Histórico
1 enero 1970David De la Peña

Atlético-Real Madrid: Un derbi de consecuencias…

Durante más de 150 años, el ser humano ha intentado explicar las emociones. Su estudio es conocido como Neurociencia Afectiva, y explica los procesos afectivos y sociales de los seres humanos. Ese afán por evolucionar ha derivado en investigaciones, tesis, hipotésis, y teorías de todo tipo. La importancia y la relación del sistema nervioso, el funcionamiento de nuestro cerebro, el porqué del miedo, o la manera de la que nuestro cuerpo reacciona ante la tristeza, la alegría, la ira, o el asco. Toda nuestra existencia se basa en evolucionar, en observar, en explicar, y después, en actuar.  Y para conseguirlo, el paso previo, ineludible, es el conocimiento.

Y resulta que hemos llegado hasta aquí conociendo, sabiendo porqué suceden las emociones. Pero tras tanto tiempo investigándolo, aun no podemos controlarnos. Un atlético ayer no sabía porqué, cuando cruzaba el Manzanares sobre el puente de San Isidro y olía el río, se erizaba su piel. No sabía qué sentía cuando miraba a su derecha y veía como los focos señalaban el Vicente Calderón, o cuando se mezclaba entre el gentío y una marea rojiblanca le empujaba a su fábrica de cuentos. Un atlético no sabía que sentía cuando el himno a capella parecía detener la M30, y  no sabía que sentía cuando por el túnel de vestuarios sus zamarras colchoneras se acercaban al césped para enfrentar a once tipos de blanco, a los que odian mucho.

Pero esos tipos, cuando saltaron al campo y miraron al fondo norte, pudieron sentir la carga emotiva de unos madridistas que vivían el partido como una final. Una manera de afrontar el derby bastante diferente al pasado reciente, con la obligación de ganar, de rechazar el empate, y con el recuerdo de haber fallado en tres de los últimos cuatro partidos ligueros. Aquel tipo de la camiseta blanca en una esquina del Calderón, no atravesó los tornos pensando en que sería como siempre. El mejor Barcelona de la historia les había recortado 6 puntos en un par de semanas, y no ganar en la casa toda aquella gente enfadada significaba dejar de depender de ellos mismos para logra el campeonato. No, no era un partido cualquiera.

Los hinchas madridistas solicitaron, en el partido de ida, ayuda para encontrar “rival digno para derbi decente”. Una gran pancarta con el citado mensaje apareció en el fondo sur en los minutos finales del choque ante la atónita mirada del corazón rojiblanco. El mensaje de la grada, ayer, era claro. Disfrazando a los héroes rojiblancos de héroes cinematográficos, un gran tifo se desplegó en el Calderón. “Los Cazafantasmas” debían terminar con la hegemonía blanca en el clásico madrileño, y, para echar más leña al fuego, el encargado de lograrlo debía ser un ídolo absoluto de la hinchada: el ‘Cholo’ Simeone.

En este contexto, a las 22:00 horas, dio comienzo el partido, probablemente, de mayor carga emocional en todo lo que llevamos de campeonato. Porque el Atleti, además de pelear por estar en Europa, debía desquitarse de los enfrentamientos directos con su gran enemigo, porque el Real Madrid llegaba de una racha que debía generar ansiedad, y porque para el Atleti salir victorioso significaba arrebatar una gran parte de las opciones del Real de cara a conseguir el campeonato. Un escenario tan válido para un partido de fútbol, como para un cuento, de esos que tienen dibujos, con monstruos, princesas y magos.

En este cuento, los rebeldes, heridos en su orgullo, decidieron armarse hasta los dientes, abandonar su tierra, y agredir el basto imperio blanco. En el frente, dos de ellos, eran el faro del resto. Uno se llamaba Falcao. Se preparó bien para la contienda, incluso recogió su pelo para ver bien los golpes. Su misión era descargar de cara, peinar balones, y hacer que su equipo respirase. Enfrente dos de los más grandes escollos con los que se puede encontrar un delantero: Pepe y Ramos. La pareja de centrales que más territorio abarca del mundo. Y Falcao les ganó en el área, y les peleó fuera. Dio continuidad, conservó la pelota en situaciones límite, y además asestó una puñalada que hizo al gigante tambalearse. El otro se llamaba Diego. Llamado a ser guerrero de florete y traje blanco, su desempeño en atavío proletario resulta sorprendente. Entendiendo el 4-4-2 en fase defensiva, defendiendo su carril, concediendo pocos espacios, resulta (otrora impensable), que su aportación con posesión es un añadido a su juego. Y un añadido de tremendo peso, puesto que dañó el carril central, ofreció pausa, recepciones y sentido. Soberbio durante muchos minutos.

Los rebeldes fueron valientes, agredieron con continuidad el imperio blanco, y lograron llegar a la hora de contienda con el marcador igualado. El 4-4-2 atlético ahogaba la salida del Madrid, se veían las carencias de los laterales blancos al buscar su apoyo, y el estado del terreno hacía que las imprecisiones en el último tercio fueran continuas. Sin embargo, en los cuentos, hay un villano que quiere que su reinado permanezca por siempre. Y el Rey Cristiano es así. La brutal carga emocional del partido descansó sobre sus hombros. Los tres goles son los que dictan la sentencia, obviamente, pero su amenaza se siente aun más en el transcurso de los minutos. Cada conducción es devastadora, si sale dentro la rompe, si sale por fuera es capaz de centrar de zurda, si va por arriba la gana, si le das espacio delante la pega y si le das espacio detrás te raja. Uno de los grandes futbolistas que ha dado la historia del fútbol, que dejó a su equipo en bandeja el acta con un contundente 1-4.

Y sí, lamentablemente para los colchoneros, y afortunadamente para los merengues, el derbi es un cuento que se repite durante los últimos años, una y otra vez. Sin embargo, aunque 100 años durase el dominio del basto imperio blanco, los cosquilleos, las sensaciones, los olores y la ilusión, siempre estarán ahí, antes de cada partido. Así que por mucho que nos empeñemos en describir las emociones, al final, solo nos quedarán sus consecuencias. Y sus consecuencias darán para escribir muchos cuentos.

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