más pequeños entenderán que sus orígenes les enclavaron en otras metas a la sombra de los ‘gigantes’ pero a la brillantez de los humildes.

Este fin de semana, como cualquiera de los que han completado la última jornada liguera a lo largo de la historia y sea cual sea el rincón del planeta donde exista la competición, unos celebraron el éxito europeo y el lustro por una campaña entre los grandes. Su alegría es notable, destacable a todos los efectos pero distintas. Diferente a la de aquellos que se vieron en el pozo, incomparable a la de quienes sabían que todo su futuro, el de sus carreras, el de su institución y el de una afición que vive por y para sus colores, estaba en juego en 90 minutos sin margen de error. Alegrías, pero opuestas y difícilmente equiparables.

El descenso quema, alerta sobre las consecuencias económicas que un paso atrás puede significar y, sobre todo, refleja el mayor de los males a los que puede abocarse un mal proyecto deportivo. Uno de los que puede llevar al caos absoluto y a la extinción de tantos y tantos sueños. Evitarlo es salvación, respiro, relax, serenidad y una felicidad incomparable. Sortearlo es el mayor motivo de orgullo y caer en sus tentáculos, el primer síntoma del fin. Si además esa desgracia toca frontalmente a instituciones con metas mayores y ambiciones lejanas a la simple salvación (un reto que nadie podía entrar a valorar a principios de curso), el dolor es mayor, mayúsculo y abierto a sobrecogedoras decisiones.

Nantes en Francia, Torino en Italia, Newcastle y Middlesbrough en Inglaterra, Belensenses en Portugal, OFI en Grecia o nuestro Betis en la Liga, ejemplifican el imprevisible dolor por un año lleno de decepciones donde se consumó el peor de los pronósticos posibles. Tiempo de análisis, de buscar culpables y posibles soluciones pero, sobre todo, época de tomar decisiones comprometidas para el futuro inmediato. Unos lo aguantarán, saldrá a flote y lidiarán en breve por puestos de un privilegio al que parecen unidos por una mística especial. Otros, caerán por el precipicio, la ansiedad económica en tiempos de crisis e inventos deportivos de gasto cero buscando un milagro en forma de ascenso o, al menos, de no seguir decayendo. El norte de Inglaterra ha quedado huérfano sin el Newcastle entre los grandes del país, así como Turín pierde su sana e histórica rivalidad tras el previsible tormento que fusiló este domingo al Torino. Sentimientos

Los Mapgies llevaban años desesperando a una afición de primer nivel, de las que llena semana tras semana uno de los estadios con más solera y capacidad de la vanguardista Premier League. Una desastrosa administración técnica, un proyecto deportivo inestable y con alteraciones constantes desde la directiva y un colectivo de jugadores sobrevalorados por un crédito que su nombre ya se encargó de ajusticiar, son las bases de la desgracia final. Ahora toca estampida, venta inexorable de jugadores al exterior y rebajadas pretensiones económicas para los que quieran intentar la osadía del ascenso. Ni Shearer pudo salvar la línea descendiente que la plantilla ya había tomado como natural e irremediable. Cuatro veces campeón inglés, la Premier ya anhela su regreso.

El Grande Torino de los 40 fue un equipo mítico, de leyenda, con malabaristas del balón y privilegiados del sistema táctico. Con aquella generación, que falleció en el famoso accidente de Superga, nació y murió una nueva forma de ver el fútbol. Una bonita historia que tuvo un amargo final y que debido a las urgencias precipitó al fútbol italiano a la concepción del fútbol desde un punto de vista eminentemente defensivo. Hoy, alejado del glamour, aliado del juego duro, a la sombra del gigante vecino y con polémicas día sí y noche también debido a las artimañas de Urbano Cairo (su expresivo presidente), la parte granata de Turín toca fondo con una nueva desgracia que sumar a una trayectoria sin aparente mejora a corto plazo.

Su ejemplo, el de muchos, reflejado en algunos que se salvaron y otros que descenderán sin mucha dilación, debería bastar para reforzar la teoría de proyectos a evitar y que rompen con desfachatez la historia que algunos, en días de sabiduría y paz, contribuyeron a escribir en letras de oro.

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