Histórico
24 febrero 2009Jose David López

Embajadores del Fútbol: Paolo Futre

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Con este post arrancamos una serie que reivindicará el papel de esos jugadores que, siendo estrellas y logrando grandes títulos, ocupan un escalafón inferior al ‘Olimpo de los dioses’. Portugal tiene a Eusebio y tendrá a Cristiano Ronaldo pero, tras ellos estará siempre la figura de un jugador enigmático: Paolo Futre. Aprovechamos el cruce europeo entre Oporto y Atlético de Madrid (sus dos grandes equipos) para darle tributo y analizar su controvertida carrera.

Fue ídolo portugués pero sólo necesitaba serlo de su Montijo natal. Decidió unir a todos los lusos en torno a sus andanzas por Europa cuando, en realidad, sólo los 40.000 habitantes de su localidad cercana a Lisboa habían apostado por su futuro como crack del balompié. Pero, sobre todo, logró que el fútbol del vecino peninsular se expandiera con naturalidad y éxito al son de sus peripecias, que enamoraron y arrancaron ovaciones en la segunda mitad de los 80. Lavó el nombre de sus compatriotas en un fútbol que les consideraba débiles y proporcionó una ruta que aún hoy sigue explotando algún ‘gigante’ continental. Fue el pionero. Fue el elegido. Fue el más ambicioso en una época de conservadores.

Paolo Futre nació marcado por un carácter guerrero intachable, animado por una apetencia irremediable de progresar en la vida y en el deporte rey, que le acabó dando todo lo que un jugador desea (títulos y honores personales) y también aquello que siempre querría eludir (arrogancia y fanfarronería). Empezó muy joven, tocó el cielo sin la madurez bien serenada en sus escasos centímetros de altura y se licuó a medida que sus arrugas le hacían reconocer sólo el poder del dinero fácil y no el del sacrificio.

Con apenas 17 años debutó en Primera División portuguesa en la prolífica cantera del Sporting de Lisboa que con él, volvía a reflejar el éxito del trabajo bien organizado en sus categorías inferiores. Además, también despuntó desde su debut en la selección portuguesa, donde pronto dejó evidencias de la estrella que se estaba fraguando a pesar de sólo jugar el Mundial de 1986. Lejos de querer convertirse en el ídolo del Alvalade y de llevar a los leones a lo más alto de fútbol portugués, su lenguaraz carácter le abriría las puertas de salida unos meses después cuando, ni corto ni perezoso y en vistas a su éxito, pidió un aumento de sueldo. Los verdiblancos se negaron y él decidió marcharse al Oporto, el equipo que le llevaría al podio de los dioses europeos.

En los dragones encontró un equipo a medida que acababa de organizarse tras una ‘espantada’ de estrellas y que contaba con un ídolo del pasado como el goleador Fernando Gomes, clave en cada momento histórico del cuadro norteño. Con el ‘Bi-Bota’ formó una pareja de baile ideal, rápida, perfecta para las contras y mortal en definición que iba a ser la base principal de aquél equipo histórico formado por el cuidadoso y polémico Artur Jorge. Ellos acabaron con una sequía de seis años sin títulos al levantar en sus dos primeros años el campeonato portugués, aunque fue a la tercera campaña cuando el milagro iba a consumarse.

Tras dejar atrás al modestísimo Rabat maltés y al Viktovice checo, los dragones siempre llevaron colgada la etiqueta de ‘corderitos’ inexpertos con ganas de reclamar interés lejos de sus fronteras. Eliminaron con muchos sudores al Brondby danés y se plantaron en semifinales contra el equipo de moda en la Europa del momento, el Dinamo de Kiev que presumía de ser el actual campeón de la Recopa y el equipo que mejor fútbol practicaba. La hazaña quedó más cerca tras dos choques llenos de emoción que coronaron definitivamente la actuación de un Futre que, finalmente, podría coronarse como campeón europeo tras una remontada en la finalísima ante el Bayern. Dos goles de Madjer (de tacón) y Juary (típico artillero que siempre revolcuionaba las segundas partes), revertieron la situación y rompieron las apuestas, que rondaban un 90 a 1 a favor de los bávaros. Ese milagro le otorgó fama mundial, le colocó entre los cracks del momento y le hizo, como en sus primeros años, perder la estabilidad como referencia para el éxito, dejando que otros decidieran su futuro y poniendo en peligro su trayectoria.

