Histórico
8 marzo 2009Jesús Camacho

Balones de Oro: Sivori: “Cabezón”, Carasucia y potrero (1961)

sivoriCuenta la historia del fútbol argentino que la fundación criolla comenzó en 1913, cuando el Racing Club, sin un solo jugador de origen británico, conquistó el campeonato de primera división por primera vez. Fue entonces cuando aquel fútbol de apellidos e influencias latinas se fue imponiendo al estilo sajón. Un fútbol ya más representativo del sentir del pueblo argentino, fútbol del potrero (espacios vacíos de la ciudad, de diverso tamaño, por lo general pequeños e irregulares). Terrenos en los que ante el amontonamiento de jugadores en un espacio reducido, la única posibilidad de conservar la pelota un cierto tiempo era siendo un “dribbleador” empedernido. Base desde la que el fútbol argentino se dio a conocer al mundo, ese fútbol rioplatense que exportaron aquellos primeros “dribbleadores” a Europa. Como dijo el legendario periodista Borocotto “productos populares”, esos pibes, que sin ningún tipo de enseñanza, inventaron el estilo “criollo” en el potrero.

Y uno de sus exponentes genuinos  fue Enrique Omar Sívori, “El Cabezón”, un crack sin época que labró su genialidad en los terrenos baldíos de San Nicolás, donde era conocido como “Chiquín” y donde vivió una pobre infancia.

Un chico con alma de “Carasucia” que fue acogido en el semillero inagotable de Núñez, donde deslumbró tras aquel debut en la primera de River un 4 de abril del 54 ante Lanus. Un partido en el que sustituyó a una leyenda como Labruna y en el que hizo su primer gol.

Un purasangre con alma de caballo salvaje, talento en estado puro, un torbellino de fútbol de lujo que deslumbró con la camiseta de la banda roja junto a Vernazza, Prado, Walter Gómez y Loustau y que luego se asoció al Beto Menéndez para deslumbrar en una tarde inolvidable en “La Bombonera”. Y es que “El Cabezón” procedía de aquellos terrenos míticos que dotan de poderes especiales a quienes lo pueblan. Fútbol fresco, libre, espontáneo, de un chico pícaro de mirada chispeante que logró la triple corona con River (55-56 y 57).

Un chico que antes de exportar su fútbol a Europa formó junto a  Corbatta, Maschio, Angelillo y Cruz una legendaria línea ofensiva que pasó a la posteridad con el sobrenombre de los Carasucias de Lima”, cuando en el Sudamericano del 57 desplegaron por los campos peruanos su fútbol de generación libre. Puro espectáculo, gol, y diversión que les llevó al título y a captar la atención del fútbol del otro lado del charco.

Y desde allí llegó la cifra récord de 250 mil dólares de la época para llevarse al amigo más fiel del potrero. Concretamente desde Turín, ciudad en la que una “Vieja Señora” acogió en su seno a aquel ángel/diablo de Carasucia.

Con la Juve siguió deslumbrando y elevó su nombre y su estilo a escalones celestiales donde los cuatros grandes de la historia (Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona) esperan la llegada de un nuevo Dios. El fútbol creativo de un jugador pequeño de estatura que se desenvolvía mágicamente como entreala izquierdo, un jugador de gran toque de balón, picardía, y un repertorio inagotable de regates y túneles. Aquel incansable ‘encarador’ que corría con la cabeza baja y que formó una tripleta extraordinaria (el “Trío Mágico”) con el legendario Giampero Boniperti y con aquel galés tan grande como bonachón llamado,  John Charles, con los que conquistó tres Ligas: 57-58, 59-60 y 60-61; dos Copas de Italia: 59 y 60.

Un futbolista que también fue conocido como lobo solitario, que fumaba mil cigarrillos y le gustaba vivir la noche. Rebelde hasta la última consecuencia, que a menudo sacaba a paseo su peculiar carácter. Un carácter que le acarreó un sinfín de anécdotas y una treintena de jornadas por suspensión. Imprevisible en todas sus acciones, de corazón caliente y cabeza fría que en una ocasión y tras un ataque de histeria tuvo que ser frenado por su compañero John Charles mediante una bofetada. Una bofetada que solo se la hubiera permitido a su gran amigo, a aquel “gigante bueno” y excelente jugador con el que dejó tardes de fútbol para la historia y con el que protagonizó aquella inolvidable anécdota.

Ese fue Sívori, un jugador de leyenda que dejó la casaca bianconera para convertirse en el primer “Rey de Nápoles” y es que cuando Diego Maradona llegó a la ciudad del sur de Italia para reinar, se encontró con que antes que él un “Carasucia” había reinado con su fútbol único y llevado al Nápoles al subcampeonato italiano.

Un jugador que fue internacional por dos selecciones (Argentina e Italia) pero que internacionalizó el fútbol del potrero y vivió épicos enfrentamientos con Alfredo Di Stéfano ‘La Saeta Rubia’, en las ocasiones en que se enfrentaron Real Madrid y Juventus. Dos genios, argentinos, del semillero de Núñez, emblemas de sus respectivos equipos, amigos y de fútbol dorado. En el caso de Sívori desde 1961, cuando France Football quiso premiar a aquella metáfora poderosa en el proceso de construcción del imaginario que constituye el futbol del potrero. Su fútbol…

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