Histórico
19 abril 2009Jesús Camacho

Balones de Oro: Sir Bobby Charlton (1966)

408856Cuenta la tradición que existe una fuerza sobrenatural que guía las vidas de los hombres de forma necesaria y, a menudo, fatal. Y aunque soy de los que piensan que cada uno se labra el suyo propio no puedo evitar pensar en ese porcentaje que se escapa de nuestras manos y que la cultura occidental y las religiones relacionan con la predestinación, con esa teoría de la causalidad que me traslada al instante preciso en el que Bobby Charlton y Dennis Viollet se cambiaron de asiento con David Pegg y Tommy Taylor en el vuelo el vuelo 817 de la British European Airways, proveniente de Belgrado, que hacía escala en Munich para aprovisionarse de combustible. ¿Un hecho casual o causal?, en cualquier caso un hecho crucial para que elabore este articulo dedicado a la figura de un caballero inglés, el mejor y más digno sucesor en la lista dorada que podía tener Sir Stanley Mattews, un caballero llamado Sir Bobby Charlton.

Y es que de no haberse producido tal hecho puede que el United no hubiera resarcido tan brillantemente aquella tragedia o en su caso que Inglaterra no hubiera alzado aquella Copa del Mundo del 66 puesto que Charlton tuvo mucho que ver en ello. Y como desde estas líneas no pretendo construir textualmente una biografía al uso me traslado directamente a ese otro momento en el que vino al mundo por segunda vez y de las grandes manos de Harry Gregg (portero de los Busby babes), el héroe de la tragedia y el que lo sacó de las llamas, o a ese preciso instante en el que tras un sueño inducido por el fuerte traumatismo abrió los ojos en un hospital muniqués y observó a un joven muchacho alemán en una cama cercana ojeando un periódico con instantáneas de la tragedia. Ese momento en el que el joven en un inglés chapurreado acertó a decir “Lo siento” y tras el que Bobby quiso saber los que habían sobrevivido, ese mismo chico que comenzó a leer los nombres  de Roger Byrne, David Pegg, Eddie Colman, Tommy Taylor, Billy Whelan, Mark Jones, Geoff Bent, una lectura que acabó con una corta pausa sentenciada con la palabra “Dead.”.

Esa terrible palabra con la que Charlton inició un camino de superación personal digno de todo elogio, un camino que dedicó por completo a sus compañeros y que emprendió junto al bueno de Matt Busby, el viejo sabio que se zafó de las garras de la muerte para reconstruir ese sueño tan real que construyó con los Busby Babes.

Unos Busby Babes de los que formó parte integrante y en el que tuvo según sus propias palabras el privilegio de jugar junto a un tal Duncan Edwards, dicen que el mejor jugador inglés de todos los tiempos y tristemente desaparecido en la tragedia aérea del 58. Un equipo de leyenda que generó emociones que permanecen imborrables en la memoria de los aficionados. Ese conjunto que aunaba fuerza, talento y juventud, no en vano el defensa internacional Roger Byrne era el más veterano y solo contaba con 28 años cuando sobrevino el espanto, la tragedia. Ahí acabó todo, a un paso de la gloria europea tras deslumbrar en la Liga inglesa en el 56 y el 57 pero también en ese preciso momento comenzaba todo. A partir de ahí comenzaba la lucha, la superación y la reconstrucción, cuando con cuatro supervivientes en el once inicial, mientras Busby aún se recuperaba de las heridas el United llegaba a la final de la FA Cup. Un punto de inflexión que inició otra época legendaria para el “Teatro de los Sueños” (Old Trafford) y los “Red Devils”, una época en la que brilló una tripleta conocida con el sobrenombre de “The Holy Trinity”. Tres grandes genios tres, Law, Charlton y Best y un solo equipo, el United. Un triunvirato perfecto, armónico e imparable, bajo mi punto de vista una tripleta de jugadores irrepetible por la conjunción mágica que desplegaron sobre el terreno de juego hasta que las circunstancias personales de cada uno lo permitieron. Y es que además de magia y fútbol, Best, Charlton y Law marcaron entre los tres un total de 665 goles en sólo cuatro años, los que fueron entre 1964 y 1968. Una intensa y mágica época en la que el United conquistó la FA Cup en el 63, la Liga inglesa en el 65 y el 67 y la Copa de Europa en el 68.

Sobre su fútbol, su estilo y su presencia en un terreno de juego podemos resumir que su grandeza se fue forjando primero en la banda, posición inicial desde donde un joven Bobby Charlton comenzó a mostrar su refinada calidad, sus fintas y su velocidad. Posteriormente cuando su carrera fue avanzando fue convirtiéndose en otro tipo de jugador, igualmente ofensivo pero más desplazado al interior zurdo e incluso a la zona de medio centro, donde pese a dejar patente que lo suyo no era la fuerza, ni correr grandes distancias con el balón, demostró que su fútbol surgía en su cabeza y salía por sus pies. Su gran secreto la inteligencia, sus pases milimétricos y esa capacidad sublime para saber en todo momento los movimientos y el posicionamiento de sus compañeros. Entonces comenzó a dar clases magistrales de dirigencia y elegancia, corriendo lo justo para hacer correr el balón y mover a su equipo o para soltar un teledirigido y potente zapatazo a la mallas del portero rival. Una posición en la que exhibió su talento y su talante de gran deportista, aquel que nunca discutió una decisión arbitral y que solo con su presencia se ganó el respeto de sus adversarios, entre ellos un joven llamado Franz Beckenbauer, con el que se vio cara a cara en un épico partido en la final del Mundial de Inglaterra del 66, un partido tras el que aquel genio en ciernes solo acertó a balbucear: “Inglaterra ha ganado hoy porque Charlton fue un poco mejor que yo”.

Ese mundial en el que sus dos goles ante la Portugal de Eusebio resultaron decisivos y en el que los galones de capitán los llevó otro grande del fútbol inglés como Bobby Moore pero en el que Charlton llevaba el peso futbolístico de ese equipo. Aquel con el que alzó la Copa del Mundo.

Ese niño que vino por primera vez al mundo en Ashington en el año 37 del siglo XX y que como Matthews, desde su primer llanto estaba predestinado a ser nombrado caballero y a sucederle en la lista como segundo jugador inglés en conseguir un Balón de oro en 1966.

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