Histórico
12 octubre 2008Francisco Ortí

La sonrisa de Manuel

Manuel no suele sonreír. La vida no le ha muchos motivos para hacerlo. De ascendencia caboverdiana, es el menor de cinco hermanos y vivió una infancia complicada de la que no le gusta hablar. A lo largo de los años el balón había sido una de sus pocas fuentes de alegría y últimamente se había secado.

Con el balón en los pies, Manuel estaba considerado como uno de los mejores proyectos de futbolistas de una cantera tan prolífica como la portuguesa. Muy joven, José Antonio Camacho le hizo debutar en el primer equipo del Benfica y ya por entonces sorprendía el desabrido rostro de Manuel, serio e imperturbable, completamente opuesta a la alegría que dibujaban sus pies al entrar en contacto con el balón.

“No sonrío sobre el terreno de juego para intimidar a mis rivales”, explicaba un imberbe Manuel Fernandes. Con la acumulación de partidos y la llegada de algún gol de bella factura, comenzó a hacerse un cartel de gran promesa que le deparó un aluvión de ofertas de clubes europeos. Fue apodado como `Manuelele´ por su saber estar en el centro del campo y tenía ante sí un prometedor futuro.

Decidió emigrar a una liga de mayor repercusión, en parte buscando crecer como futbolista, pero también alejándose de Ronald Koeman, quien se había hecho cargo del banquillo lisboeta. Eligió la Premier League. Allí las lesiones y algunos esbozos de conducta problemática lejos del césped le impidieron deleitar a las islas con la camiseta del Portsmouth, aunque sí tuvo mejor éxito defendiendo los colores del Everton.

Su buen trabajo a orillas del Mersey y, sobre todo, el cartel ganado cuando jugaba en el Benfica, le valieron en el verano del 2007 para recalar en el Valencia, un club por entonces desesperado por contratar un mediocentro después de fracasar hasta en seis operaciones anteriores.

Pese a tratarse del plan F, el Valencia pagó 18 millones de euros por Manuel Fernandes, una cantidad que viciaría los primeros meses del luso en Mestalla. La hambrienta afición ché le esperaba con ansias de gloria, pero el luso no termino de convencer. Parte de culpa la tuvo Quique Flores, quien le probó reiteradamente como interior izquierdo al mismo tiene que buscaba un lugar al que mandar cedido al descartado Juan Mata.

El reencuentro con Ronald Koeman y un truculento altercado en una conocida discoteca de la ciudad del Turia terminaron de firmar la sentencia de muerte de la primera etapa en el Valencia de un Manuel Fernandes que se vio obligado a emigrar de nuevo al Everton.

Tras un semblante serio y apariencia adusta un cabizbajo Manuel regresó a Valencia el pasado verano. El paisaje era bien distinto. Ya no estaba Juan Soler, ni Ronald Koeman, pero sí un Unai Emery que le mostró desde el primer momento su confianza en él. “En cuanto llegué me dijo que iba a contar conmigo. Esa afirmación provocó que me diera cuenta de que tenía que hacerlo bien. Supe que no le podía fallar a Unai”, relata, agradecido, Manuel Fernandes.

Ese estimulo supuso el inicio de la conversión de Manuel. El luso comenzó a gozar de minutos en el centro del campo del Valencia y sincronizó con todas las parejas de baile que le asignaron. Cuando le tocó jugar junto a Albelda asumió mayor responsabilidad ofensiva, todo lo contrario que cuando formaba pareja con Edu.

En el genial comienzo de temporada del Valencia, Manuel ha sido el ausente omnipresente. No estaba nunca, pero a la vez estaba siempre. Villa y Mata se llevaban los elogios y las portadas, pero el trabajo de joven centrocampista siempre había sido clave en cada una de las victorias. Con el paso de los partidos ha ido ganando presencia y responsabilidad. Es protagonista en las acciones a balón parado, y, aunque todavía tiene que mejorar como él mismo reconoce, atraviesa por su mejor momento deportivo.

Su confirmación llegó la pasada semana. Ante el Marítimo fue el mejor, y ante el Valladolid decisivo. Un disparo suyo desde la frontal, algo que está decidido a hacer con mayor asiduidad, se convirtió en tres puntos para el Valencia. En ese momento, justo después del gol, algo sucedió en el inmutable rostro de Manuel. Apareció, por fin, una sonrisa. “Ahora soy feliz”, declaró tras el partido.

Un poeta, cuyo nombre no consigo recordar, escribió que había que juzgar a las personas por el comportamiento que habían tenido desde el momento en el que las conocimos y no por los hechos más recientes. Pese a ello, hay que saber una frontera con el pasado cuando es necesario y mirar al futuro con una sonrisa. Manuel ya lo ha hecho.

Por Francisco Ortí (Redactor El Enganche)

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