Histórico
3 febrero 2009Jesús Camacho

Balones de Oro: La Saeta… dorada (1957 y 59)

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Dijo en una entrevista Di Stéfano que diariamente escuchaba a Carlos Gardel y que este cada día cantaba mejor, una circunstancia absolutamente aplicable a su figura pues pese al inexorable paso del tiempo, Alfredo, al que me debería referir en términos de Sr.Don juega cada día mejor, aunque sea en videos. Su elegancia, su arrogancia y su casi insultante superioridad en el fútbol de su época crece con la pátina del tiempo y ni absurdas comparaciones de mitos de ayer y de hoy pueden con la figura de un personaje irrepetible, que llegó desde la barriada bonaerense de Barracas para convertirse en la piedra angular de un Madrid de leyenda que dominó con autoridad el fútbol español y europeo.

Un hombre, un jugador, que es y fue rotundo en todo lo que hizo, que en su cabecera de cama tiene como referencia a Martín Fierro y que creció admirando y entrenando junto a un tal Charro Moreno. Su fútbol de todo el campo lo cultivó desde pequeño, junto a su modesta familia de inmigrantes dedicados al trabajo agrícola. Una mezcla de genes franceses e italianos explosiva, que germinaron en tierras argentinas, en aquellas hectáreas verdes en las que Di Stéfano soñó algún día con convertir en pasto para jugar.

Mucho más cuando vio cumplido su primer sueño: debutar con la primera de River un 15 de julio de 1945 frente a Huracán. Un Huracán que se lo llevó un año por la huracanada fuerza de su talento, y es que su fútbol maduró a la sombra de una “Máquina riverplatense” comandada por Adolfo Pedernera. Una “Máquina” que luego le acogió para ofrecer su segunda versión, “La Maquinita” y un Pedernera con el que también aprendió y formó parte de un “Ballet Azul” en Bogotá.

Ese es Di Stéfano, un jugador en el que Bernabéu encontró el prototipo perfecto de una de sus frases preferidas: “Son como niños, la actividad de un hombre va siempre relacionada con su edad. Si ves a un niño leyendo la Biblia tendrá cara de niño, pero si ves a un futbolista con treinta años jugando al balón tendrá espíritu de niño”. Por eso le hizo debutar oficialmente con gol un 27 de septiembre del 53 ante el Racing.

Partiendo desde este punto Di Stéfano se dedicó a jugar, a liderar a un equipo de leyenda que hizo que media Europa se hiciera blanca, aquel “Madrid de las Cinco Copas”. Don Alfredo tomó el mando de las operaciones y desplegó su fútbol por todo el campo, asumiendo la responsabilidad, “agarrando” la pelota para distribuir, regatear, mandar, y llegar al remate con tal calidad como para acabar con un taconazo de ensueño.

Fútbol de otra época, de otra velocidad pero fútbol a fin de cuentas, en el que Di Stéfano fue el mejor y me niego a valorar si el mejor de todos los tiempos, puesto que cada uno tuvo el suyo. Un tiempo en el que en la Liga española dos grandes regían los destinos del fútbol, de un lado una “Saeta Rubia” llamado Di Stéfano y del otro un genio magyar llamado Kubala. Un bonito pulso del que salió vencedor el bonaerense, que cautivó a todos y cada uno de sus compañeros y rivales. Cuentan que Puskas llegó a decir sobre él que hacía con los pies lo que él con las manos, y es que Don Alfredo tenía el don de la inteligencia y el gen de la calidad. Para él la pelota tenía que ir por el “pasto”, circular de un lado a otro y en el momento oportuno cambiar de ritmo con un disparo o un regate.

Su vida fue una anécdota continua porque Don Alfredo era un genio dentro y fuera de los terrenos de juego, un jugador que decía “Mi quintita mide 100 por 70″. “Al fútbol se juega, no se corre. ¿O alguien escuchó alguna vez decir: vamos a correr al fútbol?”. Un hombre que pese al mal momento pasado llegó perdonar a sus secuestradores de los que dijo: “Pese al mal rato que me hicieron pasar, con el tiempo llegué a perdonarlos: eran altruistas, gente con un ideal. No puedo olvidarme; tengo en casa un cuadro firmado por uno de los secuestradores. Me lo envió para resarcirme del sufrimiento”.

Un tipo genial, diáfano, sin medias tintas que siendo entrenador y leyenda era capaz de cantarle a su plantilla en una aciaga tarde de lluvia el bolero: “Esta tarde vi llover, y vi gente correr y NO ESTABAS TÚ”.

Don Alfredo, un hombre que pese a llevar media vida en España sigue siendo muy argentino pero también muy madridista, un jugador al que no le hizo falta brillar en un Mundial para ser el mejor y que tras aquel histórico 27 de mayo del 64, dejó una estela record de 307 goles que solo Raúl ha podido alcanzar y una vitrina repleta de trofeos: cinco Copas de Europa, una Copa Intercontinental, ocho ligas, una Copa del Rey y cinco trofeos Pichichi.

Una leyenda que dejó goles para la historia y finales memorables, como aquella tarde en Glasgow, cuando en el mítico escenario de Hampden Park, arrollaron al Eintracht con un contundente 7 a 3. El líder de un equipo irrepetible que tuvo algo de ‘Wunderteam’, algo de ‘La Máquina’, algo de los ‘Mágicos Magyares’ y algo de aquel ‘Ballet Azúl’ de Millonarios. Un equipo en el que los Canario, Del Sol, Puskas, Santamaría, Gento, Kopa, Rial… solo con una mirada sabían lo que pensaba Alfredo y que bailaron al son de un tango bonaerense, de una Saeta que se convirtió en dorada en dos ocasiones, en 1957 y 1959.

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