Histórico
2 junio 2009Jesús Camacho

El penalti más largo. El Cádiz está de regreso

cadiz

Desde este pequeño rincón moldeado por la naturaleza en ‘piedra ostionera’, por la divinidad en plata y por sus gentes en sal, recojo el guante que Jose David me ha lanzado para que desde la libertad os cuente la pequeña pero gran historia del ascenso de un modesto equipo. El Cádiz. Nuestro Cádiz. Y os digo desde la libertad porque sus palabras justas fueron las siguientes: “Si conseguís el ascenso siéntete libre para contarlo”. Eso es precisamente lo que estoy haciendo, aprovechar la pluralidad y libre expresión de esta tribuna para desgranar en unas líneas lo sucedido. Una intensa historia acaecida en la Tacita de Plata, la Sirena del Océano, como la bautizó Lord Byron, la ciudad más antigua de Occidente con 3.100 años de historia a sus espaldas e importancia crucial en procesos como las guerras púnicas, la romanización de Iberia, el descubrimiento de América o la instauración del régimen liberal en España con las Cortes de Cádiz y su primera constitución en 1812.

Y desde esa libertad os contaré la historia reciente de un equipo que entró en un agujero temporal hace casi ya un año. Desde aquel fatídico 15 de junio de 2008 cuando un futbolista llamado Abraham Paz tuvo ante sí uno de los grandes retos de su carrera, un hombre que en situaciones similares siempre había salido muy airoso y en el que confiaban plenamente todos los aficionados. Un penalti en el minuto 96 de partido en el que se jugaba toda una temporada, uno de esos “Duelos al Sol” en los que te toman medidas para hacerte un traje de madera o en su caso te convierte en ese héroe del que se contarán tus hazañas.

Veinte autobuses acompañaron al equipo a ese “Duelo al Sol”, a su “Tragedia Griega” particular. Más de mil héroes acompañaron a un “grupo de villanos” a Alicante para presenciar el género teatral originario de la Antigua Grecia. Una representación teatral al nivel de los Esquilo, Sófocles y Eurípides en la que el drama y la escena se extendieron hasta el minuto 96, cuando se consumó la tragedia con aquel penalti errado. Un segundo cruel que no bastó para ocultar una nefasta gestión deportiva y directiva y que acabó por consumar el destierro a Segunda B. Un último minuto cruel para una hinchada única que para nada merecía tan severo castigo.

En ese momento todos entramos en un agujero temporal, aficionados, periodistas, directivos, jugadores, técnicos. Todos vivimos una pesadilla personal en la que el despropósito de una temporada aciaga y nefasta nos martilleaba constantemente. Cuando despertamos de aquella pesadilla una espesa bruma nos rodeaba, nos encontrábamos en un agujero temporal que nos había transportado a ese instante previo en el que ese futbolista llamado Abraham Paz se disponía a golpear el esférico. Un penalti de casi 365 días en los que se han hecho bien las cosas, una pena máxima lanzada por Julio Peguero, Javi Gracia y su renovada plantilla. Un golpeo desde los once metros efectuado con profesionalidad, calidad y responsabilidad. Responsabilidad por hacer feliz a una afición que siente nostalgia por la magia de un ilusionista salvadoreño que con el once a su espalda les hizo soñar y abrió la senda del apoyo incondicional al color amarillo. Un apoyo personal e intransferible de una afición que germinó con el ascenso a Segunda A conseguido en 2003 por Jose González y floreció dos años más tarde con aquel gol de Oli en Xerez, que confirmaba el retorno a Primera de un equipo dirigido técnicamente por aquel entonces por Víctor Espárrago. Una manera de animar única, el latido vital de una afición que ha sido la encargada y la única capaz de hacer surgir la magia en Carranza en los últimos veinte años.

Paradójicamente un poder superior que en esto del fútbol no garantiza el éxito porque aunque algunos puedan pensar lo contrario la afición no juega. Si fuera así Brasil no habría perdido un Mundial en Maracaná, el Cádiz no habría pasado por este calvario y estaría en Primera en la zona europea de la tabla y en un caso más reciente el Athletic habría ganado de calle la Copa del Rey. La afición da ejemplo, color, motivación, empuja y te hace sacar fuerzas de donde no las hay pero el balón sigue siendo esférico y los únicos capaces de interactuar sobre él son los jugadores, con su talento, su calidad y su inteligencia. Ellos con sus victorias son los que deben dar valor a ese apoyo, a esa afición, pero el fútbol es una montaña rusa en la que los resultados y los ciclos te llevan constantemente del punto más alto al más bajo, en una reválida anual que marcará el futuro de tu equipo para el curso siguiente.

Afortunadamente para el Cádiz este ‘nuevo penalti’ ha sido bien lanzado, A.Muñoz ha expiado sus culpas con el acierto de Peguero, la serenidad y sapiencia de Javi Gracia y la profesionalidad de los Toedtli, Fleurquin, Enrique, Raúl López, Kiko Casilla, Dani Fragoso, Cristian… Esos que han sacado al Cádiz de ese agujero temporal en el que cayó hace casi un año.

Una pena máxima de 365 días que se ha resuelto en 180 apasionantes minutos ante otro histórico, la Real Unión de Irún, aquel que eliminó al Madrid en Copa y que dista mucho de ser ese gran equipo que con René Petit al frente marcó época en el fútbol español. El mítico Real Unión de Irún, que vivió su época dorada en los años veinte, considerado por aquel entonces el mejor equipo amateur de España, que jugó en la Primera División española y que conquistó tres Campeonatos. Un equipo con René Petit como máxima figura y otros como Patxi Gamborena, Patricio Arabolaza, Luis Regueiro, el portero Emery, Echeveste, etc.

Por ello hoy no puede ser un día más, porque Cádiz vuelve a ser de plata, una categoría que nunca debió abandonar y que aún se le queda pequeña a una afición que en Irún con una avanzadilla de quinientos valientes por fin ha podido vivir su particular liberación con una “Comedia griega”. Esa de Aristófanes que en su escena final (el éxodo) tiene como nota predominante la alegría, que generalmente da paso a una fiesta. Una obra que concluye con un córdax o danza ritual de una marea amarilla que abarrotará las calles de la Sirena del Océano para dar ese testimonio vital que certifica que la fiebre amarilla sigue expandiéndose por la ciudad. Esa muy viva marea amarilla que arropada por el azul del mar en estos instantes oteo y siento acercarse desde una de las bellas Torres miradores de la ciudad.

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