Siendo un futbolista tan eléctrico como temperamental y agobiado continuamente por su ambición deportiva y económica, no le cuesta admitir años atrás que, tras aquella gesta, se fue a entrenar con el Inter. El portugués ha contado hace poco que justo cuando iba a confirmarse su contrato (junto al de Scifo), el presidente Pinto Da Costa le dijo en la capital rossonera que el Atlético de Madrid había mandado a uno de sus posibles candidatos electorales (Jesús Gil) para ficharlo y que, además, venía cargado con el triple de pesetas que le había prometido el equipo milanés (fue el traspaso más caro realizado por el fútbol luso). En unas horas, el Vicente Calderón le acogía con los brazos abiertos y le convertiría en tiempo record en el nuevo ídolo colchonero. Meses después le llegó su gran momento personal tras alcanzar el Balón de Plata de 1987 por su estupenda campaña con el otrora campeón de Europa. En semanas, el pequeño Paulo ya era el héroe del Manzanares, al que llegó, como él mismo dice, multi-presionado porque el atlético se convirtió en el segundo equipo de todos los portugueses.

Fue el extremo más puro que haya tenido la banda del Calderón, el velocista consumado, el jugador que rompía defensas, que encaraba, que buscaba desborde y la línea de fondo pues, al fin de al cabo, siempre aseguró que prefería dar una asistencia de gol que arcarlo él mismo. Sus 38 goles como rojiblanco así lo demuestran. Sin embargo, ese carácter ganador y competitivo siempre le hacía aparecer en partidos grandes, en derbis, clásicos o citas de primer orden, donde fue una auténtica pesadilla y dejó imágenes para la galería. Cuatro años después de su llegada, consumó su primer título con la Copa del Rey, que repetiría en una de sus noches mágicas ante el Real Madrid en la finalísima del Bernabeu en 1992. Un partidazo con gol incluido en el que se desquitaría para siempre ante el que consideró su gran rival. Curiosamente, fue uno de los primeros en decir “no” a los blancos.

A partir de ese momento, todo entró en declive porque, al año siguiente, constantemente enfurecido con Luis Aragonés, abandonó el Atlético de Madrid. Aquello fue la peor noticia para el club y para él, puesto que fue el inicio de un deprimente caminar por Benfica, Marsella, Reggiana, West Ham o Milan, equipos de cierto cartel que, sin embargo, no encontraron el dinamismo y profesionalidad necesarios en el luso, mermadísimo además por sus continuadas lesiones de rodilla. Así, dejado de la mano de dios, la que le hizo fumar, beber y engordar en tiempo record, iba a vestirse de corto de nuevo como rojiblanco aunque ahora, de manera casi milagrosa. En un entrenamiento Antic le vio en la grada y, necesitando un jugador para el ‘partidillo’, le pidió colaborar. Se salió, ganó fe y regresó para sumar 10 partidos más y retirarse meses después en el Yokohama Flugels nipón, donde cerró una trayectoria que pudo llevarle a lo más alto pero que le dejó en el camino con sólo 32 años y tras más de media década de sobresaltos y contratiempos.

Su colaboración al Atlético no terminó allí, porque años después fue director deportivo con la familia Gil que, como todos en el Manzanares, guardan un sentimiento único y especial por Futre. Hoy, con la Champions sobre el fondo y el Oporto enfrente, el Calderón se viste de gala con Futre en el palco y, naturalmente, en el recuerdo.


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