Histórico
13 abril 2009Francisco Ortí

Y el emperador miró a Eurídice

adrianoUna multitud se agrupa en torno a una preciosa música. El objeto de las miradas es Orfeo, quien tiene un don único para la música. Sus dedos tejen entre las nueve cuerdas de su lira sonidos capaces de “hacer descansar el alma”, según recuerdan los libros de mitología.  Orfeo siente auténtica pasión por la música y, especialmente, por su lira, pero hay algo a lo que ama todavía más: la bella Eurídice. Cuando ella murió Orfeo tocó una canción tan triste que los dioses se apiadaron de él y le permitieron bajar al inframundo para traerla de vuelta. Sólo había condición, no podría girar la cabeza para mirarla hasta que no estuvieran en la superficie. Si incumplía el pacto perdería a Eurídice para siempre. Sin más oportunidades.

Orfeo aceptó el trato. Bajó a lo más profundo del inframundo, cogió de la mano a Eurídice y emprendió la vuelta a casa sin mirarla. Por mucho que su corazón le pidiera lo contrario, Orfeo mantuvo la mirada al frente. No se giró ni siquiera cuando les atacó un demonio. Tampoco cuando tuvieron que sortear una pedrusco que había impactado muy cerca. Estaban a punto de regresar a la superficie, cuando Orfeo no pudo controlarse más. Se giró para volver a mirarla. La impaciencia le traicionó y Eurídice se desvaneció para siempre. Sin Eurídice, Orfeo perdió su inspiración para tocar la lira y su música se marchitó. Así, Orfeo se quedó sin todo aquello que amaba.

El delantero del Inter de Milán Adriano Leite ha anunciado este viernes que abandona el fútbol en activo de manera temporal, aunque no descarta que sea una medida permanente. Asegura no sentirse feliz jugando a fútbol. No está cómodo en Italia y ha decidido regresar a Brasil, donde meditará junto a su familia si le conviene volver a patear un balón. Lo que tiene claro es que no volverá a Italia. Si vuelve a vestirse de futbolista será con la camiseta del Flamengo, su club de siempre.

“He perdido la alegría de jugar. En Italia no soy feliz. No sé si voy a quedarme uno, dos o tres meses sin jugar. Voy a reflexionar sobre mi carrera. No era feliz en Italia. Soy feliz en Brasil, junto a mis amigos y a mis familiares”, declaró el delantero brasileño, quien se hallaba en paradero desconocido desde que el 1 de abril abandonó la concentración de Brasil tras el partido de clasificación para el Mundial, frente a Perú. Algunos incluso le dieron por muerto.

Adriano es conocido en el mundo del fútbol como El Emperador. Pero le rebautizaremos como Orfeo. Desde muy temprana edad, Adriano fue calificado como un virtuoso del balón. Su potencia física, disparo demoledor y arrolladora carrera le convirtieron en un delantero codiciado. Con 19 años, le sedujo el Inter de Milán, pero fue un año después en el Parma cuando el goleador se dio a conocer al mundo junto a otro problemático delantero: Mutu. Ante sí se presentaba un prometedor futuro y el Inter de Milán le recuperó para coronarle como Il Emperatore.

Sin embargo, la fulgurante carrera de Adriano se trunco con la muerte de su padre. Asesinado a tiros en la favela de Vila Cruzeiro, Adriano perdió a su padre. El brasileño buscó consuelo en la noche milanesa, en las interminables copas de alcohol, y en viciosos coqueteos con las drogas. Al igual que la lira de Orfeo, los pies de Adriano perdieron la magia que atesoraban, y se perdió entre constantes salidas de tono y disputas contra compañeros, Mancini, Mourinho o quien se le pusiera enfrente. Sólo Moratti, presidente del Inter y casi padre adoptivo del brasileño, se apiadó de él.

La canción triste de Adriano ablandó el corazón del empresario italiano y decidió darle una segunda oportunidad. Debía regresar a Brasil para jugar cedido en el Sao Paulo. Allí se reencontraría con su mejor versión y podría volver a ser uno de los mejores delanteros del panorama futbolístico. Sólo había una condición, no podría mirar atrás. Debía olvidar su pasado y no cometer los mismos errores. El Inter, por su parte, prometía hacer borrón y cuenta nueva. Si se reencontraba a sí mismo recuperaría su imperio.

Y así fue. Adriano recuperó parte de su magia en Sao Paulo y José Mourinho le permitió regresar al Inter de Milán para incorporarle a su proyecto. La felicidad no duro mucho en el imperio de Adriano. Apareció borracho en un entrenamiento y el pasado 1 de abril desapareció del mapa sin avisar a nadie. El emperador no aguantó la presión y volvió la mirada. Miró a Eurídice. Y puede que nunca jamás vuelva.

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