Histórico
12 febrero 2009Jesús Camacho

Balones de Oro: Kopa, el Napoleón del fútbol (1958)

kopa-oroLa emigración es un proceso inherente al ser humano provocado por el instinto de conservación y la evaluación comparativa del entorno donde se vive en cuanto a los recursos y posibilidades con que se cuenta, un proceso que lleva por lógica implícito otro llamado inmigración o de entrada en un país diferente en el que el inmigrante busca una fuente de recursos y posibilidades que no encuentran en su lugar de origen.

En este punto siempre han existido países y localizaciones en los que tradicionalmente se ha ‘acogido’ a personas en la citada situación y uno de ellos es Francia, un país que en fútbol debe mucho a la inmigración. Y es que es especialmente significativo el hecho de que tres de los cuatro mejores jugadores de la historia del fútbol galo procedan de familias inmigrantes: Zinedine Zidane, Just Fotaine y Raymond Kopaszewski.

En este último caso nos encontramos con la figura de un finísimo futbolista que forjó su personalidad en una dura infancia en la que sus padres, inmigrantes polacos, tuvieron que luchar junto a él para salir adelante. Una infancia en la que tuvo que trabajar duro y de la que sacó un dedo menos y una pensión por accidente cuando trabajaba en una mina de carbón situada en Noeux-les-mines al norte de Francia con quince años de edad. En definitiva unos duros inicios habituales en este tipo de familias pero que en el caso de Kopa, logró superar gracias a su talento y su impresionante rapidez mental.

De Kopa y sus inicios sabemos que comenzó en el Noeux-les-mines y que su casa estaba al lado del estadio de la población,  donde desarrolló su talento y abrió su camino a la leyenda pasando por el SCO Angers, pero hay una circunstancia crucial que moldeó al excelente futbolista que marcó época: su baja estatura.

En una ocasión escuché a Cruyff argumentar que los chicos que teniendo un talento natural habían salido de la calle y de campos empedrados, solían desarrollar mucho más esa citada e innata cualidad al tener que aprender a saltar, a conducir, a caer… No le faltaba razón y en el caso Kopaszewski se conjugó un poco todo ello debido a su inferioridad física (su estatura menuda y su poco peso). Kopa tuvo que desarrollar otro tipo de cualidades para enfrentarse con posibilidades de éxito a adversarios superiores en el orden físico. Cualidades como la conducción, el regate seco, la velocidad y la agilidad mental, convirtieron al liviano Raymond, en un diamante de valor incalculable.

De esta forma Raymond destacó y logró llamar la atención del legendario Albert Batteux, que le reclutó para su Stade Reims y su  “Football Champagne”, en 1951. Allí se convirtió en el homónimo en fútbol de Napoleón, y es que al igual que el Emperador francés, este polaco con doble nacionalidad que recortó su apellido, tenía tanto poder como baja estatura. Decía Napoleón Bonaparte tras cada batalla que “La victoria pertenece al más perseverante”, y la perseverancia ofensiva tanto de Kopa como del Reims eran las máximas de su fútbol.

Su amplio repertorio de fintas y su juego imprevisible encajó a la perfección en el fútbol ofensivo del Reims de Batteux y en aquella gran delantera conformada por Appel,  Glovacki,  Kopa, Sinibaldi y Méano.

Un futbolista cuestionado por su estilo pero al que el sabio Batteux dijo: “El día que no dribles más te echo”. Así encandiló a Francia y ganó cuatro títulos de Liga y una Copa Latina con el Stade, para convertir al equipo galo junto al Santos y el Real Madrid en uno de los mejores equipos del mundo de aquella época. Posiblemente de no haberse cruzado en su camino el Madrid de Di Stefano, Puskas y compañía, la leyenda del Reims habría sido aún mayor. Y es que aquel Madrid que se cruzó en su camino en la final disputada en el Parque de los Príncipes, un 13 de junio de 1956, le abrió las puertas tras aquella mítica final, una final en la que Bernabéu le echó el ojo a ese pequeño diablo que osó plantarle cara a su temido Real.

Un Real al que llegó para jugar de nueve pero en el que acabó jugando de siete y es que Di Stéfano era mucho Di Stéfano: “La idea de Bernabéu cuando lo trajo era que jugara de delantero centro y yo de interior o extremo derecho. Probamos en los entrenamientos, pero salió todo torcido. A mí me daba lo mismo porque iba al centro igual. Estaba claro quién mandaba en el césped”.

A Kopa no le pesó el cambio, el “fransua” era un ‘jugadorazo’ y Marquitos (compañero suyo en el Madrid) le veía así: “Bastaba con pegar un pelotazo a Gento o dársela a Kopa, que él la pisaba, y la pisaba, y la pisaba, y nunca la perdía”. Con él el Madrid ganó una de la mejores delanteras de la historia del fútbol: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento.

Una delantera con la que ganó tres Copas de Europa y dos Ligas y una etapa que para Kopa fue así: “una alegría; crear juego, sin ideas herméticas, con imaginación… y tener en tu equipo a Alfredo Di Stéfano era como llevar paracaídas cuando viajas en avión. Alfredo fue todo un fenómeno, quizá el mejor de la historia”.

En definitiva un futbolista que tuvo dos equipos, Reims y Madrid, y un solo destino: llevar la pelota cosida a su bota derecha e inventar en cada jugada. Ese fue el Kopa jugador, un futbolista al que un cronista inglés bautizó con el sobrenombre de “Napoleón del fútbol”. Ese Emperador que jugó dos mundiales y se encumbró definitivamente en Suecia 1958, cuando volvió a formar otra delantera mítica con la selección francesa junto a Roger Piantoni, Jean Vincent y Just Fontaine, una delantera a la que solo otra legendaria línea ofensiva pudo parar (Pelé, Vavá, Garrincha).

Un año de 1958 en el que Kopa se convirtió en el primer Emperador francés en recibir la dorada distinción que corona al Mejor jugador europeo del año. Raymond Kopa, aquel hombre que una vez dijo: “Si yo tuviera que dar un solo consejo a los jóvenes sería: amad al fútbol con la misma pasión que yo y os irá bien. Se hace bien aquello que se ama”.

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