Histórico
6 marzo 2009Jose David López

La lucha ‘oculta’ de Lizarazu

lizarazu

La vida de todo deportista exige un sacrificio y una mentalidad a prueba de cualquier contratiempo. Reciben grandes emolumentos por ello pero, en muchos casos, son el objetivo directo de quienes pretenden aprovecharse de los recursos ajenos y sacarle partido a esos euros que, merecidos o no, pertenecen a una persona honrada que la sociedad actual mantiene en un altar. Quieren su fama, su gloria y su nombre para lograr mayor impacto y conseguir su temible cometido. Los hay trágicos como el asesinato del colombiano Escobar en 1994, agotadores como el secuestro indiscriminado de familiares (Robinho, Oliveira, Riquelme…lo han padecido) pero también intimidatorios como los que sufrió durante años Bixente Lizarazu.

El que fuera jugador del Athletic de Bilbao, donde siempre ocupará un lugar en la historia tras ser el primer supuesto ‘extranjero’ (nació en San Juan de la Luz, dentro del País Vasco francés), sufrió una auténtica persecución de parte de la banda terrorista ETA desde que llegó al club. En el año 2000, las cartas fueron más constantes, aumentaron su carácter de amenaza y exigían al jugador el pago de un impuesto revolucionario. Desde ese momento, la justicia francesa no paró de estudiar detalladamente sus cuentas para buscar una posible colaboración pero lo peor fue el cambio personal que sufrió a raíz de ello, generado por el temor a ser una víctima más de un movimiento que entiende perfectamente como vasco pero que no comprenderá jamás.

“Sentimos inquietud y cólera pues has defendido los colores de un Estado enemigo… Has sido pagado con creces para llevar la camiseta de un Estado opresor con el dinero robado a los vascos y al pueblo vasco. Habida cuenta de los emolumentos recibidos del enemigo, ETA se dirige a ti. Una falta de respuesta entrañaría una respuesta contra ti y contra tus bienes“, citaba una de aquellas cartas que el lateral puso en dominios de la policía. Estas, que durante años rompieron la monotonía de un jugador notable, frenaron su interés por el deporte que le había dado todo hasta el punto de tener que llevar escoltas, utilizar salidas y entradas diferentes en los aeropuertos cuando viajaba con sus clubes o ser defenestrado por los técnicos debido a los problemas que podría conllevar su presencia. En su biografía (muy recomendable), explica cómo el ex seleccionador francés Roger Lemerre le relegó a la suplencia en 2001 en un partido contra Alemania: “No te voy a sacar. ¿Sabes?, incluso he dudado convocarte. Con todo lo que pasa a tu alrededor, la carta de amenazas de ETA, he temido que traigas ondas negativas al equipo. El equipo es más importante que todo, más importante que tú”.

Su ‘vasquismo’ estaba más que justificado, aunque su presidente en Bilbao (Arrate), le hizo entender en más de una ocasión que su fichaje respondía a una causa política y que, a su salida, le amenazó haciéndole pasar por traidor. Nunca evitó muestras y señales que demostraran su orgulloso de pertenecer al pueblo vasco. Su vida es un ejemplo de ello pues sólo un capitán del Burdeos ha llevado alguna vez como brazalete una ikurriña (bandera del país vasco), pocos dan nombres como Tximista (relámpago en euskera) o Uhaina (ola en euskera) a sus hijos y, desde luego, una minoría tiene tan asumida su idea de lo que debe ser un vasco y su estado: “Amo profundamente el País Vasco pero jamás he sentido la necesidad de reivindicar mi pertenencia de manera política. Nada me permite pensar que la existencia sería mejor si mi País Vasco se volviera independiente”, cita en un fragmento de su libro.

Triunfó en el Bayern, fue clave en el Burdeos y pasó sin gloria por Athletic o Marsella pero siempre rindió bien con la selección gala (campeona del mundo en 1998), la gran cúspide de su carrera, la que le ascendió a lo más alto y aquella que le colocó en el frente de ataque para los terroristas. Quizás por ello, entendiendo que el amor por el deporte y la normalidad familiar eran ya imposibles, dejó el fútbol y aprovechó sus hobbies para practicar.

Sin embargo, su carácter ganador y sentimiento de ambición personal, le han vuelto a colocar en la palestra o, mejor dicho, en el tatami. Y es que Bixente (otro ejemplo más de su sentimiento vasco pues se llamaba de nacimiento Vicente), descubrió dentro de sus grandes relaciones con los deportes exóticos el denominado Jiu-Jits, un arte marcial brasileño que le hizo volver a competir hasta que hace menos de un mes se convirtiera en Campeón de Europa de la especialidad en Lisboa, la misma ciudad donde jugó el último partido internacional de su carrera. Es la ‘otra’ lucha de Lizarazu. La lucha oculta de un deportista ejemplar.

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