Histórico
12 noviembre 2008Jose David López

Se vende ‘eclipse galáctico’

Dicen los expertos en astronomía y exploración espacial, que existen tres tipos de eclipses solares: parcial, total y anular. En el primero la luna no cubre por completo al sol, en el segundo lo cubre desde algunas superficies de la tierra y en el tercer ejemplo, la luna impone su presencia a la del disco solar.

En el mundo del fútbol hay jugadores que por su caché mediático actúan como un eclipse sobre sus compañeros, sobre su vestuario e incluso sobre la entidad. Muchos de ellos son, en sí mismos, parte de la nutrida historia del deporte rey porque durante su estancia levantaron tal admiración que se les reconoce por encima del cualquier bloque. La Argentina del 86 era la de Maradona, la Holanda del 74 era la de Cruyff y ,aprovechando a uno de los ídolos culés, Laporta y Soriano quisieron crear el Barcelona post-Ronaldinho, o lo que es lo mismo, el Barcelona de Henry.

El galo, con un caché envidiable por sus grandes actuaciones en la Premier durante los mejores años del Arsenal de Wenger, se instaló en la ciudad condal como la nueva estrella que iba a difuminar de un plumazo las dudas generadas en torno al proyecto de Rijkaard. Era una nueva era, el entorno anhelaba un fichaje de renombre y un jugador que generara ilusión, toda la que se vendió con mucha demagogia por parte de la directiva barcelonista. Una Liga perdida en un final de temporada desastroso y la envidia de ver festejar en Chamartín, hicieron el resto. Henry, que se había perdido buena parte de aquella campaña por culpa de sus interminables problemas físicos, estaba en decadencia, en un bajón considerable al que mucho habían ayudado los prometedores Wenger Boys, que ahora sustentan al equipo londinense. En el Emirates no se le presionó para que siguiera, nadie puso pegas a su salida ya que todos eran conscientes que el mejor Thierry ya había coronado sus metas personales.

Más de un año después de su llegada, lo único que se puede rescatar del francés se archiva en el lado oscuro, donde se aglutinan recaídas musculares, migrañas, depresiones y, en los últimos tiempos, gestos de rabia contenida. Todo esto ha provocado los primeros silbidos de una afición decepcionada. Todos se sienten engañados. Analizando profundamente, tan sólo se podría destacar en su rendimiento un par de partidos buenos (Levante y Murcia el pasado año). El resto son esperanzas y expectativas sin premio.

Por todo ello, conscientes de que sus días de crack ya quedaron en el olvido y, porqué no decirlo, deseando eliminar un gasto complejo y de peso en las nóminas mensuales (ya que el galo cobra 8 millones de euros por sentarse en el banquillo), la maquinaria catalana está promoviendo su posible salida. Ha llegado el momento de reconocer errores. Las adquisiciones desde Londres nunca dieron buen fruto -recuerden a Overmars o Petit- y el interés por hacerle regresar ante el incesante interés del Chelsea, crece en los pasillos del Camp Nou, el que más fuerza ejerce a su cambio de aires.

Allí, en la majestuosa capital inglesa, disfrutan de Cesc, su sol particular. Mientras, en Barcelona, llevan dos años doctorándose en astronomía con el francés como protagonista y el temario de eclipses se ha ampliado a cuatro: parcial, total, anular y uno extra, el ‘galacticidio’.

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