
Dos potencias, dos clásicos y dos filosofías. Alemania es la concentración personificada, Inglaterra el físico indomable. Con España, Italia o Suecia ya olvidadas en un torneo cuya equidad ha vuelto a ser la nota dominante, germanos y británicos aparecían como una renovación al dominio genérico que estaban imponiendo otros que antes parecían inalcanzables y que ahora les miraban con recelo. Sin embargo, toda la igualdad de esta fase final se quedó en un lado, escondida e ignorada por una exhibición de confianza, profesionalidad y carisma liderada, de nuevo y para no perder la costumbre, por Ozil.
La finalísima, trastocada por muchas bajas en ambos combinados, invitó a la improvisación a Pearce y Hrubesch, obligados a alternar no sólo su once inicial, sino también su esquema táctico. Ese test a la profundidad de banquillo se plasmó notablemente en los dos esquemas desde el primer instante. Alemania cambiaba su planteamiento y por vez primera en el campeonato dispuso de un mediocentro tapón, Hummels, que jugaba por delante de la defensa y por detrás del mediocampo, más numeroso que nunca. Aogo y Marin se quedaban en el banquillo lo que sumado a la baja de Dejagah, dio la alternativa a jugadores prácticamente desapercibidos hasta ahora como Johnson y Sandro Wagner. Inglaterra, sin Agbonlahor ni Campbell, apostó por dar mucho más físico a su mediocampo y planteaba una batalla donde Walcott, solitario en la punta como eje ofensivo y Johnson, eran los únicos hombres capaces de crear algo diferente y fracturar el orden germano. La baja por sanción de Hart, el meta clave del torneo hasta la fecha, también supuso una ausencia definitiva para el destino británico. Seguir leyendo…